La montaña rusa que se avecina para la economía mundial y los inversores

Los errores de política de la Reserva Federal y el estrés de los mercados son posibilidades que preocupan de cara a próximos meses.

El sorprendente cambio en el estado de ánimo de los mercados y en los precios durante la semana pasada es un testimonio de la inestabilidad subyacente en el entorno actual para los responsables políticos y los inversores. Y es una inestabilidad que se intensificará en los próximos meses.

El catalizador de lo que muchos calificaron como una "carnicería del mercado" el martes -pérdidas de entre el 3% y el 5% en un solo día en los principales índices bursátiles de Estados Unidos- fue, por supuesto, un feo informe sobre la inflación. Y las cifras de agosto en Estados Unidos fueron decepcionantes en muchos sentidos, incluyendo, sobre todo, un aumento intermensual y un crecimiento de los impulsores de la inflación subyacente.

A juzgar por el espectacular aumento del rendimiento de los bonos del Estado a dos años, así como por los movimientos en otros sectores de los bonos del Tesoro, los mercados se esforzaron por fijar el precio de un momento de 'HFL' [higher, faster, longer], es decir, cuando las tasas suben más alto y más rápido, y se mantienen en ese nivel por más tiempo.

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En esta ocasión, el retraso para que los inversores aceptaran un cambio más rápido en el enfoque súper favorable de los bancos centrales a los mercados, tuvo poco que ver con la inclinación previa de los funcionarios a debilitar el mensaje de la política antiinflacionista. Esta tendencia había contribuido anteriormente a mantener viva la esperanza de un aterrizaje suave [soft landing] e inmaculado y de un rápido alejamiento de un régimen de liquidez restrictivo.

Pero desde el discurso del presidente de la Fed, Jay Powell, en Jackson Hole a fines de agosto, los funcionarios del banco central de Estados Unidos han sido inusualmente coherentes a la hora de declarar su compromiso incondicional de luchar contra una inflación inaceptablemente alta, así como de transmitir las implicaciones políticas.

Los responsables políticos y los inversores tendrán que asimilar más realidades en los próximos meses.

En primer lugar, la fragilidad del crecimiento mundial está aumentando. Europa aún tiene que complementar la protección fiscal a los hogares por los altos precios con un enfoque ordenado de distribución de la energía que minimice el daño estructural inmediato y a largo plazo a la economía.

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Incluso Estados Unidos, la más fuerte de las economías con importancia sistémica, se enfrenta a los vientos en contra del crecimiento interno. Y todo esto en un momento en que las presiones inflacionarias -y la destrucción de la demanda que conlleva- sólo se disiparán lentamente.

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A medida que esto se desarrolle, las incoherencias del mercado serán más difíciles de sostener. Con el aumento de los rendimientos a corto plazo, la ventaja TINA [there is no alternative o no hay alternativa] que las acciones han tenido durante mucho tiempo se está erosionando. Los bonos a más largo plazo ofrecen ahora una mejor protección contra una gran desaceleración mundial y las tensiones del sistema financiero. Y los riesgos económicos y financieros de un dólar tan fuerte, tanto a nivel nacional como, sobre todo, a nivel internacional, son más difíciles de eludir.

No hace falta decir que este no es un buen entorno para que los bancos centrales jueguen a ponerse al día. El riesgo de otro error de política, ya incómodamente alto, está aumentando.

Dadas las altas cifras de la inflación, la Reserva Federal no tiene más remedio que anticipar su respuesta política, incluyendo una tercera suba consecutiva de 0,75 puntos porcentuales la semana que viene, algo sin precedentes. Esto estará acompañado por un repunte en el ritmo de reducción del balance de la Fed y, sospecho, una revisión al alza de las previsiones del pico de las tasas de interés para este ciclo.

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Mientras tanto, el Banco Central Europeo tiene que incorporar las implicaciones de los considerables esfuerzos de política fiscal para compensar el impacto de la crisis energética en los hogares y las empresas.

La inclinación natural a suavizar la orientación de la política monetaria ante la fragilidad del crecimiento mundial y la inquietante inestabilidad de los mercados financieros choca con la realidad de una inflación persistentemente elevada y la necesidad urgente de restablecer la credibilidad de la política. De hecho, las vacilaciones del banco central sólo servirían para empeorar la escala y la complejidad de los retos económicos y políticos de 2023.

La agitación de los mercados de esta semana no se debe únicamente al choque entre el reciente exceso de optimismo de los mercados y las realidades económicas y políticas. También es un reflejo de que los inversores están asimilando mejor la compleja incertidumbre a la que se enfrentan tanto los responsables políticos como su propio enfoque de la asignación de activos.

La buena noticia radica en la doble perspectiva de que las economías dejen atrás un largo periodo de asignación ineficiente de recursos y de que se restablezca el valor de los mercados, muy distorsionados por la intervención excesivamente prolongada de los bancos centrales. Para que estas perspectivas se hagan realidad, las economías y los mercados todavía tienen que sortear la mayor posibilidad de errores políticos, tensiones en los mercados y las trampas de comportamiento que suelen acompañar a los cambios bruscos en el sentimiento de los inversores.

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