Entrevista con el Financial Times

Lula da Silva: "Cuando un pobre se convierte en consumidor, toda la economía gana"

El expresidente, que pasó más de un año en la cárcel acusado de corrupción, es ahora el favorito para ganar las elecciones de octubre. Promete mejoras para los pobres pero con responsabilidad fiscal

Si gana las elecciones presidenciales de octubre, será el regreso político de la década, sino del siglo. Luiz Inácio 'Lula' da Silva, un exlimpiabotas y obrero metalúrgico, se benefició de una bonanza económica como presidente de Brasil y dejó el cargo en 2010 con un índice de aprobación superior al 80%.

"Era consciente de que si llegaba a la presidencia de Brasil y mi gobierno no funcionaba, un trabajador no podría volver a pensar en ser presidente", afirma en entrevista con el Financial Times en el centro de prensa de su campaña, un espacio de oficinas modernas en un barrio de moda de San Pablo.

Sin embargo, bajo el mandato de su sucesora, Dilma Rousseff, la economía se hundió en una brutal recesión de dos años, en parte como resultado de las políticas introducidas en su segundo mandato. Desde entonces, la economía tiene dificultades para generar un crecimiento fuerte y sostenido.

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El Partido de los Trabajadores (PT), de izquierda, que ha dominado durante cuatro décadas, fue descubierto en el centro de una trama de corrupción masiva mientras Lula y Rousseff estaban en el poder. El Departamento de Justicia de Estados Unidos lo describió como el "mayor caso de soborno en el extranjero de la Historia".

Mientras el país se enfurecía por el alcance de la corrupción bajo el gobierno del PT, Lula fue encarcelado en 2018 por cargos de soborno, y pasó 580 días en una prisión federal. Mientras estaba en la cárcel, Jair Bolsonaro, un excapitán del ejército de extrema derecha y anti-sistema, ganó la presidencia.

Sin embargo, tras ser liberado en 2019 por una cuestión de procedimiento, Lula está ahora a punto de tener una sorprendente segunda oportunidad. Según los sondeos de opinión, el hombre de 76 años, que sigue siendo un icono de la izquierda latinoamericana, es el gran favorito para recuperar la presidencia en octubre de manos de Bolsonaro.

Con muchos brasileños aparentemente agotados por la mala gestión de de la pandemia de Covid-19 por parte de Bolsonaro y las interminables payasadas de la guerra cultural, Lula -vestido con un elegante traje azul marino y una corbata de rayas rojas- está tratando de persuadir a la gente de que es un estadista que puede traer estabilidad política y sacar al país del agujero económico en el que ha estado durante gran parte de la última década.

"Estoy muy triste porque 12 años después de dejar la presidencia, encuentro a Brasil más pobre", dice. "Encuentro más desempleo, más gente pasando hambre y a Brasil con un gobierno que tiene muy poca credibilidad dentro y fuera del país".

Lula saluda a sus entrevistadores como si fueran viejos amigos y la conversación incluye un animado discurso sobre los méritos relativos del fútbol brasileño y británico, que termina con su conclusión de que el deporte ha sido el mayor ganador de la globalización.

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Aunque aún faltan tres meses para la primera vuelta electoral del 2 de octubre, Lula lidera algunos sondeos con un margen de 10 puntos porcentuales o más. "Es una elección de Lula perder", dice Oliver Stuenkel, experto en política de la Fundación Getúlio Vargas en San Pablo. "Es increíblemente difícil que Bolsonaro sea un candidato competitivo".

Con sus fuertes bases de seguidores leales, Lula y Bolsonaro dominan el panorama político, dejando poco espacio para los aspirantes. Pero ambos son también figuras divisivas que generan mucho resentimiento.

De hecho, se han alimentado mutuamente. La insistencia de Lula en que el escándalo de corrupción era en gran medida una conspiración contra su partido generó un profundo pozo de cinismo entre muchos votantes, abriendo el camino a un outsider político. Bolsonaro ganó en 2018 presentándose como el candidato anti-Lula.

