ANÁLISIS

La moderación debiera ser casi una exigencia electoral

Esta semana se terminan de definir las listas para las elecciones de medio término, un nuevo hito para pensar el futuro argentino. El resultado electoral muy probablemente derive en tensiones independientemente de quién logre ocupar la mayor cantidad de escaños en juego. Una victoria del oficialismo puede generar nuevas turbulencias financieras. Una victoria de la oposición se puede traducir en inestabilidad política que se trasladará a niveles de inflación más elevados. Nadie gana. La salida existe sólo en la moderación política.

Veamos. En caso de que se imponga la oposición, el optimismo financiero es previsible. No es novedad que los mercados, salvando eventos muy puntuales, castigan al peronismo cuando es gobierno y premian las victorias de la oposición; desde 2013 hasta las primarias de 2019 este comportamiento ha sido invariable. Este apoyose suele traducir en mejores precios de activos financieros (acciones, bonos, etcétera) y podría incluso aliviar tensiones en el frente cambiario. Se trata de un optimismo efímero.

Un gobierno debilitado tiene pocos incentivos a encarar los ajustes necesarios para comenzar a ordenar la macro. Dos años es demasiado tiempo para una economía sin rumbo. El sindicalismo también jugará sus cartas. Los gremios suelen alinearse con la fuerza política que considera ostentará el poder sin mucho miramiento, como también ocurrió luego de las elecciones intermedias de 2013. De perder la capacidad de acuerdo, el oficialismo se expone a no poder moderar las paritarias en un contexto de 50% de inflación, lo que dificulta controlar la nominalidad. En este escenario podría implementar un programa similar al observado entre 2014-2015 cuyos resultados son bastante previsibles: a) un Banco Central que no acumula reservas (o las pierde); b) se profundiza el control de las importaciones: c) se incrementan las restricciones financieras; d) se apela al subsidio tarifario como ancla; y e) se intensifican los controles de precios. En suma, se trata de una economía que no genera incentivos a la inversión y se estanca en este nivel deprimido de actividad. Tal vez las únicas ventajas respecto de la comparación con el período mencionado es un nivel de reservas más alto, que la hoja de balance del Banco Central está más limpia (no hay posición vendida en el mercado de futuros) y tanto el tipo de cambio como los términos de intercambios son elevados.

Una victoria del oficialismo, en cambio, plantea el desafío de domar el escepticismo. En particular, inversores que podrían anticipar un nuevo ciclo largo desprendiéndose de activos argentinos. En la práctica significa salir a través de un mercado que a partir de la nueva normativa de la CNV se encuentra crecientemente segmentado entre las operaciones de "manos grandes" que se cursan a través del Senebi y "las minoristas a través del PPT". En este último segmento, de menor volumen, el Banco Central interviene marcando precio, ahora con menor necesidad de reservas. En otros términos, hay un nuevo dólar libre "cuidado" para operaciones minoristas, que le permite ahorrar municiones en moneda extranjera al BCRA. Un gobierno que se ve con chances de reelegir en 2023 debería tener incentivos para ordenar la macro, pero la inestabilidad llegaría desde el frente financiero por aumento de las expectativas de devaluación.

La tensión financiera que se traducen en presión sobre la brecha también afecta la capacidad de acumulación de reservas y fundamentalmente la dinámica inflacionaria. El gobierno tiene muy en claro que con 50% de inflación no hay espacio para un nuevo salto devaluatorio. Atrasar el tipo de cambio puede ser el parche de corto plazo para domar las expectativas pero no es consistente con un programa de estabilización de mediano y largo plazo. Desde el punto de vista político, aún con una victoria, comenzará a desatarse la interna respecto de la conveniencia del ajuste en el marco de la negociación con el FMI.

En síntesis, una victoria de la oposición puede derivar en optimismo financiero sin anclaje en un programa de estabilización. Por el contrario, una victoria del oficialismo aumenta los incentivos del gobierno para enderezar el rumbo en un contexto de tensión financiera.

No hay un camino exento de desafíos mayúsculos. Una posición radical de la oposición con la intención de horadar al oficialismo puede ser un búmeran que vuelva con una economía mucho más castigada, más difícil de levantar y sin espacio para un shock de endeudamiento que mitigue la carga del ajuste al estilo 2016. Desde este punto de vista, la moderación debiera ser casi una exigencia electoral. El FMI, en el marco de un acuerdo que habrá que cumplir, tal vez sea la excusa necesaria para llevar las posiciones al centro. Pero está claro que ningún plan económico puede allanar el camino al crecimiento si no cuenta con un fuerte apoyo político, sindical, empresarial y social. Este escenario todavía luce lejano.

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