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COP26: los 'villanos' del medio ambiente en América latina esquivan la cumbre

México y Brasil han retrocedido en sus políticas climáticas y energéticas en un momento crucial.

Biodiversa y rica en recursos naturales, América latina parece un campeón obvio del clima. Sus caudalosos ríos alimentan algunas de las mayores represas hidroeléctricas del mundo y la selva amazónica almacena enormes cantidades de carbono.

Sin embargo, los presidentes de las dos naciones más grandes de la región estarán ausentes cuando los líderes mundiales se reúnan para una cumbre climática crucial en Glasgow el próximo domingo para tratar de limitar el calentamiento global. Ni Jair Bolsonaro, de Brasil, ni Andrés Manuel López Obrador, de México, quieren asistir, y con razón.

La deforestación en Brasil se disparó el año pasado hasta alcanzar su nivel más alto en más de una década, ya que Bolsonaro redujo drásticamente la aplicación de las leyes medioambientales y fomentó el desarrollo en la Amazonia. En un país con uno de los sectores energéticos más limpios del mundo, gracias a la abundante energía hidráulica y al uso generalizado del bioetanol como combustible, la deforestación es ahora su principal fuente de emisiones de carbono.

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En México, López Obrador ha gastado miles de millones de dólares en la construcción de una gigantesca refinería de petróleo y en el impulso de la producción petrolera. Ahora quiere cambiar la Constitución para favorecer la generación de electricidad estatal alimentada por combustibles fósiles sucios y ahogar el auge de las energías renovables impulsadas por el sector privado.

"Para estos dos países, creo que las cosas van definitivamente en la dirección equivocada en términos de emisiones", dijo Lisa Viscidi, experta en clima del Diálogo Interamericano en Washington. En cuanto a América latina en su conjunto, "no se ha avanzado lo suficiente" en la reducción de los objetivos de emisiones antes de la conferencia de Glasgow.

El retroceso de Brasil y México es especialmente preocupante, ya que ambas naciones habían seguido anteriormente caminos más ecológicos. El Código Forestal de Brasil sigue siendo una de las leyes de conservación más estrictas de los países en desarrollo (a pesar de haberse debilitado en 2012); México también había promovido grandes inversiones en energía solar y eólica.

En el resto de América latina, muchos gobiernos siguen siendo adictos a una producción cada vez mayor de combustibles fósiles para impulsar el desarrollo económico, a pesar de la creciente reticencia de las grandes petroleras occidentales a financiar nuevos proyectos de petróleo y gas mientras su industria busca un futuro más ecológico.

Argentina sigue promocionando sus gigantescos yacimientos de esquisto de Vaca Muerta, Brasil quiere miles de millones de dólares para explotar enormes reservas de petróleo en alta mar, la oposición venezolana planea una expansión masiva de la producción de petróleo para financiar la reconstrucción si destituye a Nicolás Maduro, y el nuevo presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, quiere duplicar la producción de petróleo.

Las noticias de América latina no son del todo sombrías. El activismo climático va en aumento, los jóvenes están mucho más concientizados sobre el medio ambiente que sus padres, y las economías de nivel medio, como Chile y Colombia, persiguen agresivamente la inversión en energías renovables y economías más verdes (aunque la deforestación en Colombia sigue siendo preocupante).

Chile se destaca especialmente. Su inusual geografía le proporciona uno de los calores solares más intensos del mundo y los vientos más fuertes y fiables. Espera aprovechar ambas cosas para convertirse en uno de los principales exportadores de hidrógeno verde, si se consigue dominar la tecnología para producirlo de forma rentable a gran escala. El gobierno también está tratando de cerrar las centrales eléctricas de carbón.

Pero en otros lugares de la región, demasiados gobiernos tratan de fingir que el calentamiento global es un problema que se resolverá mañana, mientras bombean cada vez más carbono hoy.

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Las pruebas de que esto es una mala idea se multiplican. Las feroces sequías están agotando las presas hidroeléctricas de Brasil y dañando sus cultivos. Chile, Paraguay y Argentina también están sufriendo períodos prolongados sin lluvia. Los huracanes, cada vez más frecuentes y potentes, causan estragos en Centroamérica y el Caribe. Los glaciares andinos están desapareciendo.

Los anfitriones británicos de la conferencia están tratando de mostrarse calmos frente al retroceso climático en un continente que alberga la mayor selva tropical del mundo. Apuntan a posiciones útiles de países como Costa Rica y Colombia, y al entusiasmo por políticas más ecológicas de algunas de las megaciudades de la región. Sin embargo, como dijo un funcionario: "No estoy diciendo ni por un segundo que todo vaya en la dirección correcta".

Las políticas energéticas de Bolsonaro y López Obrador deberían ser reliquias de una época pasada, pero en cambio están resultando alarmantemente duraderas en el siglo XXI.

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