

Un equipo internacional de astrofísicos desafía uno de los mayores consensos de la ciencia moderna con una propuesta revolucionaria: el corazón de nuestra galaxia podría no estar habitado por un agujero negro.
Este cambio de paradigma, que sacude las bases de la astronomía, sostiene que en el centro exacto de la Vía Láctea existe, en realidad, una concentración extremadamente densa de materia oscura. El hallazgo plantea una nueva forma de entender la dinámica y la estructura de nuestro vecindario cósmico.
Hasta ahora, el paradigma dominante que rige la escena astronómica mundial afirma que en el núcleo galáctico reside un agujero negro supermasivo.
Denominado Sagittarius A* (Sgr A*), este objeto se ubicaría a unos 26 mil años luz de nuestro Sistema Solar, en la región de la constelación de Sagitario. Las estimaciones tradicionales le atribuyen una masa equivalente a cuatro millones de veces la de nuestro Sol, configurando una región del espacio-tiempo de la que ninguna partícula, ni siquiera la luz, puede escapar.
Sin embargo, un modelo alternativo busca derribar esta certeza prescindiendo por completo de la figura del agujero negro puntual. La nueva investigación postula que un núcleo compacto y superdenso de materia oscura es perfectamente capaz de generar una atracción gravitatoria similar. Esta gigantesca y enigmática aglomeración no solo explicaría los fenómenos observados en el centro galáctico, sino que ofrecería respuestas novedosas a la distribución de masa en todo el cosmos.
Este abordaje disruptivo es el resultado de una colaboración científica internacional que cuenta con una destacada participación argentina.

El investigador Carlos Argüelles, perteneciente al Instituto de Astrofísica de La Plata (IALP, dependiente del CONICET y la UNLP), forma parte fundamental del equipo. Junto a él, trabajan especialistas del Centro Internacional de Astrofísica Relativista (ICRANet) y el Instituto Nacional de Astrofísica (INAF) de Italia, el Grupo de Investigación en Relatividad y Gravitación (GIRG) de Colombia y el Instituto de Física de la Universidad de Colonia en Alemania.
Los últimos avances de este consorcio científico acaban de ser publicados en la prestigiosa revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. En dicho trabajo, el equipo comunica un paso fundamental que reafirma la hipótesis del núcleo de materia oscura, aportando cálculos que coinciden de forma asombrosa con las observaciones astronómicas reales. El documento detalla cómo esta masa invisible afecta su entorno inmediato imitando casi a la perfección a un agujero negro.
Uno de los mayores desafíos de la astrofísica contemporánea era poder explicar la icónica “sombra” captada en el centro galáctico. Según detalla Valentina Crespi, autora principal de la flamante investigación, el denso núcleo de materia oscura es perfectamente capaz de reproducir este fenómeno. Al concentrar tanta masa, esta gigantesca estructura curva la trayectoria de la luz circundante, creando una profunda oscuridad central rodeada por un brillante anillo de radiación, engañando así a los telescopios terrestres.
La solidez de esta teoría se apoya empíricamente en el meticuloso estudio de un grupo de cuerpos celestes conocidos como “estrellas S”. Estas estrellas giran en torno al centro galáctico a velocidades extremas que alcanzan varios miles de kilómetros por segundo. Los modelos informáticos demostraron que la presencia de un núcleo masivo de materia oscura reproduce con gran precisión las órbitas observadas en estas estrellas, confirmando que la fuerza de gravedad que las rige proviene de allí.

A esta evidencia estelar se suma el comportamiento peculiar de las denominadas “fuentes G”, un intrigante conjunto de objetos cósmicos envueltos en polvo que también orbitan en las proximidades del centro galáctico. Los datos recientes provistos por los colaboradores alemanes sobre el movimiento de estas fuentes encajan a la perfección en las ecuaciones del nuevo modelo. De esta forma, la hipótesis explica tanto el movimiento local en el núcleo como la rotación a gran escala en los límites de la galaxia.
Para dimensionar el impacto de este descubrimiento, resulta clave comprender la naturaleza misma de la materia oscura. Se trata de un componente enigmático que, según se calcula, constituye alrededor del 85 por ciento de toda la masa del universo. Su nombre deriva de su incapacidad para generar radiación electromagnética; es decir, no emite luz visible, por lo que su existencia solo puede inferirse midiendo la fuerte influencia gravitatoria que ejerce sobre las galaxias.
Si las futuras observaciones y mediciones continúan respaldando este modelo, la ciencia astronómica se enfrentará a un cambio de página histórico. Pasar de concebir un agujero negro supermasivo devorador de luz a entender el centro galáctico como un núcleo compacto de materia oscura no solo resolvería históricos debates teóricos. Este nuevo paradigma abriría, además, una ventana inédita para desentrañar por fin los secretos de la materia más abundante, misteriosa e inexplorada de nuestro universo.