"Estoy muy triste porque 12 años después de dejar la presidencia, encuentro a Brasil más pobre", dice Lula.

Ahora Lula se posiciona como la antítesis de Bolsonaro, un político conocido por sus diatribas contra las mujeres, los homosexuales y los ecologistas. Tras casi cuatro años del actual presidente, que defiende los valores conservadores y la tenencia de armas, Lula dice que Bolsonaro "se ha convertido en un paria de la Humanidad".

Su capacidad de conectar con la gente contrasta con la de Bolsonaro, que, según los encuestadores, alejó a los votantes con su actitud temeraria respecto al Covid y su falta de empatía con los 674.000 brasileños que perdieron la vida.

Para los empresarios, la pregunta es: si gana, ¿con qué versión de sí mismo gobernará Lula: el pragmático económico de sus primeros años o el intervencionista más ideológico que surgió durante su segundo mandato?

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Lula da pocos detalles sobre sus planes: por mucho que se intente apuntar su mirada hacia el futuro, prefiere recordar los triunfos del pasado y su trato con antiguos líderes como Tony Blair, Jacques Chirac y Gerhard Schroeder.

Pero quiere ser visto como un par de manos seguras. Lula destaca "tres palabras mágicas para gobernar": credibilidad, previsibilidad y estabilidad. A su edad, añade, está "más experimentado, más curtido y con muchas más ganas de hacer las cosas bien".

Recesión inminente

La primera elección presidencial de Lula, en 2002, estuvo marcada por algo de gran suerte política: coincidió con un largo repunte en los mercados mundiales de materias primas provocado por el rápido crecimiento de China. Junto con otros países ricos en recursos de la región, la economía brasileña se disparó.

Sin embargo, si vuelve a ganar en octubre, Lula se enfrentará a un entorno muy diferente: una posible recesión mundial y un presupuesto ajustado que deja poco margen para el gasto discrecional.

Brasil crecerá entre el 1% y el 2% este año y el desempleo ha caído por debajo de los dos dígitos por primera vez desde 2016, pero la inflación es una gran preocupación. Los precios están aumentando un 12% anual, a pesar de que el banco central ha subido la tasa de interés a más del 13%. Un generoso estímulo fiscal durante la pandemia redujo las privaciones, pero se retiró poco después.

La pobreza extrema aumentó en más de un tercio el año pasado, hasta el 14%, según FGV Social. El centro de investigación dijo que el 36% de la población no tenía suficiente dinero para comer, según una encuesta de Gallup, en un país que es uno de los mayores exportadores agrícolas del mundo.

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Lula prefiere la retórica a los detalles políticos. Se emociona cuando habla de sus propias privaciones cuando era niño. "No comí pan hasta los siete años", recuerda. "A menudo veía a mi madre junto a los fogones sin nada que preparar para el almuerzo o la cena".

Dice que eliminará el tope constitucional del gasto público e insiste en que el gasto social es una inversión, no un costo. "Cuando los pobres dejan de ser muy pobres y se convierten en consumidores de salud, educación y bienes, toda la economía crece", dice.

Lula destaca "tres palabras mágicas para gobernar": credibilidad, previsibilidad y estabilidad.

Pero también descarta las dudas sobre su compromiso con la responsabilidad fiscal. "Aprendí muy joven de mi madre analfabeta que no podía gastar más de lo que ganaba". Señala su elección del vicepresidente, Geraldo Alckmin, un líder centrista que una vez se candidateó en su contra, como prueba de moderación.

Lula dice que nombrará a un ministro de Economía que no sea economista, sino un político hábil asesorado por un grupo de expertos, como hizo en su primer mandato. Quiere revisar las reformas laborales promulgadas después de que el PT dejara el poder y dice que revisará el régimen fiscal -una medida que el gobierno de Bolsonaro intentó pero fracasó- para que los ricos paguen más.

