OPINIÓN

En el Mercosur se están discutiendo cosas serias

Desde que el Mercosur fue creado, en 1990, en todo el mundo el arancel promedio en frontera -aplicado al comercio internacional- descendió de 15,02% a 5,17%. La carga arancelaria deja de ser el principal elemento regulativo del comercio internacional global. Parte de la explicación de ello radica en que mientras hace 30 años solo 5% de todo el comercio transfronterizo mundial se producía entre mercados que contaban con acuerdos de apertura reciproca, hoy la porción del comercio entre países integrados llega a 60%.

Ambos procesos (apertura y acuerdos) han sido ajenos el Mercosur, que en ese lapso no redujo esencialmente su arancel común ni generó pactos con terceros de significación.

El viernes, en la reunión semestral CI21 del Consejo de Cámaras de Comercio del Mercosur, en Rio de Janeiro, el Ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, nos anunció a los que estábamos presentes que Brasil daba el paso inicial para implementar lo que había acordado con la Argentina algunos días antes pero que aún no se plasmó en una decisión institucional del bloque: reduciría aranceles a sus importaciones en 10% para el 87% del nomenclador arancelario. Lo que ilustra otra cualidad del Mercosur 2021: el "affectio societatis" y el apego a la institucionalidad están débiles.

Brasil pretende no solo avanzar en esa línea sino que también (según explicó el mismo Guedes ante la mirada del vicepresidente Hamilton Mourao y representantes del sector privado de varios países de la región) quiere impulsar acuerdos comerciales pendientes, como los posibles con Unión Europea, EFTA, India, Corea del Sur, Líbano, Indonesia y Canadá. Mientras tanto, el gobierno de Uruguay reclama autorización para negociar un tratado comercial con China por su cuenta y Argentina y Paraguay no definen con precisión mayores respuestas sobre sus intenciones de fondo.

En el Mercosur se están mezclando necesidades políticas domésticas distintas, ambiciones estratégicas disimiles según los países y, sobre todo, el impacto de una nueva realidad mundial.

El comercio internacional en todo el planeta se recupera después de la caída provocada por la pandemia (cayó 5,2% en 2020 pero crece 8% en 2021 según la OMC) pero asistimos a un nuevo contexto apoyado en cinco tendencias: cambio tecnológico que sofistica la producción y el comercio (la nueva economía del capital intelectual); una geopolítica de creciente influencia en la vinculación entre países (en la que aparecen noticias desde China, Unión Europea, Estados Unidos, Australia, Japón y Reino Unido); creciente relevancia de nuevos estándares requeridos (ambientales, sanitarios, de seguridad, sociales y de gestión); liderazgo de empresas innovativas que imponen nuevas realidades y cambios en las definiciones (las realidades productivas innovativas no son motorizadas por definiciones políticas sino por disrupciones desde empresas globales); y un nuevo escenario de mudanza en los patrones de referencia (desde cotizaciones y precios volátiles hasta mutaciones en las propias definiciones de los sectores productivos, en los que ahora se mezclan el agro y los servicios, la satelización y la manufactura, la propiedad intelectual y la industria, lo intangible y lo tangible, la inversión y el comercio, la información y las máquinas).

Pero el Mercosur no parece estar acompañando el nuevo tiempo y algunos (Brasil y Uruguay especialmente) están reclamando.

Lo que aparece detrás de los reclamos en los movimientos de Brasil y Uruguay son los hechos: mientras en el conjunto de los 20 mayores acuerdos de integración de países en el mundo la relación exportaciones/PBI es 33%, en el Mercosur ronda 15%. Mientras el 60% del comercio transfronterizo global ocurre entre mercados que han pactado condiciones mejoradas entre sí, el 80% de las exportaciones de los países del Mercosur ingresa en países con los que no tienen vigentes acuerdos comerciales, lo que agrava condiciones de ingreso (arancelarias y de adaptación y cumplimento de normas). Mientras el bloque (que solo genera 1,5% de las exportaciones mundiales) apenas tiene algunos pactos comerciales con países vecinos, se encuentra emplazado en una Latinoamérica que genera solo 3,3% de todas las importaciones mundiales mientras Asia lo hace en 32,2%, Europa en 36,5% del total -dentro de la cual la UE explica 29,5%- y Norteamérica en 18,6%. Mientras el contenido de insumos importados en las exportaciones en el mundo llega al 25%, en Argentina es menor a 7% y en Brasil ronda el 10%.

La discusión ahora no es, entonces, ideológica. Uruguay y Brasil pretenden más internacionalidad mientras Argentina esta apresada por sus complicadas necesidades domésticas. Y aquellos dos socios presionan sobre la propia formalidad del pacto avanzando en planteos no muy cómodos para el plexo normativo vigente. Y las diferencias de objetivos estratégicos entre los socios se agrandan (en la citada reunión Guedes anticipó el propósito de crear un "G7 de los emergentes" entre China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica, Indonesia y México; que -dijo- logran un PBI agregado comparable con el G7 de los desarrollados). En simultáneo, los tiempos políticos internos en cada país -y las condiciones de las coaliciones de gobierno en cada uno- filtran estos propósitos en sus propios condicionamientos.

Para Argentina la cuestión no es menor. El mundo está rediscutiéndose. La globalización no se retrae, sino que muta. Y nadie quiere actuar solo. El desafío argentino es abandonar la superficialidad internacional y definir una estrategia. Mas que una estrategia equivocada lo que parece verse en Argentina es una no-estrategia.

En el mundo los procesos evolutivos (tecnológicos, económicos, culturales, sociales) están poniendo a las instituciones el siglo XX ante un estrés inusitado. Mientras tanto, en la Argentina de los diversos desequilibrios (lo público sobre lo privado, lo presente sobre lo sostenible, lo político sobre lo institucional) se consolida un desequilibrio adicional: de lo domestico sobre lo internacional.

Se trata de algo por lo que siempre se paga si no hay correcciones a tiempo.

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