MIÉRCOLES 26/02/2020
Pedro Mairal:

Pedro Mairal: "Antes me hacía más ruido ser el pobre de la familia"

Es el hijo de Héctor Aquiles Mairal, legendario abogado de la City. En 1995, sacudió al establishment con una novela erótica. Hoy es best-seller con un relato semi biográfico. 

Lucas Pereyra nació a comienzos de la década del ‘70. Es un escritor porteño, con una familia joven, que viaja a Uruguay –para franquear las restricciones en épocas de cepo cambiario– como si viajara a una dimensión fantástica, donde la situación cada vez más agobiante de su vida en Buenos Aires, queda suspendida. Pereyra es, además, “el hijo sensible de la alta burguesía” que se dio “el lujo” de hacerse el artista bohemio, de descarriarse del sendero familiar...

Todo parecido del argumento de La uruguaya (Emecé) -la novela que marca el regreso de Pedro Mairal a las listas de best-sellers- con la realidad no es mera coincidencia sino el ejercicio, calibrado, de una forma de escribir. “Si hubiese querido trabajar de abogado, capaz tenía algún contacto para empezar, ¿no?", ironiza el hijo de Héctor Mairal, socio del estudio Marval, O’Farrell y Mairal. “Pero no en la literatura. En ese sentido, me tuve que inventar a mí mismo, autodidacta tota”.

El paralelismo entre la novela y tu propia vida, ¿es intencional?

Sin duda juego un poco con esta cosa un poco histérica –o del todo histérica– de “muestro pero no muestro, soy pero no soy”. En La uruguaya estoy jugando con eso: hay una parte de acá que soy yo y una parte que no soy. ¿Qué partes son inventadas? No lo digo porque arruino el libro. Todo el tiempo estoy trabajando no sólo con lo que me pasó, sino con lo que casi me pasó también. La experiencia tiene toda una periferia de esas especie de destinos que no suceden –no sé cómo llamarlo, son como variables que no se dan en tu propia vida– que, para escribir, son muy valiosos, y tenés que estar alerta para ver si funcionan en una historia. El deseo y el miedo, sería. De golpe, no te animaste a hacer algo, pero en el libro el personaje se anima. Así que uso mucho mi vida, pero con ese borde raro del plano de lo imaginario, de lo que casi sucede.

El protagonista se da “el lujo de hacerse el descarriado”. ¿Ese sí es un dato autobiográfico?

Cada fin de semana, cuando me encuentro con mi familia de origen, me siento así. No me arrepiento. Ahora convivo bien con eso. Antes, por ahí me hacía más ruido eso de ser el pobre de la familia (ríe). Hay como una actitud un poco melancólica cuando estás como exento de la vida, del mundo real, de ganar plata. “Sos el artista, estás al margen”. Por suerte, la vida te empuja a escena, y la ilusión esa de que estaba exento se difumina. Entonces, sí, todo el tiempo me doy cuenta de que “me descarrié”, pero ese no era mi camino. Hubiera sido muy infeliz si hubiera tratado de tener una carrera que no fuera la vocación literaria. Claramente es algo que tenía que hacer, porque la literatura me formó como persona. Lo que leí y lo que encontré en la literatura, que fue una manera de atar mis cabos sueltos, de entenderme un poco y convivir con las dudas, con las preguntas, con la incertidumbre, con muchas cosas. La palabra me ayudó a ser. Sin eso, no sé qué hubiera sido de mí. No me puedo imaginar. Igual, para mí fue difícil lanzarme, porque me tuve que inventar mi camino –y mi persona, en ese sentido– y plantarme.

De modo inverso, ¿provenir de una familia tradicional te jugó en contra a la hora de insertarte en la bohemia cultural?

Lo que sentís es que todo el mundo en el ambiente cultural tiende a hacerse un poco más lumpen de lo que es, más peronista de lo que es, más callejero de lo que es, ¿no? Gente que por ahí te corre por izquierda y, cuando escarbás un poco, son unos malcriados con dos mucamas a los que todavía la mamá les lava la ropa (ríe). Es una pose. Nadie quiere figurar como de derecha porque es como el ostracismo en el ambiente cultural. La cosa se pone interesante cuando asumen de dónde vienen sus raíces. Quizás no sea un solo momento, sino que te vas asumiendo paulatina y sucesivamente, muchas veces. Entonces, vos te asumís, te amigás con lo que sos, te peleás con lo que sos, sos crítico del lugar de dónde venís, querés pertenecer, te animás a no pertenecer... En mí es una cosa que está siempre dinámica (ríe). Depende cómo me agarrás: hay días que escucho un tonito así, medio Barrio Norte, y se me crispan un poco los pelos, pero porque por ahí se parece a mí. Y hay días en que estoy sin conflictos con eso.

La versión original de esta entrevista fue publicada en la edición 188 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista.

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