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Pedro Sánchez es un superviviente. Gracias a una combinación pocas veces vista de habilidad política y falta de escrúpulos, logró atravesar una y otra vez crisis que parecían destinadas a terminar con su carrera. El 29 de noviembre enfrenta la prueba más difícil: mantenerse en el poder con sus manos derecha e izquierda presos por corrupción, su hermano condenado y su esposa a las puertas de un juicio. Para intentar otra remontada tomó prestado el libreto de Cristina Kirchner, adaptado a una campaña en la que el protagonista es un enemigo en común: Javier Milei.

El paralelismo quedó condensado en una imagen. El sábado pasado, el PSOE difundió una foto de Sánchez abrazando y besando a Begoña Gómez con la consigna “La fuerza del amor”. Como no puede construir una campaña en torno a propuestas creíbles, apela a la emocionalidad que despierta una pareja que se muestra unida frente a la adversidad. Sánchez le agradeció públicamente a su esposa y dijo que habían intentado quebrarlos pero que estaban “más unidos y fuertes que nunca”. El mensaje buscaba transformar una crisis judicial y política en una historia íntima de resistencia.

La imagen remite de manera inevitable a la campaña de Cristina Kirchner en 2011. También ella utilizó “La fuerza del amor” como parte de una serie de avisos en los que la palabra fuerza articulaba toda la comunicación. Una foto abrazada a Néstor Kirchner funcionaba como símbolo de continuidad después de su muerte. Cristina venía de años de desgaste, confrontación y denuncias de corrupción. La muerte de su marido produjo una oleada de solidaridad que cambió su imagen pública y le permitió reconstruir su vínculo con una parte del electorado.

El discípulo

Sánchez y Cristina comparten algo más que una consigna. Son dos líderes populistas que juegan por izquierda e hicieron de la polarización una herramienta central para acumular poder. La política se transforma así en una disputa moral: ellos representan el amor, la protección y el pueblo; sus adversarios, el odio, la crueldad y los privilegiados. La operación permite desplazar la discusión desde la gestión hacia la identidad del dirigente y transformar vulnerabilidades en fortalezas.

También existe un paralelismo económico. Ambos reivindican crecimiento y protección social como fuentes de legitimidad y recurren a un Estado cada vez más activo para sostener consumo e ingresos. Cristina llegó a 2011 con una economía que crecía 6%, favorecida por un contexto externo extraordinario y políticas expansivas. Ganó con el 54%. Pero terminó su segundo mandato con el PIB per cápita por debajo del nivel de 2011, inflación elevada, cepos por todas partes y un déficit fiscal desbocado.

España también crece. Pero debajo aparecen fragilidades. Entre 2019 y 2025 el PIB aumentó 12,1%, pero el producto por trabajador apenas 0,2%. Buena parte de la expansión depende de más empleo, más horas trabajadas y, sobre todo, una fuerte inmigración, mientras se agravan problemas de productividad e inversión.

Foto: NA.

Pero la gran diferencia entre Pedro y Cristina es la verosimilitud del relato emocional. Cristina había sufrido una tragedia personal indiscutible: perdió a su marido y socio político. Sánchez intenta generar empatía a partir de las investigaciones que afectan a Begoña Gómez, que está a la espera de un juicio por malversación y tráfico de influencias. La comparación tiene límites evidentes.

El factor Milei

La visita del Presidente a España fue utilizada por Sánchez como una pieza central de campaña. El PSOE desplegó en su sede de la calle Ferraz una enorme pancarta para recibirlo y reivindicó con orgullo la palabra “zurdo”. Milei respondió llamando “impresentable dictador” a Sánchez, vinculó al socialismo español con el kirchnerismo y pidió sacar a los socialistas del poder. Sánchez lo agrupó enseguida con Feijóo y Abascal como representantes de “los recortes, el tijeretazo y la motosierra”.

Milei le ofrece un rostro concreto a la amenaza que Sánchez quiere construir. Ya no necesita hablar de una derecha abstracta que quitaría derechos: puede señalar al presidente argentino y decir que ese es el modelo que PP y Vox llevarían a España. Hasta Felipe González, crítico feroz de Sánchez y decidido a votar en blanco, ironizó: “Si Milei visita 15 veces más España quizás gana Sánchez”.

Fuente: EFEMariscal

Pero la jugada puede salir al revés. El mundo político de 2026 es muy distinto del de 2011. Creció el rechazo a la corrección política, al lenguaje paternalista de dirigentes que dicen gobernar por amor al pueblo y a elites que durante años prometieron proteger a los ciudadanos mientras acumulaban poder y escándalos, y hacían una política concentrada en la opinión de minorías intensas. Milei es uno de los grandes representantes globales de la reacción contra ese universo.

Eso ayuda a explicar por qué las encuestas muestran que el gran beneficiario del retroceso de Sánchez no es el PP, sino Vox. Sigma Dos le asigna al PSOE 25,3%, al PP 31,5% y a Vox 19,5%. No es casual que, a excepción de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ningún dirigente relevante del PP haya querido reunirse con Milei. Pero Abascal, que no se pudo encontrar con el presidente argentino porque estaba de gira por el norte del país, difundió una videollamada en la que celebró sus ataques a Sánchez.

Si las elecciones fueran hoy, una eventual coalición entre el PP y Vox sumaría entre 197 y 205 escaños, muy por encima de los 176 necesarios para la mayoría absoluta. Esta es la tendencia que pretende revertir Sánchez con “la fuerza del amor”. Para eso necesita que Milei active el miedo a la derecha. El riesgo para él es que ocurra lo contrario. Que muchos españoles vean en Milei, no al monstruo que Sánchez necesita, sino la expresión brutal de un hartazgo que sienten desde hace tiempo.