Un discurso escrito por Alberto con ideas de Béliz e Ibarra

En el oficialismo destacaron la simbología de refundación de un Estado, con la búsqueda de una burocracia profesionalizada con ayuda colegiada, frente al achicamiento que propugnaba el macrismo.

Alberto Fernández tiene el título de abogado penalista pero se considera un politólogo egresado de la Universidad de la Calle, fiel a su estilo, cerrando la grieta entre ambas ciencias, las jurídicas y las sociales. Ambos quedaron resumidos en su primer discurso presidencial de inauguración de sesiones ordinarias, con 9934 palabras dedicadas a la (re)fundación del Estado post- era cambiemita. Una nueva burocracia 'todista', nutrida del heterogéneo frente electoral que lo llevó a la Casa Rosada. Al mandatario no le gusta hablar de 'albertismo', lo que implicaría una contracara con su principal socia política, la vicepresidenta Cristina Kirchner

Los 79 minutos de monólogo fueron analizados en el team ministerial como un cambio de época y de estilo. Citaron al propio Jefe de Estado, en una de sus ironías para reflejarse ante su antecesor Mauricio Macri: "Somos un Gobierno con científicos, no con CEOS". La palabra "Estado", con la revitalización weberiana a diferencia de un pretendido achicamiento cambiemita, fue central en el discurso: con 40 menciones, fue de una de las cinco más repetidas. Simbología ante la ausencia de anuncios económicos, supeditados a la reestructuración de la deuda y del Presupuesto 2020.

Impreso a último momento en la Quinta de Olivos, antes de subir al helicóptero, el texto fue escrito por el propio Alberto, cuentan sus colaboradores. Pero, aún incluyendo la reforma de un Comodoro Py impulsada por su formación de abogado, la visión de un ex exiliado Gustavo Béliz se coló en el espíritu integral del Estado que se viene. Una paradoja que el actual Secretario Estratégico se tuvo que ir del gobierno nestorista, con el ahora mandatario de Jefe de Gabinete, por la batalla que hoy es bandera oficial. Una pelea que deja contento a un cristinismo que impulsó su propia fallida reforma.

De fondo, sin metáfora, es lo que el albertismo llama "el sótano de la democracia", la histórica turbia relación entre espías, Justicia y operaciones mediaticas. Es la guerra que Cristina Kirchner llegó tarde en su mandato a librar, con la extinción de la SIDE y la reconversión a la AFI.

Los mensajes al campo por las retenciones y a los supermercadistas por los precios, fueron más advertencias que amenazas al estilo K. "Es un abogado gris", suelen catalogarlo en su círculo íntimo: la épica es, irónicamente, la moderación.

Retomando a Raúl Alfonsín, uno de los expresidente que más le gusta citar, Alberto llamó a una "profesionalización" de la burocracia, con la creación de una serie de organismos multisectoriales, colegiada por oposición y expertos, sin discriminación del albertismo si se quieren integrar en su frentismo. El objetivo sociológico: asistir a lo que llamó el "Nuevo Contrato de Ciudadanía Social".

Vilma Ibarra, secretaria de Legal y Técnica, es la otra artífice de parte de los anuncios, pieza clave para dar ambas batallas anunciadas: la reforma judicial y la legalización del aborto. El propio Fernández aceleró el debate: en campaña, el año pasado, prefería hablar de una instancia previa, la despenalización, antes de abrir los centros de salud para la interrupción voluntaria de los embarazos. El guiño a la Iglesia con el Plan de los 1000 días es el aporte equilibrista de Alberto.

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