Un negocio de buena cepa

Esta industria es "la reina" de las exportaciones, pero está en problemas: qué pasó

La industria del vino creció en pandemia. Aunque se recuperó el consumo interno y la vitivinicultura está en el top 10 de exportación, el sector sigue demandando políticas competitivas.

En la Argentina se producen 11,8 millones de hectolitros de vino al año. Algo así como 1.180 millones de botellas. El año pasado, el sector llegó al récord de exportaciones con más de u$s 880 millones que entraron al país gracias a la venta de vinos argentinos al mundo. 

Detrás de ese motor hay un universo de Pymes: de las aproximadamente mil bodegas que hay en el país, solo 50 son grandes compañías. El resto está conformado por una red de pequeños y medianos productores. 

Muchos de ellos firmas familiares con tres o cuatro generaciones dedicadas a la vendimia, pero también empresas jóvenes que vieron en el vino un nicho con buenas perspectivas.

"Poco más del 70% del vino que producimos va al mercado interno, estamos entre los diez principales mercados de vino del mundo y más de un tercio del vino que consumimos los argentinos es comercializado por productores integrados en cooperativas", explicó José Alberto Zuccardi, presidente de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR) el 3 de marzo, el encuentro anual que la cámara empresaria hizo en Mendoza, justo al final de la Vendimia. 

El cierre del ciclo productivo del vino 2022 no fue el mejor: según las estimaciones del Instituto Nacional de Vitivinicultura, las heladas y el granizo de octubre del año pasado ocasionaron una baja del 13% en el rinde de la cosecha con respecto a 2021.

La pandemia aumentó los niveles de consumo de alcohol en todo el mundo y abrió un nicho muy interesante para los emprendedores locales. 

Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), durante 2020 en la Argentina el consumo aumentó un 8,3% con respecto a 2019. Sin embargo, en 2021 volvió a los niveles anteriores al COVID, acumulando una baja cercana al 13%. 

Más allá de estos vaivenes, el mercado interno ocupa el 7° lugar a nivel mundial, con la nada despreciable demanda de 22 litros anuales por habitante.

Las posibilidades de negocio van más allá de las fincas (en el país hay más de 230 mil hectáreas implantadas en 15 provincias) y abren puertas a desarrollos gastronómicos y turísticos. 

El 24 de octubre del año pasado el Gobierno porteño inauguró el Distrito del Vino en el barrio de Villa Devoto. 

El proyecto incluye, además de un circuito de bodegas, sitios de cata, almacenes y bares, una escuela de enología y un museo de la bebida. Los privados que quieran invertir en el rubro cuentan con beneficios impositivos. 

Se espera que se concreten alrededor de 30 proyectos con una inversión que rondará los $ 1.200 millones.

Sello de origen

La industria vitivinícola está entre las 10 principales cadenas exportadoras del país. Unos 500 establecimientos venden sus vinos a 125 destinos internacionales. Los mercados que más nos compran son Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Brasil y los Países Bajos.

"Necesitamos más empresas que exporten. Para eso, es fundamental la integración y los procesos asociativos que mejoren el poder de negociación de los productores, su representatividad, participación en espacios de concertación y acceso a la innovación", agregó Zuccardi.

Necesitamos más empresas que exporten

La aclaración no es casual: las grandes bodegas son las que más volumen de exportaciones tienen. "Las grandes bodegas han abierto mercados y han posicionado al malbec como el gran varietal argentino. Ahora, hay que comenzar a generar políticas que beneficien a los pequeños exportadores", dice Adolfo Brennan, vicepresidente Unión Vitivinícola, coordinador de la Unidad Ejecutora de Pymes Exportadoras y él mismo dueño de una bodega familias: Amansado, una finca que lleva dos generaciones dedicadas a la producción en Luján de Cuyo, Mendoza.

"Fundamos Amansando con mi hermano. Y hoy están nuestros hijos trabajando con nosotros. El negocio del vino lleva mucho esfuerzo y paciencia. La Argentina tiene una larga historia de familias bodegueras que se dedican con mucha pasión a esto", agrega. Pablo Asens, de la Bodega La Abeja, en San Rafael, y vicepresidente de COVIAR, coincide en el componente paciencia. 

El negocio del vino lleva mucho esfuerzo y paciencia

"La vid no es como un cereal que se planta y se ve el rinde al fin de la campaña. Montar una finca y tener vides con una capacidad productiva importante puede llevar 30, 50 años, toda una vida. Por eso, todos los productores tenemos una raigambre tan importante con lo que hacemos", cuenta.

Montar una finca y tener vides con una capacidad productiva importante puede llevar 30, 50 años, toda una vida

Los obstáculos con los que se enfrentan las Pymes del vino van más allá de heladas y sequías. Una botella tiene una carga fiscal del 47%, un porcentaje imposible de no trasladar a los precios y en el que las Pymes tienen menos armas que las grandes para competir

A eso se le suman los componentes importados que tiene la industria, entre ellos corchos, tintas, etiquetas y barricas. 

"No son sólo los costos, que siempre para una Pyme son muchos, sino conseguir esos insumos que muchas veces faltan".

Una botella tiene una carga fiscal del 47%, un porcentaje imposible de no trasladar a los precios y en el que las Pymes tienen menos armas que las grandes para competir

A los faltantes importados se le suman algunos insumos de fabricación nacional, como las botellas. El aumento del consumo durante la pandemia agotó los stocks de envases de vidrio. 

El sector usa unos mil millones de botellas al año producidas por un sector con un fuerte componente oligopólico: sólo hay tres cristalerías que fabrican botellas para toda la Argentina y dos de ellas concentran el 90% de toda la producción.

Según explican los bodegueros, la devaluación de 2019 hizo que las cristalerías exportaran buena parte de su stock. Luego llegó la pandemia y las restricciones sanitarias complicaron la fabricación. Se calcula que el stock de botellas está entre un 20% y un 30% debajo de la demanda real de la industria. 

En ese contexto, las Pymes llevan las de perder. "Los grandes compran stocks mucho mayores y pueden negociar de otra manera los pedidos y las entregas", dice Asens.

El otro problema al que se enfrentan los productores es conseguir mano de obra calificada. "La vendimia requiere una capacitación especial para no perder parte de la producción. Logramos levantar la cosecha más complicada que fue la 2020 y la ley de 2021, que permitió a los trabajadores no perder sus planes y beneficios sociales por emplearse en blanco durante las cosechas ayudó mucho, pero todavía falta. Hoy muchos jóvenes deciden no quedarse en zonas rurales", afirma Brennan.

El vino tiene gran impacto social, por su valor agregado. "No sólo trabaja el productor, hay una cantidad de rubros asociados, como transporte, gestión aduanera, gastronómicos, empresas turísticas. Todos ganan si a la industria le va bien. Tenemos que mirar hacia adentro para apoyar a los productores, sobre todo pequeños, y hacia afuera para hacer al sector más competitivo", remarca Asens. 

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