Thomas Traumann, comentarista político que trabajó en el gobierno de Rousseff, cree que Brasil puede esperar una mezcla del primer mandato pragmático de Lula y el mayor intervencionismo estatal de su segundo mandato. Pero descarta los temores de radicalismo.

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"La principal diferencia entre el Lula de hoy y el que fue presidente es que ahora centraliza mucho más las decisiones que antes", dice Traumann. "Confía en menos personas. Se pueden contar con una mano".

Lula tiene poca simpatía por los empresarios que se preocupan por un posible extremismo y lo critican por la falta de nuevas ideas. "La élite brasileña tiene una mentalidad esclavista", dice, en referencia a las críticas que recibió cuando su partido formalizó el empleo de las trabajadoras domésticas. "¿Sabes lo que decían aquí en Brasil cuando el tráfico era malo? Que es una vergüenza que Lula permitiera a los pobres comprar autos".

A pesar de su retórica hostil, la élite económica de Brasil no se asusta ante la idea de que Lula vuelva al poder. Las constantes turbulencias políticas del gobierno de Bolsonaro han inquietado a la comunidad empresarial a pesar de la implementación de algunas reformas económicas, como los límites a las pensiones del sector público y algunas privatizaciones. Y Lula es un personaje conocido. "Lula no es una amenaza institucional", dice un alto banquero. "Perderemos algo de calidad en la política económica, pero no será un retroceso".

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Alberto Ramos, economista jefe para América Latina de Goldman Sachs, está más preocupado. "El sector público en Brasil es asombrosamente ineficiente y Lula quiere potenciarlo, y eso no es bueno", dice.

Los pobres fueron vistos

La mayor fuerza de Lula como candidato es el recuerdo del aumento de la prosperidad durante su mandato.

A media hora de su oficina de campaña, en una calle de edificios altos e improvisados pintados con colores brillantes, los activistas locales han aprovechado la pandemia para poner en marcha un centro de empresas sociales que ofrece desde clases de cultivo de verduras en una huerta para mujeres que sufren violencia doméstica hasta microcréditos. En esta favela, llamada Paraisópolis, viven unas 100.000 personas en los márgenes de San Pablo. Muchos recuerdan con cariño la época de Lula en la presidencia. "Se veía a los pobres", dice Gilson Rodrigues, un líder comunitario.

Como otros, dice que las cosas empeoraron durante la pandemia en un barrio donde los choferes de ambulancias temen entrar. Nadie ha olvidado la corrupción durante los años del PT. Pero Lula es visto como un líder que trasciende a su partido y no está motivado por el beneficio personal. "Lula robó pero le dio a los pobres, Bolsonaro robó pero le dio a los ricos", bromea un joven repartidor, reflejando una percepción popular.

"La élite brasileña tiene una mentalidad esclavista", dice Lula

Durante los años de Lula, Brasil redujo drásticamente la pobreza a través de programas de bienestar social como Bolsa Família, un programa de transferencia de dinero para los más pobres.

Con Rousseff, sin embargo, el alcance del Estado brasileño en la economía se expandió aún más a medida que se afianzaban las políticas intervencionistas. La intromisión de su gobierno y los años de política fiscal relajada fueron los responsables de la inflación creciente y de la peor recesión registrada en Brasil.

El PT también estuvo en el centro del mayor escándalo de corrupción de América latina, conocido como Lava Jato, centrado en sobornos por contratos con el grupo petrolero controlado por el Estado, Petrobras. Con su popularidad por los suelos, Dilma fue destituida en 2016.

Al final de la investigación del Lava Jato, varios cientos de empresarios y políticos habían sido condenados. El propio Lula fue declarado culpable de recibir sobornos en forma de favores relacionados con un apartamento en la playa y una casa de campo. Fue condenado a 12 años de prisión, lo que le excluyó de una esperada candidatura a la carrera presidencial de 2018.

