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Cómo los mercados de materias primas están desafiando una nueva guerra fría

Más allá de lo que dicen los políticos, la rivalidad entre China y Estados Unidos por la energía y los minerales no ha dividido la economía mundial en dos bloques.

La idea de que el comercio mundial ha vuelto a una era de grandes potencias y geopolítica está ya firmemente arraigada en la mente de los dirigentes políticos. Dada la conmoción energética provocada por la guerra en Ucrania, la demanda de minerales críticos para la transición ecológica y la fragilidad de la producción agrícola, existe el temor concreto de que la economía mundial se esté fragmentando en una batalla de suma cero por las escasas materias primas y alimentos.

Ahora bien, es ciertamente posible asustarse pensando en los riesgos para la prosperidad mundial de una nueva guerra fría entre bloques rivales centrados en Washington y Beijing. Pero la experiencia del pasado y la observación actual sugieren que los intentos estratégicos de acaparar los mercados de materias primas suelen ser contrarrestados por compañías flexibles y gobiernos pragmáticos.

El FMI lleva tiempo advirtiendo sobre la geofragmentación. En su última evaluación, los economistas del Fondo calculan el impacto de la división de los mercados de materias primas en bloques geoeconómicos centrados en Estados Unidos y Europa, por un lado, y China, por otro.

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Para algunas materias primas, las sacudidas serían dramáticas. Los precios del aceite de palma y la soja en el bloque centrado en China aumentarían más de un 500%, con incrementos similares en los costos de los minerales refinados en la zona EE.UU.-Europa.

Aun así, el impacto global sobre la producción no sería catastrófico. Los países de renta baja, a menudo dependientes de las importaciones de alimentos, experimentarían una caída del PBI del 1,2%, aunque el PBI mundial en su conjunto sólo caería un 0,3%.

Y para obtener estos resultados se requiere una bipolarización política tremendamente inverosímil. Los modelos del FMI asignan los países a bloques en función de su historial de voto en la ONU. Esto, por ejemplo, sitúa a Brasil en el grupo EE.UU.-Europa - una de las razones por las que los precios de la soja en el bloque de China suben tan rápidamente en la simulación. De hecho, Brasil, el mayor exportador de soja del mundo, vende actualmente cerca del 70% de su producción a China. La idea de que Brasil cortaría sus ventas a China -su socio en los BRICS- por razones políticas no hace sino subrayar la falta de realismo de este experimento mental.

En la práctica, los exportadores de materias primas suelen seguir una estrategia geoeconómica totalmente sensata de pragmatismo implacable. Los gobiernos que se comprometen con un cliente por motivos políticos se exponen a la dependencia y la explotación. Enfrentar a unos con otros produce dividendos.

Chile, segundo productor mundial de litio para baterías eléctricas, fue asignado al club EE.UU.-Europa en la simulación del FMI. En realidad, vende gran parte de sus minerales a China. Pero el gobierno chileno ha ofrecido la posibilidad de aumentar las exportaciones a Europa para obtener concesiones en un acuerdo comercial UE-Chile, con el resultado de que Bruselas suavizó su habitual línea dura contra los productores locales para permitir a Chile vender litio a bajo precio a su propia industria nacional. Indonesia, cortejada tanto por China como por EE.UU. por su níquel, ha utilizado su fuerte posición negociadora para obligar a sus socios comerciales a invertir en plantas de procesamiento.

En cualquier caso, los desequilibrios de poder que subyacen a la fragmentación geopolítica no se parecen en nada a los de la primera guerra fría. EE.UU. no tiene el abrumador poder financiero o militar necesario para derrocar a los gobiernos incómodos de los países productores de materias primas, como hizo con el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz en 1954 por sus planes de reforma agraria en las plantaciones bananeras de propiedad estadounidense.

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Aunque los mercados de materias primas estén políticamente bifurcados, la simple oferta y la demanda implican que los aumentos de precios derivados de las restricciones comerciales crearán sus propias soluciones a largo plazo. Simon Evenett, que dirige el proyecto Global Trade Alert en la Universidad de St Gallen (Suiza), señala que el aumento de la producción de minerales de tierras raras -aunque es cierto que no del producto refinado- ha reducido la capacidad de China para controlar el suministro mundial a sus adversarios. En 2015, China producía más del 80% de las tierras raras del mundo. Para 2021, la expansión masiva de la minería en otros lugares, incluidos EE.UU. y Australia, había reducido su cuota al 58%.

Los gobiernos que intentan controlar los mercados de materias primas a menudo se encuentran con que el costo para sí mismos es demasiado alto. Ahora resulta evidente que el límite de u$s 60 por barril impuesto por el G7 a las ventas de petróleo ruso no ha paralizado la maquinaria bélica de Vladimir Putin. En parte se debe a la elusión rusa, que incluye la gestión de una 'flota oscura' de petroleros. Pero el efecto de la política siempre iba a ser limitado, dado el deseo del G7 de evitar que la escasez mundial de petróleo destruyera sus propias economías. Del mismo modo, cuando China impuso restricciones comerciales a Australia en 2020, Beijing se vio obligada a eximir las lucrativas exportaciones australianas de mineral de hierro, para las que no disponía de otras fuentes de suministro suficientes.

Se escucha hablar mucho más a los políticos sobre la fragmentación geoeconómica de lo que se ve en los mercados de materias primas y las cadenas de valor. Por supuesto, aún es pronto: los gobiernos pueden hacer mucho más para fragmentar los mercados, y las empresas tardan en adaptarse a las nuevas realidades. Pero hasta ahora apenas hay indicios de que hayamos vuelto a una era en la que las grandes potencias se reparten las riquezas alimentarias y minerales del mundo.

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