La saga del vago: un gerente primerizo y las claves para cuando te ascienden

-Dos de jamón y queso y una de carne. Más una coca light.

"¿Empanadas con coca light?", lo torearon un par de veces. Y Marcos siempre respondía con una mirada casi asesina.

Su menú fue, es y será siempre el mismo. Baja a la misma hora: 12:30, un poco antes que las hordas, compra la comida y se la lleva a su escritorio para deglutirla mientras mira algún informe o planilla.

Desde que empezó a trabajar, se sintió orgulloso de su capacidad sobrehumana para encontrar errores. "Yo no hago nada, simplemente miro fijo la hoja o la pantalla y, sin hacer foco, ellos me llaman, me dicen ‘Marcos, acá estoy, corregime'. Y, efectivamente, ahí están". Los de ortografía eran fáciles, "cualquiera con dos dedos de frente los encuentra". El desafío eran los de alineamiento y espaciado (recordaba con mucho cariño ese día que dijo "entre esas dos palabras del título hay dos espacios en lugar de uno") y las planillas e informes. Como si conectara con la Matrix, veía un Excel y se poseía.

Siempre ofrecía ayuda a sus pares, "Pasámelo, que le doy una mirada así sale bien de entrada", repetía una y otra vez, con aparente generosidad. Sin embargo, quien le pasaba los informes para revisar era su jefe porque sus pares nunca quisieron usar esa ayuda que él ofrecía desinteresadamente.

La saga del vago: el liderazgo de Marie Kondo

Si una y otra vez ofrecemos una ayuda que nadie quiere, ¿estamos realmente siendo generosos?

Después de varios años de un dudoso agregado de valor, su jefe lo había sorprendido: "Estás para más. A partir del mes que viene, serás el gerente del equipo. Te deseo mucha suerte."

Algunos creen que el paso del tiempo es suficiente para crecer.

Marcos nunca había pensado que necesitaría suerte. Era muy bueno en lo que hacía y eso lo había hecho ascender. Seguiría siendo bueno, ahora con un equipo a cargo.

FAST FORWARD >>

Solo tres meses después, Marcos estaba a punto de ser despedido.

Tras muchas advertencias -que literalmente desoyó-, aceptó tener una reunión periódica con el coach in-house. Le parecía tan inútil como el psicólogo. De hecho, no creía que su jefe no estuviera contento: Marcos seguía haciendo lo mismo que había hecho durante años, pero ahora que era gerente se quedaba más horas en el trabajo. Encontraba errores y los marcaba, una y otra vez. Cada día que pasaba sentía que acumulaba éxitos y se volvía cada vez más imprescindible, pero no parecía suficiente. Quizás tendría que trabajar más, quedarse aún más horas...

Cuando otro espera un cambio, dar más de lo mismo es insultarlo.

Tal vez fue esa estupidez de la encuesta de clima o aquella injusta denuncia por maltrato, o quizás las cuatro o cinco personas (no recordaba bien) que echó por equivocarse tantas veces. Finalmente, justo cuando el coach entró a su oficina Marcos estaba revisando una planilla muy compleja. Pensó que era el peor momento posible para recibirlo, sin darse cuenta de que todos sus momentos eran idénticos.

Después de dejarlo esperando parado unos diez minutos -era urgente revisar la planilla- lo invitó a sentarse.

-¿Podrías correr el monitor a un costado? -le pidió el coach.

¡Qué pesado!, pensó Marcos y en un microsegundo de duda decidió moverlo. No quería perder el tiempo discutiendo. Ahora podían mirarse a los ojos.

-Tu jefe va a echarte si no cambiás, ¿es así?

-No lo creo.

-Bien. Entonces, agendá -y avisame- cuando sí lo creas, ¿te parece?

El coach se levantó con decisión, como si su único objetivo hubiera sido que moviera el monitor, y tomó el picaporte para abrir la puerta.

-Esperá esperá esperá. Supongamos que es así, que me quiere echar -Marcos pareció despertarse de pronto.

Cambiamos cuando la presión por hacerlo supera a la resistencia.

-¿Cómo hago para explicarle que está equivocado? -Marcos había decidido que no dejaría ir al coach tan fácilmente, por si acaso.

-¿Está equivocado?

Parecía un ping pong, el coach rebotaba todo con una pregunta. Marcos siguió el diálogo hasta que no aguantó más.

-¿Por qué no me decís qué tengo que hacer y lo hago?

-Porque para liderar a los demás primero tenemos que liderar nuestra ansiedad.

Un líder ansioso más que líder es un jefe.

A medida que crecemos en la organización, nuestra conducta cambia: tenemos más poder pero lo usamos menos. De hecho, trabajamos menos: en lugar de hacer, hacemos hacer. Eso nos vuelve más potentes, nos multiplica. Nos permite formar líderes mejores que nosotros. Nos abre la puerta a lograr muchas más cosas. Es genial. Pero tiene un precio.

-¿Marcos, conocés el dicho "qué querés, tener razón o ser feliz"? En liderazgo también aplica: ¿qué querés, tener razón o ayudar a otros a mejorar?

-No entiendo. ¿Qué hago?

-Ante una promoción -o incluso cuando te contratan- hay tres claves: inflexión, silencio y largo plazo. Un error común es que el día uno de la nueva etapa sea igual al último de la anterior. Para evitar eso siempre recomiendo celebrar (familia, amigos, solo) y cambiar algo concreto: la oficina, los muebles, la agenda, la ropa... cualquier cosa sostenible en el tiempo. En segundo lugar, es fundamental callarse la boca y tomar nota, válido tanto para ascensos como para cuando uno es nuevo. Todo lo que se ve en una organización tiene una razón de ser; puede gustarte o no, pero es el resultado de discusiones y decisiones de personas inteligentes o, al menos, de personas que están allí todavía. Alguien nuevo o recién ascendido cambiando todo va a tener mucha resistencia, si no dedica tiempo a entender, preguntar, indagar. Y, por último, claro, poner el foco en el largo plazo: buscar errores es ponerlo en el corto. El buen líder sabe que un día no será más líder de ese equipo y debe formarlo de manera de no ser necesario. Delegar -sobre todo lo que está en nuestra zona de confort- requiere coraje, cariño y paciencia.

Mientras el coach hablaba, Marcos no podía evitar buscar errores en lo que escuchaba: ¿había conjugado bien los habría y hubiera?, ¿haría un queísmo o un dequeísmo primero?, ¿dijo realmente tres claves?

Si nos enfocamos en la forma, difícilmente podamos ver el fondo.

-¿Te animás a hacer solamente preguntas durante un día entero? -preguntó el coach percibiendo que Marcos no había escuchado con interés.

-Sí, me animo. ¿Me vas a ayudar?

-Solo si dejás el monitor al costado siempre.

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