

Por estos días se conmemoró un aniversario más de la renuncia de José de San Martín al Protectorado del Perú. El 20 de septiembre de 1822, apenas 13 meses después de haber asumido el cargo tras desembarcar desde Chile en esas tierras peruanas, el “Libertador de América” dio un paso al costado poco después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil.
Se suele citar la histórica entrevista entre ambos como el detonante de su alejamiento, pero lo cierto es que más bien fue el corolario de varios desencuentros que tuvieron como punto de partida a uno del que se habla poco y que involucra a un batallón de infantería y a un pedido de auxilio que San Martín decidió no atender.
Se trata del episodio del Numancia, que el historiador argentino Eduardo Giorlandini y su par peruano, Jorge Paredes Muñante, han coincidido en señalar como el primer cortocircuito serio entre ambos militares, antes incluso de que se conocieran personalmente.
Corría el mes de octubre de 1821, San Martín gobernaba el Perú como Protector, mientras Bolívar avanzaba desde el norte con su lugarteniente Antonio José de Sucre, empeñado en liberar la Presidencia de Quito. Tras una dura derrota en Huachi, Sucre necesitaba refuerzos urgentes y le escribió a San Martín reclamando la incorporación del batallón Numancia a su campaña.
Los mejores soldados disponibles en Sudamérica
El Numancia no era una unidad cualquiera. Había sido formado en Venezuela en 1813 y enviado al Perú en 1816 por Pablo Morillo para combatir a los patriotas; en 1820, poco después del desembarco de San Martín, esa tropa veterana desertó y se pasó a las filas independentistas. Combatientes curtidos, disciplinados y con años de campaña, eran considerados de los mejores soldados disponibles en Sudamérica.
Esa trayectoria explica por qué Sucre lo quería para su ofensiva y por qué San Martín se resistía a cederlo: no era solo un batallón más, sino la columna vertebral de un ejército todavía escaso de tropas experimentadas. El propio Giorlandini repasó en detalle esta correspondencia, mostrando que San Martín no negaba ayuda, sino que buscaba retener a su mejor unidad.
En un informe reservado, el propio Sucre defendió su autoridad sobre el Numancia y el resto de la división peruana enviada en su reemplazo, frente a un intento de repliegue ordenado desde Lima. “No sólo me opongo a la retirada bajo las más serias protestas”, escribió, dejando en claro que consideraba esas tropas bajo su mando directo y no sujetas a instrucciones limeñas.

San Martín, finalmente, se negó a desprenderse del Numancia y en su lugar envió una división auxiliar al mando de Andrés de Santa Cruz, integrada en gran parte por reclutas inexpertos del norte peruano. Esa tropa participó igualmente en las batallas de Riobamba y Pichincha, pero la negativa inicial ya había dejado una marca en la relación entre los dos comandos, como infieren los historiadores antes citados.
El trasfondo de San Martín también pesaba en su decisión: necesitaba pedir un préstamo para sostener su propio ejército y enfrentaba a los realistas en el norte del Perú. Priorizó sus necesidades militares inmediatas por sobre el pedido de auxilio que llegaba desde Quito, algo que, puede inferirse, Bolívar y Sucre no dejarían de recordar.
La primera entrevista, frustrada, de Guayaquil
A ese primer cortocircuito, le siguió a otro también poco conocido: en febrero de 1822 San Martín intenteó reunirse por primera vez con Bolívar en Guayaquil. Partió el 6 de ese mes en la goleta Moctezuma, pero Bolívar cambió de itinerario para abrir su campaña sobre Pasto y el encuentro se frustró antes de concretarse.
San Martín debió regresar a Lima desde Huanchaco sin haber podido conversar con su par colombiano. La ausencia de ambos líderes generó un vacío de mando peligroso: su reemplazante, Torre Tagle, llegó a ordenar el retiro de la división de Santa Cruz -sí, la que había cedido a Sucre- desde Ecuador, lo que estuvo a punto de derivar en un conflicto abierto entre Perú y la Gran Colombia.

Sobre las razones de fondo de esa frustración circulan diversas conjeturas. Algunos autores sugieren que Bolívar priorizó objetivos militares urgentes en el terreno; otros creen que ya evitaba deliberadamente encontrarse con San Martín antes de resolver, con hechos consumados, el destino político de Guayaquil.
Recién en julio de 1822, tras la victoria patriota en Pichincha y la ocupación de Quito, las condiciones cambiaron. Bolívar entró a Guayaquil el 11 de julio con unos 2000 hombres, desplazó al gobierno local -algunos historiadores hablan de golpe de estado- y proclamó la incorporación de esa ciudad a Colombia, adelantándose a cualquier reclamo peruano.
San Martín llegó el 26 de julio en la goleta Macedonia, ya con la ciudad bajo control colombiano. Bolívar lo recibió con una frase elocuente, “suelo colombiano te recibe”, que dejaba zanjada de entrada la cuestión de la soberanía sobre el puerto, tema que San Martín evitó discutir abiertamente.
Contra lo que suele repetirse, no hubo una única reunión sino tres entrevistas entre ambos líderes, documentadas por el propio Bolívar en un informe reservado enviado el 29 de julio de 1822 al secretario de Relaciones Exteriores de Colombia. La primera se extendió una hora y media; la segunda, cerca de cuatro horas.

En esos encuentros a solas y sin testigos se trataron, según ese informe, seis puntos centrales: el futuro de Guayaquil, la forma de gobierno de las nuevas repúblicas, la posible federación americana y cómo terminar la guerra. San Martín llegó a plantear coronar un príncipe europeo en el Perú, idea que Bolívar rechazó de plano.
También se discutió quién comandaría el ejército libertador unificado. San Martín ofreció servir bajo las órdenes de Bolívar, pero este respondió que jamás podría tener como subordinado a un general de su misma jerarquía, dejando en evidencia que no existía margen real para un mando compartido.
La tercera conversación tuvo lugar durante un banquete la noche del 27 de julio, en el que Bolívar brindó por los dos hombres más grandes de Sudamérica. San Martín, tras ese brindis, se retiró discretamente hacia el muelle y zarpó de regreso al Perú, dejando en sus manos buena parte de su ejército.
De ese encuentro, cuyo contenido íntimo nunca fue revelado por ninguno de los dos protagonistas, San Martín salió cediendo a Bolívar la iniciativa y la conclusión de la campaña libertadora. Semanas más tarde, el 20 de septiembre de 1822, renunció al Protectorado del Perú y se retiró de la vida pública.

El primero, pero no el único
El episodio del Numancia puede leerse como el primer cortocircuito entre ambos porque muestra que, ya en 1821-22, San Martín priorizaba sus necesidades militares en el Perú por sobre los pedidos de auxilio que llegaban desde Quito. Esa negativa generó fricciones de mando concretas con Sucre y sembró una desconfianza que probablemente pesó sobre la mesa secreta de Guayaquil.
No fue el único roce, pero sí el primero de una serie de tensiones político-militares entre los dos libertadores, no tanto por enemistad personal sino porque empezaban a asomar diferencias de fondo. San Martín consideraba que la campaña del Perú era decisiva para sellar la independencia sudamericana, incluso a costa de demorar auxilios a otros frentes.
Bolívar, en cambio, entendía que la campaña de Quito requería movilizar todos los recursos disponibles y esperaba de Lima una cooperación mayor a la que finalmente recibió, algo que explica en parte su insistencia por el Numancia. A eso se sumaba la disputa por Guayaquil, cuyo destino político enfrentaba abiertamente los intereses peruanos y los de la Gran Colombia.
















