Inflación por las nubes y precios atrasados, el eterno problema argentino que no ve solución en 2022

La inflación arrancó muy mal el año electoral, dejando el peor semestre desde 2016. Peor semestre no solo por los valores agregados, sino, principalmente, por los desequilibrios generados; desequilibrios que complicarán cualquier desaceleración posible para 2022.

En junio, la inflación fue de 3,2%, acumulando 25,4% en la primera mitad del año. De esta forma, alcanzó su mayor registro desde 2016, cuando, devaluación y ajuste de tarifas mediante, había totalizado 26,5% en el primer semestre -según el IPC Ecolatina, ya que no había INDEC en ese entonces-. Con este arranque, la suba de precios casi se duplicó en relación con el mismo período de 2020 (13,6%), a la vez que superó a 2018 y 2019 (16% y 22,4%, respectivamente).

En la primera mitad del 2021, la inflación promedió 3,8% mensual, equivalente a casi 60% anualizado. Ahora bien, según el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central, esta variable cerraría 2021 en 48%. Por lo tanto, se espera una baja de la inflación en el corto plazo, pasando de la zona del 4% mensual a la del 3%. Si bien esto marca un avance en relación con los meses anteriores, está tan lejos de los objetivos oficiales como de ser compatible con el normal funcionamiento de la economía.

Si se cumplieran estas expectativas, el acumulado de 2021 se parecería bastante al de 2018 y 2019. No obstante, más allá de esta semejanza a nivel agregado, habría importantes diferencias a nivel desagregado. Diferencias que vuelven a la inflación actual mucho más compleja y perniciosa que la de la segunda mitad de la gestión Cambiemos.

En 2018, la inflación tenía dos grandes motores directos e inmediatos: el dólar y las tarifas de servicios públicos. Mientras que el primero saltó casi 120% en el año, las segundas treparon 60%. De esta manera, teníamos inflación porque se corregían los precios relativos, permitiendo intuir que la dinámica de mediano plazo mejoraría, dado que las correcciones ya se habrían realizado.

En 2019, la situación fue similar. Luego del salto pos-electoral del tipo de cambio, más explicado por factores políticos que económicos, esta variable le ganó cómodamente su carrera a los precios. Por su parte, las tarifas "reposaron" en las subas de 2016-2018 y quedaron por debajo del nivel general, aunque sin marcar un atraso relevante -en este sentido, sobresale que una de las primeras medidas de la gestión Fernández, incluso antes de la llegada de la pandemia, fue el congelamiento tarifario por 180 días-.

En cambio, en 2021, no hay un solo motor claro y directo de la inflación, sino varios "motorcitos" pequeños y persistentes. La emisión récord del año pasado, la suba de precios internacionales y la mayor cantidad de empresas teniendo que importar con dólares comprados en los mercados paralelos, entre otros factores, explican el arranque agitado. Ahora bien, a contramano de 2018 y 2019, el tipo de cambio oficial subió 10 p.p. menos que el nivel general de precios, en tanto las tarifas de servicios públicos avanzaron solo 12%. En consecuencia, en la actualidad, tenemos una inflación alta mientras los principales precios relativos de la economía se atrasan en lugar de corregirse. Y esto es garantía de mayor inflación futura, especialmente en 2022.

El único dato alentador podría ser que, este año, la caída del poder adquisitivo está siendo menor a la de la segunda mitad de la gestión Cambiemos. Mientras que en 2018 los salarios registrados subieron 17 p.p. menos que los precios, en 2019 la diferencia fue de 10 p.p. Por el contrario, en la primera mitad de 2021 esta cuenta habría quedado empatada, y hasta los ingresos podrían ganar la carrera en la segunda parte del año. Sin embargo, esto es una comparación de tasas: al contrastar los niveles, se verifica que en el primer semestre de 2021 los salarios reales fueron 15% menores a los de 2018. En consecuencia, una caída relativa menor, es verdad, pero también un poder de compra más chico.

En síntesis, la inflación arrancó muy mal el año electoral, dejando el peor semestre desde 2016. Peor semestre no solo por los valores agregados, sino, principalmente, por los desequilibrios generados; desequilibrios que complicarán cualquier desaceleración posible para 2022. Como resultado, no solo tendremos un 2021 con una inflación muy por encima del 40%: también valdrá para el año que viene.

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