Transferir dinero se convirtió en un gesto cotidiano. Pagamos una compra, dividimos una cena o enviamos dinero a un familiar en pocos segundos. La facilidad de las operaciones digitales exige cada vez más atención.

Antes de confirmar, miramos el alias, revisamos el nombre y controlamos el monto. Frente a un mensaje inesperado, intentamos recordar las recomendaciones de seguridad. Cada decisión consume una parte de nuestra capacidad mental, y esto lo saben bien los estafadores.

En septiembre, el Banco Central anunció una nueva medida para fortalecer la prevención del fraude. Los administradores de transferencias inmediatas podrán elaborar perfiles de riesgo a partir de información pública y compartirlos con bancos y proveedores de servicios de pago.

La iniciativa busca detectar tempranamente cuentas que podrían utilizarse para operaciones fraudulentas. Llega en un contexto de crecimiento sostenido de los pagos digitales. Durante marzo de 2026 se realizaron más de 700 millones de transferencias inmediatas en pesos, un 25 % más que un año atrás.

La atención es un recurso limitado. El cansancio, la ansiedad, la presión y la presencia simultánea de varios estímulos reducen nuestra capacidad para evaluar información. Los estafadores conocen ese mecanismo y construyen situaciones destinadas a capturarla.

Un mensaje anuncia el bloqueo de una cuenta. Una llamada advierte sobre una transferencia sospechosa. Una persona cercana parece necesitar dinero con urgencia. En pocos segundos, la preocupación ocupa el centro de la escena.

El miedo prepara al organismo para responder ante una amenaza. Acelera la reacción, estrecha el campo de atención y dificulta el análisis de alternativas. La persona se concentra en resolver el peligro inmediato. En ese estado puede compartir un código, ingresar a un enlace o realizar una transferencia que, en otras condiciones, habría evaluado con mayor cuidado.

La urgencia también reduce el tiempo disponible para pedir ayuda. Muchas estafas incluyen una indicación explícita de guardar silencio, permanecer en línea o actuar antes de que ocurra una consecuencia. El aislamiento aumenta la vulnerabilidad.

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La exposición permanente a advertencias genera otro problema. Cuando todas las operaciones presentan mensajes similares, las alertas pueden perder capacidad para captar la atención. El usuario aprende a aceptarlas de manera automática para continuar con la tarea.

El fraude produce, además, un costo psicológico. Después de una estafa, o ante el miedo de sufrirla, pueden aparecer vergüenza, culpa, desconfianza e hipervigilancia. Algunas personas revisan cada movimiento varias veces. Otras comienzan a evitar las herramientas digitales.

La evitación ofrece un alivio breve. Cerrar la aplicación, ignorar el resumen o postergar un reclamo permite tomar distancia de una situación angustiante. El problema continúa y suele crecer.

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La procrastinación financiera puede demorar la detección de consumos desconocidos, el bloqueo de una cuenta o el inicio de una gestión. También puede extenderse hacia otras decisiones: revisar gastos, ordenar deudas o pedir asesoramiento.

El miedo, la evitación y la procrastinación tienen consecuencias concretas sobre el dinero. Los plazos vencen, los intereses avanzan y las posibilidades de recuperar fondos pueden reducirse.

La prevención necesita incorporar estos comportamientos. Las advertencias deben aparecer en el momento adecuado, usar un lenguaje claro y explicar qué característica vuelve riesgosa una operación. Una pausa antes de una transferencia inusual puede interrumpir el impulso. La identificación visible del destinatario reduce la incertidumbre. Un canal de ayuda accesible facilita una respuesta temprana.

La batalla por la atención ya llegó al sistema financiero: los estafadores intentan capturarla mediante el miedo y la urgencia. Las instituciones financieras tienen el desafío de protegerla a través de información comprensible, intervenciones oportunas y herramientas que acompañen la toma de decisiones.