Opinión

Jaque al peso

Finalmente, en febrero la inflación habría llegado al 100% anual, tasa que no se alcanzaba desde 1991, cuando la hiperinflación empezaba a quedar atrás. Por el contrario, hoy es uno de los fantasmas que reaparece, principalmente si llegara a fracasar el plan de estabilización que, más tarde que temprano, habrá que aplicar. No es un destino inexorable. Por caso, antes del estallido de la hiper de 1989, la tasa de inflación se mantuvo en tasas superiores al 100% anual casi de forma ininterrumpida por 14 años. El desafío para el actual y próximo gobierno es desarmar los desequilibrios macroeconómicos sin que estalle ninguna bomba. ¿Es posible?

Lo primero es no repetir los errores del pasado. Dejando de lado las distintas circunstancias y niveles de responsabilidad, en los últimos dos gobiernos la tasa de inflación se duplicó. Eso no implica que se haya hecho todo mal y que debamos abrazar soluciones cortoplacistas -en algunos casos insostenibles socialmente- para contener el aumento de precios. Por caso, desde algunos sectores de la oposición volvió como un mantra la dolarización, dejando de lado todas las enseñanzas que nos dejó la convertibilidad: efectiva para desarmar la hiperinflación, pero también el entramado productivo y los lazos sociales, consecuencias negativas que aún padecemos. Este tipo de argumentos encuentra su fortaleza en la rápida aceptación de una parte de la población que no tiene por qué conocer las dificultades técnicas de su implementación, ni tampoco sus consecuencias. ¿Quién no quisiera ganar en dólares?

Al mismo tiempo, tanto desde la oposición como el oficialismo surgen voces que apuntan a ideas que también se discutían en los 90, como atar nuestra moneda al Real brasilero. Más allá de lo que señala la teoría económica, respecto a las zonas monetarias óptimas, la decisión finalmente está más relacionada con la geopolítica que con las complementariedades productivas. En esa lógica, si el propio Mercosur no termina de cumplir las expectativas de ninguno de sus socios y nuestro país vecino atraviesa desde hace años fuertes crisis institucionales, parece lejano el sueño de una moneda común. Otra discusión podría darse sobre los acuerdos regionales de pagos, que básicamente implican la compensación de monedas entre bancos centrales. La profundización de estos acuerdos sería un buen camino a seguir. Sobre esto discutieron los equipos técnicos brasileros y argentinos recientemente, según trascendió en la prensa.

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Si dejamos de lado ideas excéntricas, que ya se probaron y fracasaron en nuestro país, concluimos que el camino más fructífero es el de recuperar nuestra moneda. Mover las piezas a tiempo para evitar el jaque mate al peso. En ese sentido, bienvenido sea que el oficialismo haya decidido, finalmente, convalidar tasas de interés reales positivas. Entre fines de julio y mediados de septiembre últimos, la tasa de política monetaria aumento en 2.300 puntos básicos, un salto importante que la ubicó por encima del guarismo que tenía en diciembre del 2019. Es condición necesaria para tener una macroeconomía más estable que el peso recupere su cualidad de reserva de valor. Ahorrar en pesos tiene que ser fácil y rentable. Un atributo que comenzó a perder principalmente en los 70 debido a las repetidas crisis cambiarias, un régimen de alta inflación y la liberalización del mercado de cambios. En resumen, producto de shocks externos y errores y decisiones deliberadas de la política económica local.

El reemplazo del dólar por el peso como moneda de ahorro configuró la base de una economía bimonetaria, que se profundiza día a día. A la dolarización de algunos mercados de bienes durables, históricamente el inmobiliario y más recientemente el automotriz, se suma ahora el de servicios. Un fenómeno que crece a medida que la inflación se estaciona nuevamente más cerca del 6% mensual.

Los pilares para recuperar la moneda son claros, entre otros: finanzas públicas ordenadas, tasas de interés reales positivas y un esquema cambiario que garantice la acumulación de reservas internacionales para contener saltos abruptos en el tipo de cambio. Pero insuficientes si no logran sostenerse el tiempo. Entre otras cosas porque es muy complejo compatibilizar ese camino largo y espinoso con los tiempos y necesidades de una sociedad con casi 40% de pobreza, y una clase media que apenas en los últimos dos años dejó de perder poder adquisitivo. La brecha entre los tiempos de vida individuales y los de los procesos de cambio estructural de la economía es aún más compleja que la cambiaria.

Ante ese escenario se explica porqué proliferan y suman adhesión los vendedores de fantasías económicas: desde los que prometen rápidos ingresos en dólares en las redes sociales, hasta los que resuelven todos los problemas de nuestra economía con recetas exóticas, como eliminar el banco central y dolarizar.

Por eso es necesario el pragmatismo entre quienes apostamos por reconstruir las instituciones económicas, como el peso, y no eliminarlas. Tenemos que generar consensos y no profundizar los desacuerdos para poder aprovechar rápidamente las oportunidades que nos brinda un mundo cambiante, que demanda nuestros recursos y capacidades. Si el horizonte de mejoras es lejano, difícilmente la sociedad acompañe. La falta de resultados ante la inflación pone en jaque al peso pero aún hay salidas hacia adelante.

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