CAPUTO VS SAADI

Entre gritos y "nubes de Úbeda", cómo fue el primer debate televisivo de la democracia

Esta semana se cumplió un nuevo aniversario del primer debate político televisivo de la naciente democracia. Fue en los días previos a la consulta popular no vinculante que cerró el diferendo limítrofe por el Beagle con Chile.

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Esta semana se cumplió un nuevo aniversario del primer debate político televisivo de la naciente democracia. Fue en los días previos a la consulta popular no vinculante que cerró el diferendo limítrofe por el Beagle con Chile.

La férrea decisión del presidente Raúl Alfonsín impulsó la idea de ponerle fin de inmediato a una disputa territorial que había puesto en peligro la convivencia de chilenos y argentinos a fines de los '70. "Me estoy probando los pantaloncitos para bañarme en el Pacífico", fue una de las bravuconadas que había acuñado Luciano Benjamín Menéndez en los días de la tentación belicista.

Una época de consensos transversales para aplicar las reformas económicas

En los estudios de canal 13, en el porteño barrio de Constitución, el canciller Dante Caputo, y el titular del bloque del peronismo en el Senado, el catamarqueño, Vicente Leónides Saadi (de pasado yrigoyenista, aunque usted no lo crea), llevaron adelante sus argumentos bajo la atenta mirada de Bernardo Neustadt, conductor de Tiempo Nuevo y moderador consensuado por las partes.

Fue la noche del viernes 15 de noviembre de 1984 a partir de las 21, 10 días antes que se llevara a cabo la elección con el objetivo de aprobar el "Tratado de paz y amistad", propuesto bajo el Laudo Arbitral del Papa Juan Pablo II. ATC sumó el debate a su programación. Dos canales lo emitieron a la vez.

El ministro era uno de los hombres con los que la flamante democracia había pateado el avispero. Juró con 40 años recién cumplidos, politólogo -rara avis por aquellos años-, había estudiado en EE.UU. y Francia. "Mazorca, mazorca, Caputo a la horca", era uno de los hit singles de la derecha vernácula. En el Palacio San Martín, la desconfianza se alimentaba aún más, no era "hombre de la carrera"

La suerte quiso que el imitador estrella de aquella etapa de la TV, Mario Sapag, lo eligiera como uno de sus caballitos de batalla. La popularidad de Caputo se disparó, y la revista Humor llegó a regalar la "Capureta" de carnaval.

Enfrente, Saadi cargaba con más de 70 años, la propiedad del flamante diario La Voz, un hijo gobernador, y su rara estirpe de front man que daba cobijo a lo que quedaba de la organización Montoneros y de la Tendencia Revolucionaria, bajo el sello partidario interno Intransigencia y Movilización Peronista. Llamaba a abstenerse o a votar por el "no".

Sobrio, el canciller apeló a lo que mejor sabía hacer, tono académico, respeto a los tiempos impuestos y permanentemente mirada a la cámara. Tomó mapas, carpetas, citó textos. ¿Alardeó? Probablemente, sí. Estaba en su juego y lo jugaba muy bien. Tenía la ventaja de tener el "sí" de su lado; allí el mix era: la buena imagen de Alfonsín, la paz, y una respuesta antibélica a la dictadura trasandina.

Raúl Alfonsín impulsó la idea de ponerle fin de inmediato a la disputa territorial.

"¿Por qué será? Los fachos quieren guerra. ¿Por qué será? Que no quieren la paz. Será que son amigos de Videla, de Massera, de Menéndez y de Camps...", cantaban los jóvenes entusiastas con el ritmo de Alberto Cortez en "Castillos en el aire". Una bocanada de aire fresco para un gobierno que no le encontraba solución a la tragedia inflacionaria heredada.

Enfrente, el peronismo aún no había podido desandar la madeja de culpabilidades de la inesperada derrota de octubre de 1983. Saadi era uno de los sobrevivientes, pelo engominado, tono de voz aguda, gritos e interrupciones. Excedido en los tiempos pautados, leyó muchas de sus posiciones sin alzar la mirada detrás de los marcos gruesos de unos anteojos que no lo favorecían. Acusó al canciller de "traidor a la patria" y acuñó dos frases que signaron su vida política: "las nubes de Úbeda" y "basta de cháchara". Ambas transformaron al catamarqueño en la comidilla de la militancia promedio de esos días.

Frente a la andanada, Caputo devolvió satíricamente la estocada con una impiadosa afirmación: "Saadi es el mejor abogado de la Cancillería". Las carcajadas se generalizaron en el estudio. Detrás de cámara, lo acompañaban -entre otros- el periodista y presidente del bloque oficialista en la Cámara baja, César Jaroslavsky; el publicista y asesor presidencial, David Ratto; el vocero presidencial, José Ignacio López; y una mujer de carrera, Susana Ruiz Cerutti.

Dos horas y media duró el debate, que no solo enfrentó posiciones. Esa noche de primavera quedó claro que había dos países, uno que venía con la paz en la frente y el pelo suelto; otro que se iba a los gritos. No era solo cuestión de edad, algo estaba roto entre ese peronismo y la sociedad que estaba sedienta de democracia. Igual, en el país de esa mayoría democrática al opositor se lo escuchaba y se le abría el micrófono. Algo había cambiado y eso se respiraba en el aire.

El "sí" nucleó no solo a los radicales, sino que a la gran mayoría de las organizaciones políticas, y a muchas fuerzas latinoamericanas que sumaron su voz en favor de la paz, en el marco de los procesos de recuperación democrática que se estaban dando en la región. El cierre en Vélez fue multitudinario y Alfonsín, personalmente, cerró promediando la noche.

Mientras tanto, el secretario del Consejo Nacional del PJ y diputado nacional, Rodolfo Fito Ponce (ex jefe de la Triple A en Bahía Blanca), amenazaba a los díscolos del peronismo que optaban por acompañar la propuesta papal. El gobernador Carlos Menem, el intendente Eduardo Duhalde, el diputado Julio Bárbaro, el historiador Fermín Chavez, y los gremialistas Víctor de Gennaro (ATE), Roberto Digón (Tabaco) y José Rodríguez (SMATA), fueron algunos de los que decidieron oponerse a la decisión orgánica. 

El ministro era uno de los hombres con los que la flamante democracia había pateado el avispero.

Había un peronismo que quería vivir la transición y construir su propio futuro. Los dos primeros pasaron por ventanilla en la primera renovación presidencial y eclipsaron la vida política por veinte años. Probablemente, no se trató de un dato azaroso.

Más allá del evidente choque de estilos, la democracia naciente pagaba así una de las deudas que tenía con la sociedad: el debate político en TV. El amplio triunfo sumado a la masividad en la participación del domingo 25 ratificó el camino propuesto por el gobierno

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