

Nació en una Avellaneda entrañable en la época en que las puertas no se cerraban. Y jugaba a ser Sandokán junto a las vías del tren en esa edad en que los arbustos acceden a convertirse en selva. Fue fotógrafo de fiestas, vendió libros, fue maestro de grado y hasta trabajó en un frigorífico como su padre, que afilaba su cuchillo en piedra y lo probaba con una hoja. Lector fervoroso y fanático total de Independiente, recomienda desconfiar del que cambie de equipo. Hoy se define como un militante del cooperativismo en un momento en que Cabal está por cumplir 32 orgullosos años. Me entusiasma estar en la pelea, soy un gladiador, se define.
No pasaron 10 minutos de entrevista y ya despunta cierta impotencia. El fascinante mundo de recuerdos del señor Vázquez amerita otros tiempos. Varias charlas.
Nací en el 38 en el Centro Gallego de Buenos Aires, arranca el presidente de Cabal Cooperativa Limitada y cabeza de ATACYC, la cámara de tarjetas. Y de ahí precisamente acaba de regresar. Fui a ver a mi mamá de 95 años. Hasta hace cuatro años vivió sola en la casa de Avellaneda, en Entre Vías. Yo viví ahí hasta que me casé a los 24 años.
Su papá trabajaba como matambrero en la playa de vacunos del frigorífico Anglo. Era un obrero y compró una casa de madera que fue modificando con el tiempo. En el fondo teníamos gallinas, comenta.
El era todavía muy chico pero hubo dos huelgas que parecen haber dejado un recuerdo más nítido en esa nebulosa que son las vivencias de la infancia. Fueron a principios de los cuarenta y paralizaron al barrio. La primera fue por la llamada garantía horaria. Antes se trabaja según la cantidad de animales que entraban. Fue una huelga larga que se ganó. Era el momento de la guerra y se tenían que mandar los envíos a Inglaterra. La otra fue por el aguinaldo, las vacaciones y la ropa de trabajo. Duró 90 días y me acuerdo que había que pedirle fiado al almacenero, comparte. Es la otra cara de esa Avellaneda amable de puertas abiertas: los sindicatos cobraban las cuotas en las casas porque no querían que te afiliaras.
Su padre, que moriría a los 55 años, era un gran lector. Nos enseñó a leer y a escribir a mí y a mi hermano en una época en que no había jardín de infantes. Muchas veces nos llevaba a recorrer librerías y fue él quien me inculcó la pasión por la lectura. También les transmitió el gusto por el ajedrez. Llegamos a jugar en el equipo de la sociedad de fomento. El ajedrez te ocupa la cabeza de manera extraordinaria. Uno vive pensando en la jugada. En quinto grado nos enseñaron a encuadernar y yo encuaderné un libro sobre cómo jugar al ajedrez del maestro ruso Emanuel Lasker.
Pero Vázquez también le debe mucho a su tío, Pedro Otero, un fotógrafo reconocido que no sólo lo llevó a trabajar con él a los 14 años sino que también lo ayudó a asomarse a otro mundo. Primero atendía a la gente y después pasé al laboratorio, precisa. Con él colaboró hasta los 21 años, incluso mientras empezó a estudiar historia en la facultad de Filosofía y Letras. Mi tío estaba muy metido en el mundo del arte. Me acuerdo que tenía la colección completa de historia del arte de Espasa Calpe. Y yo para esas cosas era una esponja. A veces pasaba cuatro o cinco horas en el cuarto oscuro y había un Winco con altoparlante, de ésos en que se podían poner hasta 10 discos, en el que escuchábamos todo el tiempo música clásica y tango.
El gusto por el tango perduró. Una o dos veces por mes durante muchos años fuimos a bailar tango con mi mujer a un lugar muy lindo con un patio sobre el río. Murió en septiembre. Estuvimos 53 años juntos, explica. Se habían conocido en el 59 en el movimiento para defender la escuela pública. Noemí era directora de un jardín de infantes y tuvieron juntos dos hijos.
De sus épocas de maestro, recuerda un programa de la municipalidad para recuperar desertores escolares. Al lugar le decíamos el Observatorio porque el techo estaba lleno de agujeros. Había un pibe muy pícaro que había estado en el Agote. Llegaban primero sus tres perros y él caí al rato. Yo sabía que si duraban hasta fin de año era para abrir un champagne. Uno les tenía que hacer entender que no los quería usar sino que los quería ayudar. Llegaban sin saber hacer una O con un vaso y se iban escribiendo. Eso no te lo paga nadie, reflexiona.
Hincha furibundo de Independiente, Vázquez hoy preside Independiente místico y es candidato a vicepresidente primero del club en las elecciones del 18 de diciembre junto a Javier Cantero. Es una agrupación interna del club que se formó hace tres años. Lo hicimos porque entendemos que nadie que haya estado en estos 25 años tiene que volver. Era su papá el que lo llevaba a la cancha y en alguna época, reconoce, viajaba a Uruguay y Brasil para ver los partidos. Es un amor inexplicable, admite. Y lanza una advertencia: Se puede cambiar de todo menos de equipo de fútbol. Si conocés a alguien que cambió de equipo de fútbol, mejor desconfiá.
Pero cuando Vázquez parece empezar a encajar en los límites siempre mentirosos de los estereotipos, enseguida despliega otra faceta, casi con malicia. Escribí poesía y de hecho, me llamo Rubén por Rubén Darío. Le cuento que mi segundo nombre es Alfonsina, por Alfonsina Storni. Y sin aviso convoca al enorme César Vallejo como quien ofrece un regalo de despedida: Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París y no me corro, tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.










