Logros, peleas y aspectos desconocidos de Arturo Illia, a 40 años de su muerte

Un día como hoy, hace cuarenta años, falleció Arturo Illia. Fue en el verano de 1983, cuando la última dictadura estaba en retirada y los candidatos fluían del pavimento. El médico ferroviario de Pergamino que se había afincado en Cruz del Eje partió a los 82 años.

Las necrológicas hablaron de su vida austera, honesta y ejemplar, poco dijeron de su gobierno, menos aún de su gestión económica. Subyacía una dosis de culpa en la intelectualidad porteña que lo había mirado por encima del hombro cuando desembarcó en Buenos Aires. El dream team del periodismo argentino estaba en la redacción del semanario Primera Plana, donde la solitaria voz de Osiris Troiani defendió su administración ante la mofa generalizada. La temprana muerte de su esposa, el neocorporativismo del Onganiato y la tragedia de la violencia setentista fueron duro escarmiento para aquel desprecio, casi corporativo, de la prensa centralista.

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A pesar de la ausencia en el cuarto oscuro de dos hombres fuertes, Juan Perón y Arturo Frondizi, Illia llegó a la Rosada con uno de cada tres votos positivos en comicios donde participaron casi diez millones de empadronados. En el Colegio Electoral, tuvo el 56 por ciento de los votos, porque a los propios sumó los apoyos de conservadores, democristianos, neoperonistas, y socialistas. La orden de Perón desde la España franquista arañó 1,9 millón de votos en blanco. Varios desoyeron el mandato de Madrid: Deolindo Felipe Bittel ganó la gobernación chaqueña con Unión Popular; Felipe Sapag arrasó con el MPN en Neuquén; y Ricardo Durand, con el Movimiento Popular Salteño volvió al gobierno tras haber sido derrocado en 1955.

Mientras en Estados Unidos, el presidente John F. Kennedy envió a las fuerzas federales para que pudieran garantizar el ingreso del primer joven afrodescendiente a la Universidad de Misisipi; aquí, el presupuesto educativo superaba por primera vez, el 25 por ciento. Si, uno de cada cuatro pesos iban para cultura y educación. Por eso, multiplicó por nueve la inversión edilicia escolar e instaló 1500 comedores a lo largo de todo el país.

La inflación bajó año a año. Asumió con el 17,8 por ciento anual en 1963, la bajó a 14 en 1964, y en 1965 la volvió a bajar al 10,2. Había asumido en medio de un proceso recesivo y lo revirtió rápidamente.

Cumplió uno de sus principales compromisos electorales cuando anuló los contratos petroleros del ex presidente Frondizi. El primer encuentro con el embajador estadounidense fue lo suficientemente malo como para cambiar el interlocutor. Kennedy envió a William Averell Harriman, quien se llevó el compromiso de la indemnización para las empresas estadounidenses, después de una charla personal con el presidente.

Illia abrió el mercado comercial con la República Popular China. "Un presidente que tuvo la valentía, para esa época, de iniciar las exportaciones de trigo a China comunista, cuando no existían relaciones diplomáticas ni consulares con ese país. Ni siquiera las tenía Estados Unidos", escribió Tomás Eloy Martínez, años después.

En 1964 y 1965, la producción de cereales alcanzó niveles récord. La inversión en maquinarias y equipos aumentó cerca del 20 por ciento. La cosecha de trigo llegó en 1964 a los 7,6 millones de toneladas, un aumento del 53 por ciento anual. Las grandes exportadoras quisieron duplicar su comisión; desde el Ejecutivo quisieron imponer el precio de 8 pesos por quintal, la oferta no superó los 5,5 pesos. Frente al evidente desfasaje, intervino el Estado. Su nieto, Galo, narró en redes que "cuando lo ‘toreaban' con que le había vendido trigo a un país comunista, despacito retrucaba: Pagan mejor que los capitalistas'".

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El Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, la secretaría de Comercio Exterior, y la Junta Nacional de Granos afilaron el lápiz, hicieron llamadas, enviaron telegramas, y acordaron el traslado vía los propios buques chinos. En definitiva, ante la defección del sector privado que eligió no abrir un mercado (si, el mercado chino), los hombres de la administración pública avanzaron. Mientras, el establishment lo criticó; el comercio exterior con China creció de los primeros 3 millones de dólares que abrieron la relación, a 89 millones en 1966. El avance fue tan grande que en febrero de 1972 se abrió una sede diplomática en Pekín.

