La "desilusión" de Marc Stanley y unas disculpas que incomodaron al kirchnerismo

El Gobierno le reconoció oficialmente la "gran ayuda" prestada en "momentos difíciles para la Argentina". El gesto no agradó en ciertos círculos del arco oficialista.

Marc Stanley es nacido y criado en Dallas. Como buen texano, le gustan las cosas simples, sin vueltas. De allí que el resultara tan difícil asimilar, junto con su esposa Wendy, lo enrevesado que podemos ser los argentinos. Y más aún cuando los interlocutores son políticos.

Abogado de profesión, fanático del star system hollywoodense y las fotos "cholulas" con celebridades, de larga trayectoria en el Partido Demócrata y allegado al presidente Joe Biden a fuerza de su capacidad para recaudar fondos para las campañas electorales, Stanley quiso empezar con el pie derecho su desempeño como embajador de los Estados Unidos, acaso mostrando la impronta con la que esperaba dejar atrás el monocorde tono que dejó su predecesor en el cargo, el -también texano- juez Edward Prado.

Con el plácet otorgado por el Senado estadounidense, Stanley se involucró directamente en las gestiones que a mediados de enero encaraba el Gobierno argentino para intentar destrabar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuando corría serio riesgo de naufragar. Entonces, la Casa Rosada activó todos los resortes posibles para conseguir condiciones más benévolas para el repago de la deuda externa a través de negociaciones en el "ala política" de la Casa Blanca.

Cuando el canciller Santiago Cafiero llegó en aquel gélido enero a Washington, Stanley ya estaba en escena, golpeando puertas en el Departamento de Estado, en el Tesoro y la oficina oval para lograr concesiones para los recurrentes tomadores de deuda argentinos. Pretendía llegar a Buenos Aires con una "gauchada" en la cuenta, como decimos entre amigos.

Lo que se encontró, sin embargo, fue casi como un sopapo. A los días de aterrizar en el Palacio Bosch, su actual residencia, el presidente emprendió una gira con una escala que hoy día seguro se arrepiente de haber emprendido. En Moscú, el jefe de Estado argentino se entrevistó con Vladimir Putin, a solo días de la invasión propinada por el Kremlin contra Ucrania.

El embajador Stanley y Joe Biden.

Sobreexigiendo la complacencia con el anfitrión, Fernández definió que la Argentina debería ser "la puerta de entrada de Rusia en América latina"; se manifestó "profundamente agradecido" a Putin por el suministro de vacunas Sputnik V, y reiteró la intención de su gobierno de cortar con la "dependencia" habida con Washington. Stanley sintió rubor en la mejilla.

El Presidente no se quedó allí. La frutilla del postre fue sugerir la hegemonía estadounidense en el FMI como un instrumento para azuzar a los gobiernos de la región, y soltar una crítica velada a otras potencias que no ayudaron en los momentos más críticos de la pandemia de coronavirus. Olvidó que Estados Unidos envió el primer embarque de vacunas Moderna cuando las segundas dosis de Sputnik escaseaban.

El malestar de estas declaraciones no fue exclusiva del recién llegado embajador. En la Casa Blanca y el Departamento de Estado dejaron entrever su enojo, con tapa en matutinos porteños, y todo. Tanto fue así que el Presidente recalculó su GPS geopolítico y concedió una entrevista radial con el exclusivo fin de transmitir el siguiente mensaje: "Cuando llegó el momento de darle una solución al acuerdo [con el FMI], el gobierno de los Estados Unidos acompañó".

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El paso en falso, no obstante, no se diluyó fácilmente. Ni la entrega de cartas credenciales en una reunión exclusiva, ni las visitas del jefe de gabinete Juan Manzur, a la legación diplomática, ni la buena acogida ofrecida por cada ministro en los encuentros cara a cara relajó el sinsabor de ese primer traspié presidencial. Con varios interlocutores del mundo de la política, Stanley admitió haberse llevado una "desilusión".

Encuentro reparador

Notando aquello, la recepción que esta semana se le ofreció al embajador en el Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI) ante prácticamente toda la clase dirigencial argentina sirvió para reparar el cortocircuito. Con la excepción de representantes de extracción sindical, en el think tank de Uruguay y Santa Fe confluyeron empresarios de primera línea, los presidentes de las comisiones de Relaciones Exteriores del Senado y Diputados, y dirigentes de la oposición (Martín Lousteau, Alfredo Cornejo, Fernando Straface) y del Ejecutivo nacional. 

Sebastián Bagó, Juan Martín Bulgheroni, Alejandro Díaz (de Amcham), Guillermo Stanley y Carolina Castro oyeron al americano en una cita confidencial. También un funcionario cristinista, Franco Metaza, fue parte del encuentro en el que el extranjero habló positivamente de su encuentro con la vicepresidenta.

Según reseñó el titular del CARI, José Octavio Bordón, se trató de "un diálogo muy sincero y constructivo con el embajador Stanley, en un contexto de un amplio pluralismo político, social, académico y empresarial". 

En la cita, el secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Béliz, tomó la palabra para reconocer y agradecer en nombre del Gobierno argentino la ayuda prestada por el texano. Según Béliz, Stanley prestó una gran ayuda "en momentos difíciles para la Argentina".

Todos los presentes, sin importar el color político, interpretaron en ese gesto una reparación para con el embajador, que no esconde la sintonía que en poco más de dos meses ha logrado forjar con Béliz, a fuerza de charlas políticas, técnicas y, también, sobre espiritualidad.

Las disculpas de Béliz llegaron a oídos de la bancada kirchnerista, que no tardó en repudiar a su correligionario. "Se bajó los pantalones", "da vergüenza ajena", reconocieron a El Cronista algunos enterados de lo ocurrido.

Con todo, y luego de visitar a la vicepresidenta en el Senado, en el Círculo Rojo y el oficialismo se convencen en que no están frente a un nuevo "Braden", en alusión a aquel diplomático que supo liderar a la oposición en tiempos de Juan Domingo Perón.

De las señales de alerta frente una figura que interpretaban impetuosa, vehemente, sobre todo luego de liderar gestos públicos a favor de una condena expresa contra Rusia por la invasión a Ucrania, en el Gobierno y la oposición ven ahora un actor más "humilde", interesado en estrechar lazos mientras aprende día a día las lecciones de una enrevesada Argentina.

El texano suele bromear en Twitter con su apellido, que los argentinos asocian inmediatamente con el termo Stanley. Uno y otro pueden actuar en caliente. Pero tarde o temprano, uno y otro se atemperan.

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