La cuestión de las reservas monetarias del Banco Central ha tenido en vilo a la sociedad argentina. Sinceramente, se han sostenido tantos argumentos sostenibles e insostenibles que nuestra débil estructura institucional ha quedado al desnudo. Si no se encara ahora la cuestión fiscal con criterio jurídico y técnico más riguroso, correremos el mismo riesgo y volveremos a malograr oportunidades que no siempre están disponibles.

La queja respecto de nuestro descenso relativo en la economía comparada se ha vuelto un lugar común en las pálidas agendas nacionales. De ser así, deberíamos reflexionar para que la reforma tributaria que se reclama, que en rigor de verdad debería ser fiscal en sentido amplio, no se pierda en los meandros de ideologías que si pueden aceptarse como enfoques orientadores, pueden resultar contraproducentes cuando no consultan las nuevas realidades que nos desafían. Primero se necesita disponer de un diagnóstico económico y financiero confiable para encomendar a un elenco técnico respetable la formulación de un enfoque fiscal que consulte nuestras necesidades presentes y futuras. El eventual pronunciamiento debería contemplar aspectos relevantes en lo que hace a las erogaciones públicas, régimen de control (legalidad y eficiencia), emitir consideraciones sobre la deuda pública (interna y externa) para despejar las sombras que históricamente la rodean. Además, parece indispensable recomendar la estructura tributaria más adecuada para alcanzar objetivos de desarrollo económico, alto nivel de empleo, estabilidad de precios y solvencia externa de modo de evitar onerosos sobresaltos e improvisaciones.

El compartido entusiasmo en favor de la derogación del mal denominado “impuesto al cheque es justificado. Empero, su eliminación por si misma no instala la equidad pendiente en el sistema ni restablece la noción de armonía entre gravámenes que lo legitima como herramienta de política económica y distribución de la carga entre sectores de la sociedad. En este sentido, la simultánea abolición del impuesto Sobre los Bienes Personales mejoraría el enfoque vigente y ganaría en equidad, simplemente porque al recaer “de facto sobre bienes registrables, el resto de riqueza en cabeza de sectores pudientes puede escapar a la imposición, desnaturalizando el principio de capacidad contributiva que universalmente legitima la tributación.

Ahora bien, con ello no basta. La noción de sistema es mucho más ambiciosa y no sólo descansa en la idea de pago según la capacidad, sino también en asegurar razonable, no absoluta neutralidad, para evitar que los recursos económicos se asignen por conveniencias impositivas ocasionales y no por motivos económicos que podrían convenir al desarrollo con equidad que se identifica con el largo plazo y con la concordia social que constituyen respetables sino necesarios valores para el progreso.

El Impuesto a las Ganancias en el nivel actual de gasto público parece indispensable e insustituible, a menos que se suprima gran parte de las erogaciones y que las provincias recauden en sus jurisdicciones, lo cual hoy parece una fantasía sino una ingenuidad. Un régimen extravagante de exenciones debería sino abolirse al menos recortarse drásticamente. Las ganancias de capital, por ejemplo derivadas de compra venta de títulos y acciones o equivalentes, deberían gravarse, sobre todo en momentos como los actuales de altos rendimientos no ganados según la teoría. Los regímenes de promoción deberían limitarse a actividades estratégicas según exigencias geográficas o de seguridad nacional ampliamente entendidas.

El divulgado tema de los intereses en cabeza de las personas físicas requiere una explicación especial. Si bien es cierto que como ingreso deberían computarse, dos razonamientos objetivos no lo aconsejan por ahora. En primer lugar debido a su escaso rendimiento y también por sus inconvenientes efectos. Según un estudio del Lic. Víctor Groppa, durante 2009 los depósitos en Caja de Ahorros y Plazos Fijos rindieron unos 400 millones de pesos que por si mismos denuncian escaso interés fiscal. Pero además, teniendo en cuenta que las compañías deben incluir la remuneración de esos depósitos, la derogación de la exención mencionada podría profundizar la ya magra captación de recursos de las entidades financieras, agudizando a la baja monetización del sistema a la cual tampoco es ajena la imposición de los depósitos en el Impuesto sobre los Bienes Personales.

La imposición sobre consumos merece una profunda reconsideración. El IVA general debería mantenerse con excepción de aquellos bienes considerados de consumo general de la población, precisamente para mejorar la equidad del régimen, lo mismo que algunos medicamentos a establecer y en casos específicos. Son los denominados Impuestos Internos Nacionales y otros equivalentes los que deberían recaer sobre la adquisición de bienes reveladores de capacidad contributiva prescindibles y de otros que responden a lucimiento y exhibición que asimismo justifican tratamiento diferencial, léase también el juego en sus diversas manifestaciones.

Los recursos de seguridad social y los impuestos aduaneros demandarían un enfoque especial, sobre todo los últimos en tanto los fines recaudadores se confunden con objetivos de política económica y habría que incursionar en el tema nivel de la tasa de cambio, acuerdos comerciales y herramientas para arancelarias, entre otras cosas. La seguridad social configura un exponente de la para fiscalidad de modo que también excede los objetivos de esta nota. De todos modos no debería estar al margen de cualquier propuesta de política fiscal compatible con el desarrollo equilibrado del país.

El tema no se agota aquí, máxime sí la cuestión fiscal argentina se limitara a suprimir el impuesto al cheque o, inclusive, otro menos justificable como Bienes Personales, cuya precariedad técnica inclusive la justifica el hecho de que se haya convertido en reliquia hasta para socialistas otrora sus firmes defensores. La clave pasa por establecer una estrategia fiscal que contemple las necesidades oficiales de Caja en el contexto amplio de una política económica ambiciosa y duradera como única manera de recuperar medio siglo lamentablemente perdido como lo demuestra nuestra intrascendencia nacional en un universo en recuperación.