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Cinco interpretaciones políticas sobre el atentado a Cristina Kirchner

Desde la suspicacia y la postulación del hecho aislado, hasta la denuncia de los discursos de odio y los efectos de la grieta en la vida cotidiana. Cuáles son las lecturas en pugna sobre el ataque a la Vicepresidenta

Desde el instante en que se viralizó la imagen del arma apuntando a la frente de Cristina Kirchner, se multiplicaron las lecturas políticas. Empezó la danza de motivos que van más allá de la postal en sí. ¿Existen esas interpretaciones más profundas? Aquí, una enumeración -no del todo excluyente- de las perspectivas en pugna.

  1. La teoría del 'Loco suelto': es la versión suavizada e institucional de los que directamente desconfían de que haya existido un intento de magnicidio. Según esta lectura, Fernando Andrés Sabag Montiel es un "loquito" suelto, sobre el que no vale la pena profundizar en el análisis. La biografía, gustos y afinidades extremas de este brasileño de 35 años facilitan esta visión. El plan de asesinato a la Vicepresidenta, si es que efectivamente ocurrió, no merece una reflexión sociológica ni en clave política. Apenas, una revisión crítica sobre el sistema de seguridad fallido de Cristina Kirchner. El hecho sucedió en el vacío total, sin contexto ni historia. El diputado radical Martín Tetaz fue el que primero y con más énfasis abrazó esta teoría.

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  1. Reflejo de la sociedad: si en la hipótesis anterior había un único responsable, en esta todos los argentinos son coautores del atentado fallido. Casi 50 millones de accionistas, en el intento de matar a la Vicepresidenta. La naturalización cotidiana de la violencia sería la instancia previa a la performance de Fernando Andrés Sabag Montiel. La única diferencia entre él y una población engrietada es que el brasileño se animó a dar el (mal) paso. Esta interpretación no diferencia demasiado jerarquías ni grados de responsabilidad entre las elites y el resto de la sociedad. Y en su variante más naif, hace un llamamiento al cambio individual por mera voluntad.

  1. Burbujas ideológicas: el libro Polarizados del sociólogo Ignacio Ramirez estudia con estadísticas y mayor sofisticación las causas y efectos estructurales del paisaje de la grieta: señala la tendencia al "enguetamiento" informativo, cultural y social de los ciudadanos. En sus redes, consumo de medios y afinidades sociales, las personas tienden a moverse dentro de burbujas que los reafirman. Peronistas y cambiemitas que, a diferencia de lo que ocurría en los ochenta y noventa, optan por no interactuar entre sí. Hinchas ideológicos de Boca y de River que ni siquiera se cruzan. El algoritmo y los medios con discursos de diseño para sus audiencias favorecen esa segmentación. Y esos muros potencian el extrañamiento del otro. Se trata de una explicación eficaz y, al mismo tiempo, muy pesimista. Porque no identifica razones para que la dinámica grietera en ascenso se vaya a revertir en algún momento.

  1. Discurso de odio opositor: esta visión hace eje en los dirigentes de la oposición, ya sean políticos, mediáticos o judiciales. Alberto Fernández desplegó esta hipótesis durante la cadena nacional. La mirada deshumanizante del kirchnerismo deriva en la justificación de la violencia, tanto verbal como física. Así, el ataque de Sabag Montiel representaría un simple eco de una operación que lo excede. Los verdaderos responsables serían los sectores más intransigentes de la oposición, que estigmatizan a Cristina Kirchner y reducen su gobierno a una simple asociación criminal. A la pasada, esta interpretación incluye a la causa Vialidad en la misma maniobra. Y le atribuye a la oposición contar con el patrimonio del recurso odiador. 

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  1. Deshumanizar al adversario: esta mirada también abarca a una parte del oficialismo. Si algunos dirigentes cambiemitas demonizan a CFK, un sector del kirchnerismo actúa en espejo. Por ejemplo, con el "Macri, basura, vos sos la dictadura" o el rechazo a concretar el traspaso de mando presidencial en 2015. La competencia política tradicional entra en un estado de excepción, porque el rival es excepcionalmente malo, corrupto, populista o neoliberal. Ganarle no alcanza, se vuelve necesario extirpar la enfermedad populista, tal como metaforizó Mauricio Macri en más de una oportunidad. Bajo esa línea argumental Patricia Bullrich decidió evitar solidarizarse con la Vicepresidenta. Desde ambas identidades mayoritarias se argumenta que las agresiones del otro lado son más habituales y salvajes. Como sea, Sabag Montiel sería el hijo partidario de ese clima de intransigencia cruzada. Esta lectura, pese a ser una de las más agudas junto a la del tercer punto, es muy poco asumida en medios y discursos políticos. El motivo es simple: nadie quiere ser incluido en la lista de actores con algún grado de responsabilidad en el prohijamiento de fenómenos como el de Sabag Montiel, por psiquiátricos que sean.

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