

Hay una habilidad que los millennials y la generación Z temprana llevan incorporada casi sin saberlo, forjada no en un aula ni frente a una pantalla, sino en las tardes largas sin supervisión, en los conflictos resueltos entre amigos sin que ningún adulto interviniera y en el aburrimiento que obligaba a inventar algo.
La psicología del desarrollo la llama autorregulación emocional, y los estudios más recientes coinciden en que quienes crecieron en los años 90 y principios de los 2000 la desarrollaron de una manera que las generaciones siguientes, criadas bajo un modelo de acompañamiento constante, no siempre pudieron replicar.
La autorregulación no es simplemente “controlar el enojo” o “no llorar en público”. En términos técnicos, se trata de la capacidad de gestionar emociones, tolerar la frustración, tomar decisiones bajo presión y adaptarse a situaciones nuevas sin necesitar el andamiaje inmediato de otra persona.
Los especialistas en psicología del desarrollo explican que esta habilidad no se transmite con instrucciones ni con teoría: se construye en la experiencia directa, en los momentos en que el niño intenta, falla, se frustra y vuelve a intentarlo sin que nadie le resuelva el problema de antemano.

Lo que distinguió la infancia de esa generación fue precisamente eso: el margen. Un margen de error, de exploración y de conflicto que la vida cotidiana de entonces ofrecía casi sin querer.
Salir a jugar a la calle sin horario fijo, organizar el tiempo libre sin agenda, pelearse con el vecino y tener que arreglarlo solos. Esas situaciones, que en su momento no parecían tener ningún valor pedagógico, funcionaban en la práctica como un entrenamiento continuo en resolución de problemas y manejo emocional.
El contraste con la crianza actual es lo que vuelve este hallazgo especialmente relevante. En las últimas décadas, el modelo dominante tendió hacia una supervisión más intensa y una intervención más rápida ante cualquier dificultad que enfrentara el niño.
La intención, por supuesto, es protectora. Pero algunos especialistas advierten que ese modelo, llevado al extremo, puede privar a los chicos de las experiencias de frustración controlada que son justamente las que permiten desarrollar recursos emocionales propios. Cuando alguien siempre aparece a resolver, el niño no llega a descubrir que él también puede hacerlo.
Esto no significa que los nacidos en los 90 y 2000 sean una generación sin problemas ni vulnerabilidades, de hecho, los índices de estrés y ansiedad entre millennials son significativos, agravados por crisis económicas y la incertidumbre laboral. Lo que señalan los investigadores es más específico: en el plano de la autonomía emocional, ese estilo de crianza menos estructurado les dejó una ventaja concreta.
La capacidad de tolerar la incomodidad, buscar soluciones propias y recuperarse de los tropiezos sin colapsar es, en muchos sentidos, uno de los activos más valiosos que puede tener una persona adulta.















