ANÁLISIS

La obsesión por el dólar y la necesidad de hacer algo distinto

La obsesión con el dólar no para y la cotización tampoco. El problema no son los especuladores, el gran problema es que el Banco Central día a día, mes a mes pierde dólares y no hay una estrategia para revertir la situación. La cronoterapia no funciona y parece que rezar por un milagro para que lluevan dólares tampoco.

Hay una famosa frase de Albert Einstein que dice que es una locura hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. El gobierno viene insistiendo en que no hay un problema cambiario, que no hace falta hacer nada diferente con el tipo de cambio y que por lo tanto no hay razones para que las reservas bajen. Sin embargo, lo que vemos que las reservas están cada vez más bajas y que siguen cayendo. Tal vez llegó el momento de hacer algo distinto.

Silvina Batakis tomó el timón de la economía en un momento crítico, con por lo menos tres frentes muy complicados. El principal y más difícil es el de las reservas internacionales. El segundo es el déficit fiscal, en el Guzmán deja una herencia muy pesada y sin acceso a financiamiento, porque hubo una corrida sobre los bonos con CER. Y el tercero es la inflación, que lejos de bajarla deja una tasa para julio que va a ser la más alta en lo que va del año.

Con las reserves internacionales el gobierno ha probado de todo, desde un cepo muy duro, a poner diferentes impuestos a dólares solidarios o imponer un plazo de seis meses para el pago de algunas importaciones. Nada ha funcionado en este frente, en gran parte porque el diagnóstico es equivocado, y porque las soluciones propuestas no son las adecuadas o se implementan tarde.

El Gobierno insiste en que no hay atraso cambiario. Para eso calcula el tipo de cambio real (o sea el tipo de cambio ajustado por inflación), que es una forma de medir si el país es caro o barato en dólares, y lo compara contra el promedio de las últimas décadas. Además, mira que el nivel de exportaciones está hoy a niveles récord, y que hay un superávit comercial.

Puede ser que el tipo de cambio real no tenga el nivel de atraso cambiario que hubo en los peores momentos como antes de la salida de la convertibilidad, o el final del gobierno de Cristina Kirchner en 2015, pero ciertamente hay un problema que nace como resultado de que la devaluación viene corriendo de atrás a la inflación. El año pasado se devaluó aproximadamente 20% cuando la inflación fue del 51% y este año nuevamente la viene corriendo de atrás.

De cualquier manera, evaluar si un tipo de cambio está en equilibrio es más un arte que una ciencia. El tipo de cambio de equilibrio es un concepto teórico que sólo tiene sentido analizarlo en el largo plazo. En el corto, si la coyuntura es compleja un país puede necesitar un tipo de cambio mucho más alto que el teórico de equilibrio y si es más benigna uno mucho menor.

Lo que no siempre se entiende es que el tipo de cambio tiene un doble rol en la economía. Por un lado, es el "precio" que equilibra la cuenta corriente del balance de pagos, que es el balance comercial de bienes y servicios (que sí depende de si el país es caro o barato en dólares) más los pagos de intereses. Pero por el otro también tiene que equilibrar los flujos de capitales que entran o salen del país. El núcleo del problema es que el tipo de cambio que equilibra cada uno de esos mercados no necesariamente es el mismo, y en la Argentina de hoy son muy diferentes.

El dólar que se necesita para equilibrar el comercio de bienes y servicios hoy es mucho menor que el que requiere los movimientos de capitales.

El dólar financiero está alto porque no hay confianza en una economía que no tiene reservas, en la que la deuda tiene rendimientos estrafalarios a pesar de que se cumplen con todos los pagos de los bonos, en la que hay temores (posiblemente infundados) sobre un posible reperfilamiento de los bonos en pesos, en la que la inflación sube mes a mes, y en la que los ahorros en pesos rinden mucho menos la inflación. Lo problemático es que se generó una psicosis y una desconfianza que lleva a que los dólares paralelos han llegado a niveles que parecen excesivamente altos, aunque no se puede descartar que hayan tocado un techo.

En la Argentina la solución que se encontró históricamente para lidiar con esta dicotomía fue adoptar dos tipos de cambio (tipo de cambios duales). Por un lado, tenemos el dólar oficial que es principalmente para exportaciones e importaciones y muy pocas transacciones de capital (un dólar comercial), y por otro lado el contado con liqui que se usa para atesoramiento y movimientos de capitales (un dólar financiero), que muchos casos incluyen un dólar turista.

Pero esta potencial solución sólo es sostenible en el tiempo si la brecha no supera el 20 o el 30 por ciento, mucho mayor que la actual. Una brecha del 100% como la actual invita a cualquier empresa o individuos a utilizar todos los artilugios posibles para comprar dólares al tipo de cambio oficial y venderlos a los tipos de cambios paralelos. Esto pasa en cualquier país que tenga una brecha cambiaria de esta magnitud, y sin bajarla significativamente va a ser imposible acumular reservas internacionales.

El objetivo de política económica debería ser bajar esa brecha, mejorar el tipo de cambio real y empezar a recomponer reservas. Lo que sorprende es que no se esté implementando un plan integral para bajarla, que incluya una reducción importante del déficit fiscal, una suba significativa en la tasa de interés tal vez un realineamiento del dólar oficial, y hacer todos los esfuerzos necesarios para cumplir el programa con el FMI. Y todo esto hay que hacerlo contra reloj porque el riesgo es inminente.

Pero para que esto pueda funcionar va a ser indispensable un apoyo político. La ministra Batakis está empujando una reducción del déficit fiscal, disminución del gasto público y llegar a tasas de interés reales positivas. No está claro que lo haga la velocidad que requieren las circunstancias. Pero el problema que tiene es que no ha llegado un mensaje claro de todos los sectores de la coalición de gobierno de que apoyan ese programa. Sin ese apoyo cualquier plan va a estar destinado al fracaso.

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