En las últimas semanas, el debate sobre el estado de la economía se atiborró de indicadores y datos con los que, tanto el Gobierno como sus críticos, buscan persuadir a la sociedad de que solo hay un relato verdadero.
Javier Milei utiliza cualquier testimonio que juegue a favor de sus argumentos, y lo mismo pasa con los opositores. Cada réplica tiene implícita una descalificación que no permite aprendizaje, porque en este ida y vuelta no hay intercambio. Sobra ruido y falta comunicación.

El Gobierno tiene elementos más que suficientes para defender sus números, pero la forma a las que apela para exponerlos no siempre es eficiente. A Luis Caputo le toca, por su cargo, ser el vocero racional apto para todo público, aunque a veces su rol se desdibuja cuando politiza su tono. Pero cuando aparece el Presidente con un discurso duro y agresivo por lo general no logra apagar la insatisfacción que miden las encuestas.
Hay una pregunta previa que no hay que dejar pasar, y es qué busca en realidad el oficialismo con este tipo de respuestas. A Milei le adjudican dificultad para mostrar empatía con los “perdedores” del modelo, pero lo que el Presidente intenta exponer es que en ese grupo hay ganadores del pasado gracias a beneficios aportados por el Estado o la política.
Hay una sociedad que le dio la razón y lo votó sin darle tanta trascendencia a su estilo. ¿Sigue ahí esa porción que fue mayoritaria o para volver a ganar necesitará adecuar sus formas y acercarse más a sus promesas?
Para que haya una comunicación más efectiva habría que empezar por aceptar que no hay datos mejores y peores, sino recortes que se suman en un todo. Pero la discusión que más hace falta es la que aborda sobre qué foto y contra qué expectativa se compara.
El consumo de carne no puede ser contrastado contra los días de exportaciones cerradas y precios regalados. Las ventas del comercio físico nunca volverán al nivel previo al ecommerce. El sector automotor no podrá aspirar a recuperar mercado hasta que no termine de sumar innovación y tecnología.
Discutir cada escala, cada tropiezo o cada sube y baja se vuelve estéril si cada uno se aferra al dato que le conviene y no se interroga sobre qué punto de partida validamos y hacia qué destino vamos.
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