Liberado de la cárcel a la espera de una nueva apelación, su condena fue anulada por el Supremo Tribunal Federal (STF) en abril de 2021 por un tecnicismo jurisdiccional. Lula siempre ha insistido en que la investigación tuvo una motivación política. El hecho de que el juez que condenó inicialmente a Lula, Sergio Moro, pasara luego a ser ministro de Justicia de Bolsonaro añadió peso a esa opinión.

"Si hubo corrupción, se investigó y la gente pagó un precio por haber pagado un error", dice Lula. "Lo que ocurrió en Brasil fue una acción política para intentar destruir la imagen de muchas personas e impedir que yo fuera presidente en 2018".

Con las armas en la mano

En Brasilia, en el estrecho despacho de Eduardo Bolsonaro, tercer hijo del presidente y diputado por el estado de San Pablo, se ven los rasgos de la visión derechista del mundo de su familia: figuras en miniatura de Donald Trump, el expresidente de Estados Unidos, una réplica de un revólver y una copia enmarcada de la segunda enmienda de la constitución estadounidense que garantiza el derecho a portar armas. El joven Bolsanaro, un expolicía federal alto y elegantemente vestido, arremete contra el STF y los principales medios de comunicación, que, según él, claman por el regreso de Lula.

Insiste en que las encuestas están equivocadas y que la carrera está empatada. Su padre, dice, es un "luchador por la libertad" que fue uno de los pocos líderes mundiales que se opuso a las restricciones por Covid, mientras que Lula es un dictador en ciernes.

¿Cederá su padre si Lula se impone? Bolsonaro ha dicho que sólo Dios podría sacarlo del poder. Eduardo repite la afirmación del presidente de que el sistema de voto electrónico establecido desde hace tiempo debe cambiarse antes de las elecciones, pero no comenta las consecuencias si no se hace. El propio Lula desestima las sugerencias de una crisis postelectoral similar a la insurrección del Capitolio estadounidense o a una intervención militar. "Bolsonaro hace blefs", dice Lula. El presidente puede querer un golpe, pero "estaría solo".

"Lo que ocurrió en Brasil fue una acción política para intentar destruir la imagen de muchas personas e impedir que yo fuera presidente en 2018", afirmó Lula sobre el Lava Jato.

Los aliados de Brasil estarán atentos. Lula promete devolver al país a la escena mundial como una gran potencia en desarrollo con responsabilidad medioambiental y conciencia social. Dice que introducirá una nueva fuerza fronteriza y reducirá drásticamente la deforestación, citando su éxito en el primer mandato como prueba de su capacidad para cumplir. "Tenemos que hacer de la preservación de la Amazonia una prioridad absoluta".

Sus opiniones sobre geopolítica serán menos bienvenidas, ya que Occidente está inmerso en una nueva guerra fría con Rusia y China. Lula ha criticado anteriormente al presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, como parcialmente responsable de la invasión rusa. Pero insiste en que Brasil no tomará partido en la guerra de Ucrania y que hay que intentar negociar. Critica a Estados Unidos por su "falta de paciencia" en la búsqueda de la paz y se ve a sí mismo como un potencial negociador que puede hablar con todas las partes, incluida China, el mayor socio comercial de Brasil, y Estados Unidos, su aliado y mayor inversor extranjero.

Una victoria en octubre le daría la oportunidad de definir su legado para la posteridad. Ha dicho que no se presentará a un cuarto mandato. El veterano encuestador Carlos Augusto Montenegro dice que para asegurar su lugar en la Historia, Lula debería nombrar un amplio gabinete de expertos e intentar reformas reales en el disfuncional sistema político de Brasil.

Lula insiste en que su prioridad inmediata será mejorar las condiciones sociales. ¿Podrá acabar con los demonios gemelos del hambre y la pobreza en Brasil? Lula responde con una risa ronca: "Si lo consigo, mi querido amigo, iré al cielo".

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Comentarios

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  • GS

    gabriela sodiro

    11/07/22

    y qué pasa cuando un consumidor se convierte en pobre ?

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