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Buenas señales en el frente fiscal no llegan a definir el rumbo del gasto

El Gobierno dio ayer dos señales favorables para las expectativas de inflación de 2021. No obstante, es temprano para darle crédito a las proyecciones oficiales, ya que los datos disponibles de marzo muestran que la variación del mes otra vez estará bien arriba de 3%.

La curva de ingresos y gastos de febrero mostró tanto una reducción del gasto primario como del financiero. Lo segundo es un dato esperable hacia adelante, a partir de la extensión de vencimientos sellada con el canje de deuda. Pero la comprensión del déficit -que disminuyó 31%- traduce un saludable principio de disciplina fiscal. El resultado alcanzado estuvo apoyado en un importante incremento de los recursos tributarios (que crecieron 55%) y en erogaciones sensibles (como las prestaciones sociales) creciendo al 34%, por debajo de la inflación anual.

El otro dato favorable lo dio la colocación de deuda en pesos que logró la Secretaría de Finanzas. Con lo obtenido en la víspera, el Tesoro acumula un financiamiento extra de $ 92.000 millones solo en marzo. En lo que va del año, la cifra escala a $ 169.000 millones. Para tener una comparación efectiva, vale señalar que el mes previo el déficit financiero fue de $ 64.000 millones.

Si bien hay indicadores de gasto que mostraron aumentos considerables (como los subsidios económicos, rubro que irá en ascenso a medida que avance el año y se plasme el atraso tarifario), lo que se ve hasta ahora luce razonable. Queda por ver si se trata de un gesto para encaminar el diálogo con el FMI, o si se aflojará con la cercanía de las elecciones.

El sendero fiscal que muestre Hacienda, así como el financiamiento que obtenga de parte del mercado local, son los dos indicadores que contrapesan las necesidades de emisión que tiene el Tesoro de parte del Banco Central. A menor cantidad de transferencias y menor cantidad de pesos en circulación, la meta de inflación se vuelve más sustentable, ya que el ancla fiscal estabiliza al ancla monetaria. La que queda por amarrar es el ancla cambiaria, que en este caso sigue dependiendo de la disponibilidad de dólares que tenga el BCRA.

El Ministerio de Economía anticipó un ritmo de devaluación menor a la inflación, con el que apuestan a contener uno de los motores de la suba de precios. Si en el marco de un rebote económico los importadores consiguen las divisas necesarias (en un contexto de mayor demanda, ya que serán más baratas en términos reales), la fórmula puede funcionar. Pero si no entran los dólares necesarios y la presión se traslada al financiero, la ecuación se desarma. Esta cancha, como suele suceder, la marcarán los exportadores. Si sigue el viento de cola de los commodities, el IPC podría acomodarse por debajo de 3% mensual. El resto depende más de la racionalidad económica que logre instaurar Guzmán en un año electoral.


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