ANÁLISIS

Comercio administrado y el foco en Vaca Muerta

La historia muestra que es difícil compatibilizar el objetivo de crecer y acumular reservas internacionales, uno de los pilares del acuerdo con el FMI. Más aún, sin reformas estructurales derivadas de consensos políticos profundos es casi imposible lograr cualquiera de estos dos objetivos de manera sostenida. Entonces ¿Cómo trazar una mirada constructiva en el marco económico y político actual? La clave pasa por administrar inteligentemente los pocos dólares que hay, regulando los sectores que están recibiendo más de lo que debieran, pero asignándolos a otros estratégicos, como Vaca Muerta, con capacidad de multiplicarlos.

En muy pocas oportunidades se logró sortear la falta de divisas. Sólo fue posible por muy poco tiempo y de la mano de reformas estructurales brutales. Concretamente, el Banco Central pudo incrementar las reservas al menos 4 años seguidos (que es lo que exige el FMI) en muy contadas ocasiones: entre el 77-79, con una dictadura militar, entre el 91-94, de la mano de las reformas enmarcadas dentro del Consenso de Washington y entre el 2002-2007, luego de la crisis del 2001, con la recesión de mayor duración de la historia moderna.

Lamentablemente esos episodios fueron traumáticos; el objetivo debería ser un programa de largo plazo digerible para el conjunto de la sociedad. Para eso se requieren consensos que se traduzcan en políticas de Estado, lo cual rara vez es posible. Por eso la respuesta oficial es enfocarse en el corto plazo, en la guerra de guerrillas. Es comprensible, pero en la prisa, estas políticas suelen estar mal trazadas y muchas veces resultan un tiro en el pie. Es el caso de las retenciones al agro o descansar en medidas muy puntuales para combatir la inflación regulando la oferta, como fideicomisos o controles de precios.

¿En qué consisten las reformas estructurales que planteamos? No son novedosas, pero sí vale la pena contar por qué y abrir el debate luego sobre el cómo. Tal como está planteado, el sistema previsional es deficitario, pero el problema más grave es su fórmula de ajuste. A grandes rasgos, las jubilaciones y pensiones se actualizan trimestralmente según: a) 50% en base a la recaudación de ANSES de igual trimestre del año anterior, b) la variación trimestral del salario. En tanto, se financia con recaudación y aportes por salarios presentes. El problema surge entonces cuando la economía empiece a encarar un sendero de desinflación: el gasto previsional actualiza por variables que tienen inflación pasada (salarios y recaudación de un trimestre anterior), mientras que los ingresos ajustan por inflación presente, cada vez menor. Bajar la inflación y consolidar la brecha fiscal (el sistema previsional es el 60% del gasto) no pueden ser objetivos que colisionen entre sí, porque entonces estabilizar se vuelve complicado.

En un segundo plano, también se vuelve necesaria una reforma que le quite rigidez al mercado laboral, sin que se pierdan los derechos inalienables de un trabajador a la salud, vacaciones y descanso, pero que a la vez no destruyan empleo en blanco permanentemente. El empleo registrado dejó de crecer hace tiempo, mientras que las jubilaciones y pensiones crecen sostenidamente. Es necesario recuperar el salario, pero también el incentivo a blanquear empleo. Algunos gremios, como petroleros, Smata, construcción, tienen cláusulas flexibles de vacaciones y salarios a partir de suspensiones y seguros de ingresos, que permiten altos ingresos (en el caso del empleo industrial) en momentos de auge y amortiguan el ciclo en momentos de vacas flacas. Es cierto, se trata de sectores productores de bienes y muy dinámicos, distinto es el caso de servicios, pero es necesario encarar por ese lado la reforma. Si bien el FMI permite no hacerlas, son indispensables para pensar el largo plazo.

Finalmente, nuestra propuesta para cumplir con las metas y sortear la crisis energética. Al no poder conseguir los consensos básicos para las reformas necesarias, el corto plazo manda y el problema es conseguir los dólares para crecer. Se necesitan acumular u$s 15.000 millones en 3 años para cumplir con el acuerdo del FMI y a la vez financiar la demanda de la industria para importar y crecer, generando empleo del bueno, algo que ocurrió pocas veces en la historia. ¿Es posible? Aunque es difícil sin reformas estructurales hay vectores en los que se puede trabajar en el corto plazo.

Hay sectores, como Comercio, que a accede al mercado cambiario de manera muy irrestricta. Cuando analizamos el mercado cambiario por sectores, vemos que Comercio fue deficitario por u$s 5000 M en 2021 casi el doble que prepandemia. En otros términos, consumió los mismos dólares que toda la industria. Con la gran diferencia que se trata de un sector que no produce bienes finales, que no es intensivo en la utilización de capital y que por lo tanto no requiere de la importación de bienes intermedios y repuestos y maquinaria para su funcionamiento. A la hora de administrar divisas, es un misterio por qué fue tan demandante en los últimos años y en 2021 en particular, mostrando una elasticidad similar a la de la industria. A la vez, en valores absolutos, el resultado es peor que el de la industria automotriz (-u$s 3600 M).

En este contexto, existe una oportunidad histórica para alzarse con las divisas que se requiere y converger hacia los equilibrios que marca el acuerdo (fiscal y externo) sin afectar el dinamismo de la actividad económica en su conjunto. Esto es administrar eficientemente las divisas en función de criterios de sostenibilidad futura y en función de los indicadores sociales, es decir, apostar a la industria y la energía, que a la vez son generadores netos de empleo de calidad.

Este panorama se hace más evidente a partir de la guerra de Ucrania, donde los precios de las exportaciones e importaciones se dispararon y comprometen los objetivos de reservas y fiscales: por un lado, mantener equilibrada la balanza comercial y, por el otro, reducir el déficit fiscal a partir de la menor transferencia de subsidios de energía al sector privado.

¿En dónde está el potencial? La Argentina importa energía pero puede alcanzar el autoabastecimiento e incluso generar un nuevo salto exportador recurriendo a uno de los yacimientos más importantes del mundo. Vaca Muerta se explota a una escala acotada y crece a un ritmo menor al necesario. Es tiempo de acelerar el proceso.

A través de inversión pública y fundamentalmente estimulando al capital privado. El recientemente anunciado gasoducto Nestor Kirchner es una buena señal, aunque tardía. La escasez de divisas lleva al Banco Central a regular las importaciones de bienes y servicios, pero de una forma ineficaz y sin atender las necesidades de mediano plazo. En particular, asigna demasiados recursos a una actividad que no los necesita y los limita en sectores que podrían ser la clave para salir de la encerrona, con el desafío de aumentar la oferta de energía para mejorar el saldo comercial, fortalecer las reservas y contribuir al equilibrio fiscal.

También se pueden sumar otros efectos derrame positivos como resultado de una aceleración de la inversión en el sector: i) menores presiones inflacionarias por baja en costos energéticos, ii) baja en la brecha cambiaria por mayor certidumbre sobre la capacidad del BCRA de acumular divisas, iii) contribuir al equilibrio de las finanzas públicas de las provincias productoras, iv) la generación de empleo de calidad y finalmente v) la mejora en los indicadores sociales.

Las vicisitudes políticas empañan el panorama e impiden pensar en el largo plazo. Pero en el corto hay mucho por hacer, incluso prescindiendo de acuerdos políticos. De hecho, Vaca Muerta es de las pocas políticas de Estado que ha sobrevivido en las últimas décadas. Con acuerdos políticos tácitos, sólo falta la decisión de actuar rápidamente para mitigar o incluso revertir los costos económicos de la escasez de divisas.

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