Del club de lectura a las comunidades digitales

La experiencia solitaria de la lectura encuentra formas de transformarse en un acto social que trasciende formatos.

Un grupo de personas de distintas profesiones y en apariencia sin nada en común se juntan cada 15 días, vino de por medio, para charlar y debatir sobre un libro. El club de lectura, guiado por un escritor, tiene un hilo conductor, que varía mes a mes. Por ejemplo, mujeres que escriben sobre el oficio de escribir.

Desde el celular, una profesional de 30 y tantos abre la aplicación GoodReads y mueve a "Leído" el libro que acaba de terminar en su ebook mientras volvía a su casa en el subte. Aprovecha para chequear qué están leyendo sus "amigos", lee las recomendaciones que le sugiere el algoritmo de la app y calcula si este año va a llegar o no a su "Desafío de lectura" -quizá siendo un poco ambiciosa, marcó que iba a leer a 100 libros nuevos.

En horarios y momentos distintos, un grupo de personas -algunos amigos, otros contactos de trabajo, otros conocidos de conocidos- intercambian a través de una cadena de mail recomendaciones de libros nuevos o clásicos.

También pasa en Instagram. Comunidades como La gente anda leyendo o La libreta de libros cuentan las últimas novedades del mundo editorial, publican "micro-críticas" de sus seguidores y hacen transmisiones en vivo entre lectores o con autores para debatir sobre novelas, cuentos y poesías.

Algo similar hace Bukku. El emprendimiento, que es un modelo de suscripción mensual por el cual el usuario recibe todos los meses un libro, promueve a autores y editoriales argentinos no masivos.

Todos estos ejemplos muestran que, a pesar de vivir en un mundo de múltiples pantallas (y miles de estímulos), la lectura sigue vigente.

Según datos de la consultora Statista, en 2018 se vendieron en los Estados Unidos 675 millones de libros en formato "físico" y 162 millones electrónicos. Además, la facturación de libros en español sumó 28,1 millones de euros en 2018, comparado con 24,7 millones en 2017.

Algunos de los últimos datos disponibles para la Argentina de Libranda, la principal distribuidora en lengua española, muestran que en 2017 el libro digital creció 24 por ciento en unidades en el país.

La industria del libro es, a nivel mundial, una de las que se adaptó más rápido (y mejor) a los nuevos formatos: en ella conviven de forma casi indistinta el papel con el electrónico y, cada vez más, el audiolibro -sin tanta penetración aún en la Argentina pero viejo conocido en los Estados Unidos, donde vivió el paso los casettes a los CDs y, ahora, a los audios que se descargan o se escuchan por streaming.

YouTube, la plataforma en la que las nuevas generaciones pasan más y más tiempo, tiene su subcategoría de "Booktubers": generadores de contenido que recomiendan y opinan sobre libros, con un lenguaje propio que incluye términos como "book hauls" (muestran sus últimas compras o regalos), "tours de bibliotecas" o "unboxings" de nuevos lanzamientos.

Con estas "nuevas" formas de leer, en el fondo, lo que se hace es resignificar el momento de la lectura. Ese momento que, de por sí siempre fue un acto inherentemente solitario, pasa a convertirse en algo grupal.

O, por lo menos, está en el camino hacia la búsqueda de una "comunidad" y una "experiencia", dos de las palabras más usadas por los expertos en marketing a la hora de encontrar posibles recetas para generar compromiso y sentido de pertenencia entre los consumidores, que tienen un menú de opciones de entretenimiento cada vez más grande.

Pero, más allá de las ventas, lo que muchos tratan de rescatar es quizá una de las cosas más importantes: que la vorágine de la vida no haga perder el placer de perder la noción del tiempo por estar sumergidos en un libro. Sea en papel, en un ebook o desde el celular.

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