En esta noticia

Hay frases que incomodan porque dan en el blanco. Platón, uno de los filósofos más influyentes de la Antigua Grecia, dejó escrita una que sigue siendo perfectamente aplicable a la sociedad actual: “La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos”.

No habla de cifras en una cuenta bancaria. Habla de algo que ocurre mucho más adentro: la distancia entre lo que se tiene y lo que se quiere.

La frase no es una condena a los deseos ni una apología de la resignación. Es un diagnóstico filosófico de cómo funciona la insatisfacción.

Y quienes la leen hoy, en una cultura que empuja permanentemente a desear más, a compararse y a redefinir constantemente lo que significa tener suficiente, reconocen en ella algo que ya conocían sin haber encontrado las palabras.

La felicidad está al alcance de todos, según Platón.
La felicidad está al alcance de todos, según Platón.

¿Por qué Platón vinculó la pobreza con el deseo y no con el dinero?

El pensamiento de Platón sobre los deseos no está separado de su filosofía del alma. Para él, cada ser humano tiene una parte racional, una parte volitiva y una parte apetitiva, que es la de los deseos. La vida bien vivida depende de que la razón sea quien gobierne, no el apetito.

Cuando los deseos dominan, el resultado no es la satisfacción sino su contrario. Cada logro abre inmediatamente la puerta a un deseo nuevo, más grande, más urgente. La persona que gana más dinero necesita más dinero.

Lo que Platón propone es una alteración radical del problema: la solución no está en acumular más, sino en desear de forma más ordenada. No porque la austeridad sea una virtud en sí misma, sino porque el deseo sin límite es, en su análisis, la fuente más profunda de la insatisfacción humana.

La filosofía de Platón sobre el deseo y lo que sucede al alcanzarlos.
La filosofía de Platón sobre el deseo y lo que sucede al alcanzarlos.Imagen creada con ChatGPT

La dura realidad de quienes tuvieron todo y no fueron felices

La historia ofrece sus propios ejemplos de la paradoja que describe Platón. Cristóbal Colón, para tomar uno que el propio Dostoievski utilizó en una de sus reflexiones más célebres, descubrió un continente y murió en 1506 sintiéndose incomprendido, privado de los títulos que le habían prometido y enfrentado a años de disputas políticas y penurias financieras.

La riqueza de su hazaña no bastó para cerrar la distancia entre lo que tenía y lo que sentía que le correspondía.

Dostoievski, que conocía bien el sufrimiento y la insatisfacción, lo resumió en otra dirección complementaria: “Colón no fue feliz cuando descubrió América, sino mientras la descubría”.

Las dos frases, separadas por veintidós siglos, apuntan al mismo problema desde ángulos distintos: la felicidad no está en el resultado, y la pobreza no está en la carencia.