Agustina de Alba:

Agustina de Alba: "A algunos les molesta que simplifique el vino"

Es la más disruptiva de su generación. Se consagró dos veces como la Mejor Sommelier de la Argentina, con apenas 20 y 24 años. Tras su paso obligado por servicio en los mejores restaurantes del mundo, se asumió comunicadora todoterreno de la bebida nacional. 

Inquieta, creativa y apasionada, Agustina de Alba fue elegida dos veces como la mejor sommelier de la Argentina: en 2008 y 2012, con 20 y 24 años respectivamente. Desde entonces, se consolidó como una comunicadora todoterreno de la bebida nacional. “Nací para dar charlas y estar en contacto con el público. Todo el tiempo estoy escribiendo y hablando. No puedo parar de generar contenidos”, confiesa quien trabajó durante una década en top restaurants de todo el mundo, de Gaucho (Gran Bretaña) a Celler de Can Roca (España). Ahora, De Alba lidera su emprendimiento Hola Vino, que incluye talleres, encuentros, teatro, radio y un intenso ida y vuelta con sus seguidores en redes sociales (en Instagram tiene casi 45 mil followers).

Sos la referente de una generación de sommeliers que se anima a  reinventarse. ¿Se dio naturalmente o fue una estrategia?

Sinceramente, nunca lo he pensado. Si la gente me ve así, como una persona que se reinventa, bienvenido sea. ¡Suena lindo! Lo cierto es que miro hacia atrás y me doy cuenta de que todo el tiempo estoy pensando algo nuevo. Naturalmente imagino procesos creativos. Me encanta crear, hacer algo diferente. A cada segundo se me ocurren infinidad de temas, mi cabeza está a mil y voy por más. Empiezo a hacer cosas innovadoras sin siquiera darme cuenta.

¿Quién es el destinatario de tu capacidad de innovación: el público o el vino?

Todo lo que hago es por y para la gente. Mi finalidad es acercar el vino al consumidor. Estoy siempre activa en las redes sociales y genero un lindo feedback con mis seguidores. Tengo siempre en cuenta sus necesidades e intereses. Lógicamente, no estoy sola en este proceso de constante creación. Trabajo con un muy buen equipo de sommeliers y me acompaña incondicionalmente Sofía Maglione, mi mano derecha, que hace el servicio en Happening y Gardiner, dos de los restaurantes que en la actualidad asesoro, además de La Mar y Tanta. Más allá de las cualidades técnicas que debe desplegar todo sommelier, me identifico con el lado creativo de la profesión.

¿Cómo construiste tu propia marca?

A través de Hola Vino logré mi máxima expresión ontológica. El libro, los talleres, el teatro, la radio y los tours simbolizan la expresión más libre de mi ser. Soy sommelier desde los 19 años y casi siempre trabajé para otros. A los 27 me independicé. En aquel entonces, estaba trabajando en el restaurante Aramburu y durante el último año laboral sentí que había cumplido un ciclo con el servicio. Me dieron muchas ganas de trabajar para mí. Estaba estancada, quería moverme y crecer, aunque tenía una sensación dual. Por un lado, era la sommelier del mejor lugar de la Argentina y adquirí gran experiencia con Gonzalo Aramburu, que me dio en todo momento absoluta libertad para crear. Él me pagó capacitaciones para hacer pasantías en los mejores espacios gastronómicos del mundo, entre ellos, Celler de Can Roca. Hicimos maridajes y pergeñamos un proceso de creación en conjunto. Pero sentía que era momento de despegar. Entonces, había dos salidas: me iba a vivir al exterior o le daba rienda suelta a mi deseo personal. Finalmente, me incliné por mi independencia laboral. Hacer micros en la radio fue mi punto de partida para lanzarme como marca propia.

¿Qué quedó de aquella chica que a los 15 se enamoró del vino en Mendoza y que ganó dos concursos Mejor Sommelier del país, con 20 y 24  años?

¡Me emociona muchísimo lo que me preguntás!  El amor por el vino y la vocación están intactos. Son sentimientos inalterables. Hoy me movilizan las mismas sensaciones que me impulsaron a presentarme en cada uno de los concursos, a pelear con mi familia por estudiar la carrera y a trabajar de camarera con sólo 19 años mudándome a El Calafate, sin wifi ni teléfono, en Los Notros, donde durante tres meses seguidos serví pan y agua hasta que me dieron el puesto de sommelier. Aquellas copas de agua que llenaba con entusiasmo y emoción tienen la misma adrenalina que mi actual presente en un teatro frente a 300 personas. Conservo el mismo deseo que tuve en mis inicios y mantengo la fuerza y convicción.

¿Qué es lo más desafiante cada vez que hacés tu stand-up enológico?

Los nervios antes de dar una charla o cata son idénticos a los que tenía antes de mis 20 años. De hecho, mantengo un ritual personal que nunca cambiará. Antes de empezar una acción determinada, me quedo sola, en silencio, visualizando el lugar. Pienso en la comunicación que tendré con la gente y repaso el speech. La moraleja es que nada es estático, pues las charlas y los públicos son diferentes.

Si fueras un vino, ¿qué es lo mejor de la cosecha Agustina de Alba 2019?

Hoy hago todas mis actividades a partir de un concepto base. Cada una de mis acciones son coherentes con el mensaje que quiero transmitir. Cada paso que doy hacia adelante tiene un porqué, una razón que responde a mi columna vertebral: acercar el vino a la gente, de manera profesional, muy cercana y relajada, sin perder seriedad. Antes, cuando era más joven, sólo quería ir para adelante, sin pensar demasiado. Cuando era chica no tenía muy en claro los motivos de mis acciones. Con mi propia marca alcancé mi sueño máximo: del teatro, al libro y el taller, lo que hago es conectar con la gente que compra una botella a diario pero no sabe cómo elegirla y se pierde frente a la cantidad de etiquetas que han proliferado.

¿Se terminaron los prejuicios y las solemnidades en el vino?

La solemnidad no se terminó ni creo que se termine porque existen diferentes estilos y formas de ser. Yo transformo la complejidad en algo simple. Decodifico las informaciones, porque quiero que la gente entienda el tema del vino de manera sencilla. Sin embargo, a algunas personas les molesta que simplifique el vino. Soy muy interactiva en el teatro y doy el lugar para que la gente diga y opine. Sé que es algo que puede no gustar a quienes prefieren un lenguaje más estructurado o técnico. Como sea, la profesión está viviendo un momento sensacional: hay diversidad de miradas, estilos y edades.

¿Tenés alguna cuenta pendiente?

En estos últimos años, con tanto trabajo sobre mis espaldas, siento que todo depende de mí. Si una semana decido irme a Chile o Mendoza, será responsabilidad mía. El tema es cómo combinarlo con la estrategia para llevar adelante el trabajo en equipo. Tengo cada vez más gente a cargo, pero también quisiera estar relajada e irme a probar vinos a algún lado.

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