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Hoy Argentina está entre las peores notas de riesgo crediticio de América del Sur y necesita subir seis escalones para sumarse al club de los emisores confiables. Los analistas creen que no es imposible, pero advierten que la verdadera batalla será convencer al mundo de que esta vez el cambio llegó para quedarse.

En el fútbol todos entienden qué significa pelear el descenso. En el mundo de las finanzas internacionales ocurre algo parecido.

Hay países que juegan en el Mundial del crédito y otros que apenas sobreviven en la zona de promoción, pagando tasas mucho más altas porque el mercado duda de que puedan devolver lo que toman prestado.

Hoy Argentina está en ese segundo grupo.

Por eso no pasó inadvertida la definición que hizo el ministro de Economía, Luis Caputo, al presentar la hoja de ruta financiera del Gobierno. El objetivo es que el país recupere el grado de inversión hacia fines de 2031, una meta que, de alcanzarse, marcaría un cambio histórico para una economía acostumbrada a convivir con defaults, reestructuraciones y crisis cambiarias.

El secretario de Política Económica José Luis Daza con el ministro de Economía Luis Caputo y el secretario de Finanzas Federico Furiase
El secretario de Política Económica José Luis Daza con el ministro de Economía Luis Caputo y el secretario de Finanzas Federico FuriaseNoticias Argentinas

El desafío, sin embargo, es de una magnitud pocas veces vista.

Argentina acaba de mejorar su calificación de CCC+ a B- en S&P Global Ratings, una decisión que reflejó el cambio de escenario macroeconómico de los últimos dos años. Pero el investment grade recién comienza en BBB-. Traducido al lenguaje de las calificadoras, todavía quedan seis escalones por subir.

Es una carrera larga y el partido recién empieza.

La mejora anunciada por S&P fue importante porque dejó atrás la categoría que suele asociarse con un riesgo muy elevado de incumplimiento. La agencia destacó el superávit fiscal, la desaceleración de la inflación, una mayor capacidad para conseguir financiamiento y la recuperación de las reservas como los factores que permitieron reducir el riesgo de default.

Pero el informe deja un mensaje igual de importante: el trabajo recién empieza.

La calificadora sigue señalando como debilidades la historia de inestabilidad macroeconómica, los cambios permanentes de reglas de juego, la escasa credibilidad institucional y el largo historial de reestructuraciones de deuda.

En otras palabras, el mercado ya empezó a creer que Argentina puede pagar. Lo que todavía no termina de creer es que mantendrá ese comportamiento durante muchos años.

Mucho más que la deuda

Cuando se habla de grado de inversión suele aparecer una idea equivocada: que todo depende de la deuda sobre el PBI. No es así.

Las agencias como S&P o Moody’s analizan una verdadera hoja de balance del país. Miran la fortaleza fiscal, la evolución de la deuda, el acceso al financiamiento, las reservas internacionales, la inflación, la estabilidad del tipo de cambio, la cuenta corriente, la independencia del Banco Central y, sobre todo, la calidad de las instituciones.

También observan algo imposible de resumir en una planilla de Excel: la voluntad política de honrar la deuda en cualquier escenario. Y allí aparece el principal activo —o pasivo— de Argentina. No es otra cosa que la mochila de los defaults.

“Con la deuda que tiene hoy Argentina y con superávit fiscal, el riesgo país es injustificadamente alto”, sostiene Fernando Marengo, economista jefe de BlackTORO.

Para él, la explicación es mucho más sencilla que cualquier modelo financiero. “Estamos pagando un problema reputacional”, resume.

La sucesión de defaults, canjes compulsivos y cambios de rumbo terminó construyendo una desconfianza que lleva años revertir.

Por eso cree que el verdadero desafío no pasa solamente por ordenar las cuentas públicas. “Hay que convencer a los acreedores de que se terminó la historia del defaulteador serial”, afirma.

A su juicio, eso exige que el equilibrio fiscal sobreviva incluso cuando cambien los gobiernos. Si además se consolidan proyectos como el RIGI, el desarrollo de Vaca Muerta, el GNL y la minería del cobre, Argentina podría generar un salto estructural en sus exportaciones y en la disponibilidad de divisas.

No alcanza con seguir igual

Gabriel Caamaño, director de Outlier, comparte el diagnóstico. “¿Se puede llegar? Sí. ¿Es exigente? También. Pero no es una locura”, sostiene. La clave, aclara, es no confundir estabilidad con inmovilidad.

Scott Eells

Para acercarse al grado de inversión todavía faltan varias reformas. Entre ellas, terminar de eliminar las restricciones cambiarias, normalizar completamente el acceso al mercado de cambios para las empresas, consolidar un régimen monetario más transparente y volver a refinanciar los vencimientos de deuda en condiciones normales. “No se logra en piloto automático”, resume.

La prueba de fuego

Desde Wall Street miran el objetivo con una mezcla de reconocimiento y prudencia. Un analista de uno de los principales bancos de inversión considera positivo que el Gobierno anuncie una meta tan ambiciosa porque ayuda a ordenar expectativas. Sin embargo, duda de que el recorrido pueda completarse en apenas cinco años. “No es imposible. Es poco probable”, señala. Su argumento apunta menos a los números que a la historia.

Las métricas fiscales mejoraron, la deuda en dólares dejó de crecer, el sector energético promete transformar la balanza comercial y las exportaciones de petróleo y gas podrían modificar estructuralmente la generación de divisas. Pero las calificadoras no sólo califican el presente. También intentan anticipar el futuro.

Necesitan comprobar que el cambio sobrevivirá al próximo ciclo político y que Argentina no volverá a recorrer el camino conocido de déficit, emisión y reestructuración de deuda. Por eso la credibilidad pesa tanto como el equilibrio fiscal.

La final no se juega este año

Quizás la mayor dificultad del objetivo planteado por Caputo no sea económica. Sea quien sea el Presidente en 2031, las agencias querrán comprobar que la disciplina fiscal ya dejó de depender de un gobierno para convertirse en una política de Estado.

Porque el investment grade no funciona como un premio al mejor alumno de un año. Es un certificado de confianza construido durante mucho tiempo. Argentina ya consiguió salir de la zona donde el mercado descontaba un nuevo default. Ahora empieza un desafío mucho más complejo: convencer a los inversores de que esta vez el cambio no es una excepción, sino una nueva normalidad.