En paralelo, abonó la relación con la Unión Soviética, sin temores. Una misión comercial viajó a Moscú con funcionarios de primera línea. Esa tarea permitió colocar algunos excedentes, como aceite, maíz, y trigo. En el maíz, las exportaciones argentinas alcanzaron la marca récord de los últimos 25 años. La compra alcanzó los 2,1 millones toneladas de trigo en 1965, hecho que no fue omitido ni por la tapa del diario ligado al desarrollismo. Había allí un nuevo mercado. "Illia era un progresista a los ojos de los comunistas", escribió años después, el exjefe de la agencia de noticias TASS, Isidoro Gilbert, en "El oro de Moscú".

Fueron años eclipsados por un clan televisivo, el de La familia Falcón, con el protagónico del ex boxeador y medallista olímpico, Pedro Quartucci. Fueron también días en que recuperaron su trabajo, artistas prohibidos en la década peronista. Un caso paradigmático fue el de Francisco Petrone, acusado de comunista debió partir a México. La gestión radical lo llamó para dirigir canal 7, allí pateó el tablero con ciclos de ficción y de teatro contemporáneo nunca antes vistos. En 1965, el verano coscoíno cayó rendido ante una joven tucumana, Mercedes Sosa. Fue el ya consagrado Jorge Cafrune, quien a espaldas de la organización, la hizo subir al escenario, le abrió el micrófono e hizo estallar la quinta edición. Crónica de un niño solo se estrenó en mayo de 1965 y constituyó el primer hito de la filmografía de Leonardo Favio.

Pero en el campo, los hombres nucleados en la Comisión Coordinadora de Entidades Agropecuarias vieron en Illia a un enemigo. En diciembre de 1964, el Congreso aprobó (66 a 64 en Diputados), aplicar un gravamen del cinco por ciento a la producción que se aplicaría sobre la venta de cereales, oleaginosas, lanas, y semillas. El presidente, cáustico en su discurso, caracterizó a la entente como "los señores del roast-beef" o "los economistas unilaterales". Mientras, los números del sector agropecuario también fueron positivos: 7 por ciento en 1964, y del 6 en 1965.

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Si bien promulgó la ley del salario mínimo, vital y móvil, redujo la tasa de desempleo, que se ubicó en el 4,4 por ciento en 1965, y aumentó la participación de los trabajadores en el ingreso del 36,5 por ciento en 1963 al 41,4 por ciento en 1965, el sindicalismo fue uno de sus grandes enemigos. Centenares de paros, tomas, y movilizaciones contra la gestión de la UCRP fueron el amargo menú del vandorismo, amo y señor de la CGT y del neoperonismo que solo tuvo ojos para los guiños del general Juan Carlos Onganía.

Distó mucho de ser el abuelo de Heidi que algunos quisieron crear. Fumador empedernido, de complejo y enérgico carácter, había conocido la Alemania e Italia del despertar nazi-fascista en un viaje que hizo tras recibirse de médico. "Muchachos, ni un peso para publicidad. Ocúpense de la prensa y que se anuncien los logros cuando el que los disfrute lo promueva", contaron alguna vez sus colaboradores que les dijo ni bien pisaron la Casa Rosada. El reducido equipo encabezado por Milo Gibaja debió repechar la cuesta sin un peso. Era algo conceptual, de oposición extrema que trascendió a la mera austeridad.

No tomó préstamo alguno en sus 990 días de gobierno y redujo la deuda externa de 2100 millones de dólares a 1700 millones, gracias al saldo favorable de la balanza comercial. Mientras tanto, tuvo crecimiento anual del PBI, 10,3 por ciento en 1964, 9,1 por ciento en 1965, y 4,7 por ciento en los meses que gobernó de 1966. La industria creció 19 por ciento en 1964, y 13,8 en 1965.

"Lo que hace falta es aplicar la Constitución, nada más. No hay que pensar en magias ni en milagros. El único milagro posible en nuestro país, después de tanto tiempo, es que se cumpla la ley", dijo Illia en el último reportaje que brindó.

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