

El histórico fenómeno no había desaparecido. Volvió con fuerza. La distancia entre los pronunciamientos oficiales y la experiencia cotidiana es tan significativa que Hugo Moyano confía más en los números que registran los supermercados que en los del Indec. La opción es realista, a la hora de negociar salarios los espejismos se desvanecen. La realidad es la única verdad sentenció Juan Perón siguiendo a Jaime Balmes en su Filosofía Fundamental.
Las discusiones y los diagnósticos se multiplican, a menudo volviendo a las generalidades que poblaron los debates durante más de medio siglo aquí y en el exterior.
Cuando Eudeba publicó en 1970 mi ensayo “El Crecimiento Económico Condición de la Estabilidad Monetaria en la Argentina 1900-1968 , sostuve con fundada pasión la hipótesis que se deduce del título, a lo cual habría que agregar la solvencia externa que se deduce de la pujanza exportadora. Gracias a Dios un Premio Nóbel, Edmund Phelps, actualizó estos días la observación cuya lógica, en principio, es inobjetable. Cuando las manzanas no alcanzan para todos se las llevan aquellos que pueden pagarlas, aumento de precio mediante. La oferta entonces es clave.
Ahora bien, frente al significativo crecimiento experimentado durante el último quinquenio, pareciera que la hipótesis se debilita pues han vuelto a convivir crecimiento pero con aumento de precios. Empero, ello no es tan así. Aquí se mezclan muchas cosas simultáneamente. Inelasticidades por el lado de la oferta, baja propensión al ahorro, expectativas de diversa laya, presión coyuntural de precios externos sobre bienes de demanda inelástica, interferencias monopólicas y un tema clave que omiten los comentaristas, a saber, el aumento sostenido y creciente del ingreso de población que en muchos casos no agrega oferta a los mercados suscitando ostensibles aumentos de precios.
Veamos. Si es cierto que desempleo y pobreza pueden desafortunadamente amortiguar aumentos sectoriales, debiera reconocerse que el empleo improductivo y los programas asistenciales sin aplicación laboral pueden estimular aumentos, sobre todo en los bienes que integran la canasta básica. Una referencia cuantitativa puede ayudar a tratar el tema. Desde 2002 hasta 2009 el empleo público total (nación, provincias y municipios) pasó de 2,2 a 3,12 millones. De ello no debe deducirse baja o nula productividad, pero el tema merece atención porque la demanda creciente que supone puede empujar aumentos, al igual que la derivada de jubilados y pensionados que suman otros 5 millones, más 1,5 millones de planes sociales (Ferreres). Total, las personas dependientes del estado representan unos 11 millones o 25% de la población total del país. Si se agregaran oleadas inmigratorias permanentes o estacionales las consecuencias comentadas se potenciarían.
Para evitar suspicacias recuerdo con el Keynes de “Essays in Persuasión, 1931 que es preferible la inflación a la depresión, pero no se me escapa que la estabilidad y el progreso duraderos no pueden reconquistarse o sobrevivir sin superar desequilibrios como los que se deducen de los guarismos mencionados. Se puede estar de acuerdo o no con superiores niveles de gasto público, pero para dotar de racionalidad al tema habría que “correr el velo para averiguar funciones de producción y productividad de los beneficiarios activos del gasto oficial, habida cuenta que en esa condición reviste un segmento significativo de la población del país. Sin encarar técnicamente este análisis la solución del problema inflacionario sería una quimera.
Siempre se está a tiempo, a menos que se crea que los manejos coyunturales tienen larga vida. Un Presupuesto Económico de la Nación que contemple el funcionamiento de sectores básicos como los público, externo, productivo y familias, serviría para doblegar el fenómeno. Se trata de un desafío. Hay demasiados demandantes en una economía donde la productividad no resiste el embate de demasiados compradores. Atacar por el lado de la oferta parece una necesidad perentoria. El caso de la carne puede ser paradigmático. Consumo exuberante y liquidación de existencias para alinear precios debiera convocar al realismo.
En la oferta, entre otras cosas, parece estar la clave. Un clima que estimule la inversión, moderación fiscal que privilegie la infraestructura, expansión comercial donde la oferta de exportables esté definida por la oferta total menos la demanda interna y que las importaciones respondan a la diferencia entre la demanda total y la oferta interna del producto sin entrar en ajetreos burocráticos, parece un criterio orientador. Luego y fundamental, para merecer subsidios el aprendizaje previo o simultáneo por parte de los eventuales beneficiarios contribuiría a mejorar la productividad del factor trabajo en la economía. En pocos meses un trabajador podría perfeccionar sus aptitudes e ingresar al mercado de trabajo sin mayores dificultades y mejor jornal. Así la inflación podría empezar a ceder, por cierto en un contexto acompañado de medidas y expectativas compatibles con un sano desarrollo.










