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Estás frente al estante del supermercado, apurado, y agarrás lo primero que ves. Total, “es lo mismo”, pensás. Pero al llegar a casa y empezar a cocinar, la textura no es la correcta: el relleno de la tarta quedó demasiado líquido o ese salpicón que imaginabas jugoso terminó siendo una pasta seca y difícil de tragar.

Ese pequeño error de elección en el pasillo de las conservas es el responsable de que una receta pase de ser un “diez” a un aprobado raspando.

Hablamos, por supuesto, de la histórica rivalidad entre el atún al natural y el atún en aceite. Aunque parezcan intercambiables, la ciencia culinaria y los expertos en nutrición coinciden en que elegir uno u otro no es una cuestión de gustos, sino de química en el plato. No solo cambian las calorías; cambia la estructura del pescado, su capacidad de absorber sabores y, sobre todo, su destino final en la cocina.

Atún al natural: el aliado de las mezclas cremosas

En Argentina solemos decirle “al natural”, y es básicamente el lomo o el desmenuzado conservado en agua con sal. Su perfil de sabor es limpio, magro y, para muchos, un tanto “metálico” si se come solo. Sin embargo, ahí reside su mayor virtud: es un lienzo en blanco.

¿Cuándo elegirlo?

  • Si vas a usar mayonesa: es el estándar de oro para el relleno de los tomates rellenos o el mítico sándwich de miga de atún. Al no tener grasa propia, absorbe perfectamente la cremosidad de la mayonesa o el queso crema sin que la mezcla se “corte” o quede aceitosa en exceso.
  • En rellenos de tarta y empanadas: si vas a cocinar el atún con cebolla, morrón y huevo, el atún al natural es mejor porque no aporta un excedente de grasa que pueda ablandar la masa (el famoso “piso” de la tarta).
  • Enfoque nutricional: es la opción para quienes buscan proteínas puras con el mínimo de calorías.

Atún en aceite: el protagonista del plato

Aquí el pescado viene sumergido en aceite vegetal (o de oliva en las versiones premium). El aceite actúa como un sellador que mantiene las fibras del pescado mucho más tiernas y jugosas. El sabor es más intenso y “redondo”.

¿Cuándo elegirlo?

  • Para pastas y ensaladas frescas: si vas a preparar unos fideos cortos con atún, ajo y perejil, usá el de aceite. Incluso podés aprovechar ese mismo aceite de la lata para saltear los ingredientes, ya que está infusionado con el sabor del mar.
  • Bruschettas o picadas: cuando el atún va directo sobre un pan tostado o una galletita, el aceite evita que se sienta seco en el paladar.
  • Dato extra de sabor: publicaciones como Serious Eats sugieren que el aceite de la conserva es un ingrediente en sí mismo. No lo tires; usalo para aliñar una ensalada de legumbres (garbanzos o porotos) y vas a ver cómo potencia el sabor.

Un detalle que pocos miran: ¿lomitos o desmenuzado?

Más allá del líquido de cobertura, en la Argentina la diferencia de precio entre el “atún en lomitos” y el “atún desmenuzado” es notable.

  • El lomito es la pieza entera del músculo; es ideal para cuando querés que el pescado se vea y se sienta (ensaladas tipo salpicón).
  • El desmenuzado son los recortes laterales; es perfecto para salsas (como un tuco de atún) o rellenos donde el pescado se va a procesar o deshacer de todas formas.

Lo que dice la ciencia (y el bolsillo)

Un dato complementario que suele pasarse por alto es el de los ácidos grasos Omega-3. Según estudios nutricionales, el atún al natural conserva mejor estos aceites esenciales. En cambio, en el atún en aceite, parte de esos Omega-3 naturales del pescado se “mudan” al aceite de la lata. Si después colás el aceite y lo tirás, te estás perdiendo parte de los beneficios saludables del pescado.

Antes de pasar por la caja, chequeá el punto de sal y el origen. Un buen atún debe oler a mar, no a “pescado fuerte”. Si al abrir la lata ves que el color es demasiado oscuro o la textura es pastosa, probablemente la calidad del procesado sea baja.