A medida que se hacen evidentes las consecuencias económicas de la guerra del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra Irán, los responsables políticos de todo el mundo están perdiendo la paciencia. Las recientes reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en Washington lo dejaron muy claro, y la ministra de Hacienda del Reino Unido, Rachel Reeves, lamentó la «locura» de una guerra que «no es nuestra».
Pero gran parte del coste recaerá sobre los propios Estados Unidos. Los efectos inmediatos son visibles: un fuerte aumento de los precios de la gasolina, una inflación que alcanza su nivel más alto en dos años y la creciente preocupación de que, a medida que los consumidores recorten el gasto para compensar los mayores costes, aumente el desempleo. Si bien estas perturbaciones a corto plazo son graves, un riesgo importante que ha recibido menos atención es que el dólar podría perder su estatus como principal moneda de comercio y de reserva del mundo.
El declive de una moneda de reserva es un proceso lento. La libra esterlina cedió su dominio al dólar estadounidense a lo largo de aproximadamente dos décadas, a partir de la década de 1920. Como ha señalado Barry Eichengreen, el denario romano —posiblemente la primera moneda internacional del mundo— también se desmoronó a lo largo de un largo período, que comenzó cuando el emperador Nerón lo devaluó en el siglo I d. C.
Cualquier moneda internacional depende, en última instancia, de la confianza. Fui testigo de ello durante mi etapa como asesor económico jefe del Gobierno indio bajo el mandato del primer ministro Manmohan Singh. El 5 de agosto de 2011, S&P rebajó la calificación crediticia a largo plazo de Estados Unidos de AAA a AA+, lo que avivó los temores de una fuga inmediata de capitales. Sin embargo, ocurrió lo contrario: el dinero fluyó hacia la economía estadounidense. Ante la turbulencia global, los inversores confiaron en que Estados Unidos cumpliría con sus obligaciones, sin importar el coste.
Esa confianza, piedra angular del poder blando, se está erosionando rápidamente. Samantha Power, exadministradora de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), lo destacó en una reciente conferencia en la Universidad de Cornell, donde criticó la decisión de la administración Trump de desmantelar la agencia. La forma abrupta y «despiadada» en que se llevó a cabo el cierre, dijo, interrumpió la ayuda humanitaria sin previo aviso, lo que provocó un inmenso sufrimiento entre las poblaciones de todo el mundo que dependían de su continuidad.
El cierre de la USAID, junto con las aventuras militares de Trump en Irán y Venezuela y los implacables ataques a aliados de larga data como Canadá y Dinamarca, ha ensombrecido la posición global y la credibilidad de Estados Unidos. Esto, a su vez, pone en riesgo el estatus hegemónico del dólar.
Para comprender el coste potencial, pensemos en el señoreaje: dado que el dólar goza de confianza a nivel mundial, la Reserva Federal puede imprimir un billete de 10 dólares por menos de siete céntimos, y será aceptado por su valor total en todo el mundo. Como han demostrado imperios desde Roma hasta Gran Bretaña, emitir la principal moneda del mundo permite a un país crear valor casi de la nada. Perder esa capacidad ralentizaría el crecimiento económico.
A menos que la política estadounidense cambie de rumbo, este año podría pasar a la historia como el momento en que el dólar estadounidense comenzó a perder su estatus como moneda mundial.
Esto plantea la pregunta: ¿qué moneda sustituirá al dólar? El renminbi parece ser el candidato más fuerte. Hace una década, la moneda china ganó credibilidad cuando el Fondo Monetario Internacional la incluyó en la cesta de monedas globales que sustentan los Derechos Especiales de Giro (el activo de reserva del Fondo), pero aún así fue ampliamente descartada como«ningún rival»para el dólar. Hoy en día, la perspectiva de la primacía del renminbi ya no parece impensable.
Sin embargo, la capacidad de China para asumir ese papel global está lejos de estar asegurada. Como observó el economista Qiao Liu en su libro de 2016 Corporate China 2.0, el país combina un «régimen político autoritario» con unos acuerdos institucionales más flexibles en los que «las relaciones siguen siendo importantes», un híbrido que no inspira fácilmente el tipo de confianza global que requiere una moneda de reserva.
El presidente chino, Xi Jinping, parece comprender esta dinámica. En un discurso de 2024, Xi hizo hincapié en la necesidad de internacionalizar el renminbi para reforzar el poder blando de China, abogando por una «moneda poderosa que pueda utilizarse ampliamente en el comercio internacional, la inversión y los mercados de divisas, y que alcance el estatus de moneda de reserva». Pero el principal obstáculo para que el renminbi alcance ese estatus —el mantenimiento de los controles de capital— sigue firmemente en pie.
La reprimenda más contundente a las políticas de Trump durante el último año provino de una fuente inesperada: el rey Carlos III. Su discurso ante el Congreso el 28 de abril, pronunciado con el ingenio y la moderación característicos de los británicos, envió un mensaje claro de que Estados Unidos va por mal camino, uno que podría destruir su prestigio mundial.
Sin embargo, había motivos para el optimismo. Las repetidas ovaciones bipartidistas que Carlos recibió de los miembros del Congreso sugerían que estos ya eran conscientes de la difícil situación de Estados Unidos.