

La desconfianza en los índices de precios no es un fenómeno nuevo ni representa una debilidad propia del subdesarrollo. Constituye un fenómeno generalizado que por lo menos responde a un par de motivos, explicables pero difíciles de precisar y más aun de corregir con la prontitud que demandan los disconformes más ansiosos.
En primer lugar y abusando de la simplificación pero sin apartarnos de la realidad, sucede que cada quien, conciente o inconcientemente, tiene su propio índice a partir de los movimientos que registran los precios de sus compras y confía o desconfía cuando los indicadores oficiales se diferencian de sus sensaciones. Entonces frente al universo de bienes y las ponderaciones que registran las publicaciones oficiales, uno elabora sus estimaciones según sus gustos y necesidades sin contemplar los precios ni su importancia en la canasta oficial que, como se sabe, registra muchos más bienes que lo que el común de los mortales adquiere.
En segundo lugar, la elaboración de un índice de precios, cualesquiera fuere su finalidad, constituye una ímproba tarea que se magnifica cuando se relevan los precios al consumidor. La actualización demora simplemente porque el levantamiento de datos y las respectivas ponderaciones demandan una considerable tarea de campo a efectos de precisar los cambios que registra la matriz de consumo que se utilizará como muestra. Ahora bien, desde el momento en que el relevamiento estadístico tiene lugar, pueden suscitarse cambios en los gustos, las modas, la irrupción de sustitutos más o menos próximos y otras referencias cambiantes.
Es una mecánica complicada y al parecer hasta ahora insoluble que afecta a personas y a países sin distinción de jerarquías. Por cierto el fenómeno es más ostensible cuando los precios se mueven con rapidez o alcanzan un par de dígitos, pero igualmente existe y potencia el mal humor, sobre todo cuando la técnica del ajuste por inflación o las tasas de interés están influidas también por los aumentos pretéritos o futuros. Deudores, acreedores y asalariados suelen experimentar consecuencias a veces desgarradoras porque un índice no confiable puede ocasionar lesiones patrimoniales, sin olvidar desviaciones en la tasa de cambio que afectan singularmente al frente externo.
Un caso elocuente quedó registrado durante la administración Clinton en los EE.UU. a mediados de los ‘90. La discrepancia entre lo que resultaba de los índices y la pobreza que se deducía de los mismos resultaba ostensiblemente incompatible con lo que se desprendía de la realidad. El presidente norteamericano designó un panel de expertos conducido por el economista de la Universidad de Stanford, Michael Boskin, conocido como Comisión Asesora del Congreso sobre ndice de Precios al Consumidor cuyas conclusiones fueron difundidas a fin del mismo año.
El hallazgo más revelador afirma que el ndice “había sobreestimado la tasa de inflación de la economía norteamericana, que se había hecho constantemente por veinte años y que en consecuencia algunas de las más importantes estadísticas sobre la economía de los EE.UU. habían resultado gravemente desorientadoras . Para rematar, The New York Times encargó al economista Leonard Nakamura un ejercicio revisionista que ratifico y amplió el Boskin Report. Aquí se afirma que el Indice de Precios había sobreestimado la tasa de inflación durante los ‘70 en un 1,25% anual. Según el nuevo ndice se estimo que en vez de haber caído la hora salario promedio entre 1975 y 1996 había aumentado el 25% en términos reales durante el mismo período. Otras implicancias fiscales, sobre todo en materia de deuda pública y de déficit fiscales también han resultado reveladoras, favoreciendo inclusive a Ronald Reagan (1981-1989) en la medida en que el impacto de los desequilibrios presupuestarios y su financiamiento describían a veces distorsiones extravagantes. El tema da para mucho más. Aquí se trató de salir al cruce de simplificaciones desorientadoras y no de defender o apoyar groseras construcciones. Si los índices tienen debilidades como las descriptas al comienzo de la nota, resulta imperativo encarar con prontitud la normalización del INDEC, devolviéndole la credibilidad que supo ganarse por su rigor técnico y honradez intelectual. La tarea estadística es difícil, demanda mucho laboreo de campo, certeza en las ponderaciones y Dios mediante, que el público no varíe drásticamente sus preferencias selectivas a corto plazo para que la matriz no pierda actualidad y justifique sensatas protestas e ironías.










