MIÉRCOLES 22/01/2020
Dulce y grotesca, cómo es la retrospectiva de Pablo Suárez en Malba

Dulce y grotesca, cómo es la retrospectiva de Pablo Suárez en Malba

“Narciso plebeyo” reúne 100 obras de las cuatro décadas de carrera del padre de “Narciso de Matadero”. Las cabareteras, los hombrecitos desnudos, los márgenes y los excluidos aparecen de manera constante a lo largo de su carrera.

Cuatro décadas de producción artística se concentran en el segundo piso del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Es “Narciso plebeyo”, la retrospectiva de Pablo Suárez (1937 – 2006), el artista argentino que se asocia a la idea de lo grotesco, pero que una recorrida por las 100 obras que conforman la nueva exhibición temporaria del museo nos demuestra que sus exploraciones son mucho más que los plebeyos de los márgenes.

Los curadores Jimena Ferreiro y Rafael Cippolini apostaron a un abordaje amplio y generoso de la carrera de Suárez. Consiguen en las tres salas en las que se distribuye la muestra un guión dinámico y preciso para dar cuenta de las diferentes etapas que atravesó el artista sin reiteraciones ni excesos.

“Provocador”, “desfachatado”, “crítico del sistema del arte” son algunas de las descripciones realizadas por los curadores durante la recorrida que compartieron con la prensa antes de la apertura oficial que se realizó el jueves último.

Suárez comenzó su carrera en la década del 60. Alcanzó a trabajar bajo los principios del informalismo, aunque su amigo Alberto Greco sostenía que se distinguían elementos figurativos pujando por emerger.

Foto: gentileza Malba

En 1964 realiza la serie “Muñecas bravas” donde aparecen los primeros rasgos grotescos de esas mujeres inspiradas en cabareteras. Pintadas o modeladas a esculturas tienen sus facciones acentuadas, a veces los miembros alargados. Son notorias las influencias de Antonio Berni, quien para esta época ya había dado vida a Ramona Montiel, la compañera de su icónico Juanito Laguna.

La ironía, algo de denuncia, la perversión, un poco de alienación, la degradación y el amor propio son conceptos constantes en su carrera.

En la “Menesunda” de Marta Minujín y Rubén Santantonín colaboró junto a otros artistas como David Lamelas.  Luego vendría el paso por el Instituto Di Tella con una salida amarga, que lo recluyó en el interior del país. El nomadismo, así como una vida despojada, lo acompañaron hasta sus últimos días en una casa de Colonia, Uruguay.

Foto: gentileza Malba.

Argentina atravesaba tiempos violentos y Suárez considera que su arte debía estar cerca de la causa social. Junto a Oscar Bony, Roberto Jacoby, Ricardo Carreira, Margarita Paksa, entre  otros, participó de la protesta artística “Tucumán Arde”.

En la década del ’70 regresa tras su exilio de la burguesía con una serie de pinturas intimistas. Pinta sus muebles, a veces con algún objeto en la composición o una sombra que sugiere presencia humana. En Malba se exhiben en un espacio diseñado como el ambiente de una casa. Cuatro paredes, dos puertas que comunican y un piso alfombrado envuelven al espectador en la intimidad que Suárez nos comparte.

Foto: gentileza Malba.

En los ’80 la serie “Adiós a Mataderos” lo encuentra creando bajo las influencias de Molina Campos y el estilo barroco hispanoamericano. Deja de lado la figura de la mujer y aparece la del hombre inmortalizada en su escultura “Narciso de Mataderos” (1984/5). Pintada en los albores de la democracia, el sujeto vestido apenas con medias y zapatillas, apoyado en una cómoda se mira al espejo e invita a los sujetos a mirarse también, explica Ferreiro.

Sus trabajos más gauchescos son también los momentos de mayor violencia explícita. El horror le gana al grotesco, aunque sigue siendo Suárez y su sello esta ahí presente. Cristo cargando la cruz o una cabeza con una pica son algunas de su esculturas.

Foto: gentileza Malba.

Los ’90 fueron la década que lo encontró en mayor plenitud. Enseña, se vincula al Centro Cultura Rojas y gana el Premio Costantini con su obra “Exclusión”, donde un hombre a punto de perder el tren cuelga de la puerta del vagón. Vuelven sus hombres de colas hermosamente moldeadas, con sus ojos saltones, plebeyos, tiernos y desclasados. Ahora trepan paredes inclinadas, paredes de azulejos o escaleras. Y él, que se había dejado influir por Berni, Molina Campo y Raquel Forner, ahora inspira a los artistas de la siguiente generación como Sebastián Gordin, Marcelo Pombo y Miguel Harte.

“Pablo Suárez. Narciso plebeyo” se puede visitar en Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415, hasta el 18 de febrero.

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