Durante décadas, el orden económico internacional se sostuvo sobre un consenso imperfecto pero funcional: reglas compartidas, instituciones multilaterales y una cierta previsibilidad en las relaciones comerciales y financieras. Ese entramado —con el FMI, la OMC y los acuerdos regionales como pilares— nunca estuvo exento de tensiones, pero ofrecía un marco relativamente estable para la toma de decisiones de gobiernos y empresas. La irrupción de Donald Trump primero, y la consolidación de esta política después por parte del gobierno Republicano, terminó de imponer el modelo transaccional.
La lógica que propone Trump no es ideológica en el sentido clásico, sino profundamente transaccional. En su visión, las relaciones económicas internacionales no se organizan alrededor de reglas comunes sino de balances bilaterales, donde cada acuerdo debe demostrar beneficios inmediatos y cuantificables para Estados Unidos. El multilateralismo, bajo esta óptica, no es un activo sino una traba: diluye el poder, impone compromisos y limita la capacidad de presión del actor más fuerte.
Un sistema internacional basado únicamente en transacciones bilaterales no es neutral ni eficiente: consagra, de hecho, la ley del más fuerte. En ausencia de reglas multilaterales, el poder económico y político sustituye al derecho, y la negociación se convierte en imposición.

Este cambio de enfoque tiene consecuencias directas sobre la economía global. La preferencia por negociaciones uno a uno reemplaza la lógica de “ganancias mutuas” por una de suma casi cero, donde el déficit comercial se interpreta como una pérdida y el superávit del otro como una ventaja injusta. Aranceles, amenazas de represalias y revisiones unilaterales de acuerdos se transforman en herramientas centrales de política económica, más cercanas a la negociación empresarial dura que a la diplomacia económica tradicional.
Para el mundo de los negocios, el impacto es inmediato. La previsibilidad —uno de los activos más valorados por la inversión— se ve erosionada cuando las reglas pueden cambiar por decisión política y sin instancias claras de arbitraje. Las cadenas globales de valor, diseñadas bajo supuestos de apertura y estabilidad, se vuelven más frágiles. El resultado no es necesariamente una relocalización masiva de producción, como promete el discurso político, sino mayores costos, duplicación de procesos y una reasignación defensiva del capital.
Desde el punto de vista de la política económica internacional, el contraste con el multilateralismo clásico es marcado. El sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial asumía que incluso las grandes potencias se beneficiaban de aceptar límites a su accionar a cambio de estabilidad sistémica. Trump invierte esa lógica: privilegia la libertad de acción aun al costo de debilitar el sistema que Estados Unidos ayudó a construir y del cual fue principal beneficiario durante décadas.
Este giro no ocurre en el vacío. Refleja tensiones reales dentro de la economía estadounidense: desindustrialización en ciertas regiones, pérdida de empleos manufactureros y una percepción extendida de que la globalización favoreció a otros más que a la clase media norteamericana. Sin embargo, la respuesta transaccional apunta más a redistribuir poder entre países que a resolver los problemas estructurales de competitividad, productividad y formación laboral.
Para economías emergentes como la Argentina, el escenario es particularmente desafiante. El debilitamiento del multilateralismo reduce los márgenes de protección frente a decisiones unilaterales de las grandes potencias. Al mismo tiempo, abre oportunidades tácticas para negociaciones puntuales, pero a un costo elevado: mayor asimetría, menor capacidad de apelar a reglas comunes y una dependencia creciente del clima político del momento.
En este contexto, la política económica local enfrenta un dilema complejo. Adaptarse a un mundo más transaccional exige flexibilidad, capacidad negociadora y lectura fina de intereses, pero sin abandonar del todo la apuesta por reglas y acuerdos que otorguen previsibilidad. La tentación de copiar la lógica bilateral dura puede resultar atractiva en el corto plazo, pero suele ser insostenible para países con menor peso relativo.
El fenómeno Trump no es solo una anomalía política, sino un síntoma de un cambio más profundo en la economía global. Incluso si su figura desapareciera de la escena, la desconfianza hacia el multilateralismo y la preferencia por acuerdos “a medida” ya forman parte del nuevo panorams político.
Para gobiernos y empresas, el desafío será aprender a operar en un mundo donde la negociación reemplaza a la norma y donde el poder, más que las reglas, vuelve a ocupar el centro del tablero.

















