Historias de Garage

Willy Wonka en Argentina: la historia detrás de la primera fábrica de chocolate de El Calafate

Fundada hace más de 50 años, es una de las marcas preferidas por la calidad de sus productos en esa zona de la Patagonia

Zelmar Guerrero abrió en 1968 las puertas de la primera fábrica de chocolates de El Calafate cuando el turismo que llegaba al pueblo era casi en su totalidad nacional. Los producía y vendía en el garaje de su casa, espacio que adaptó y dio origen al primer punto de venta.

Curiosamente, tres años después de la apertura de la fábrica, se estrenó en los Estados Unidos la popular película Willy Wonka, que narró la historia de un exitoso chocolatero.

Inspirados en el modelo Yunnus, venden en consignación y facturan millones

Sus clientes eran quienes llegaban a El Calafate para escalar el cerro Chaltén y se llevaban de recuerdo un producto gastronómico patagónico y artesanal.

Hoy tiene un local en el centro de la villa turística y está administrado por Ana y Karina, hijas de Zelmar.

"Amo emprender y quiero que Calafate llegue al mundo", enfatiza Ana. Ambas ponen todo de sí para mantener vigente el negocio, una tarea que no ha sido simple por varios motivos. "La fabricación del chocolate en Argentina es un rubro que ha perdido mucho el carácter artesanal porque las técnicas se industrializan cada vez más", señalan. 

La mayoría de las chocolaterías realizan el proceso del templado de chocolate de manera automática; ellas en cambio -si bien invierten en la mejor maquinaria italiana- manejan a la perfección la curva de templado que se hace a mano para que el chocolate quede duro, brilloso y que al partirlo haga un sonido crujiente.

Otro obstáculo con el que tienen que lidiar es el de competir con cadenas de chocolaterías que tienen capitales de inversión enormes. "Nosotras no tenemos más espalda que las ventas que hacemos en temporada alta. Por eso, el año pasado, al habernos quedado con toda la producción de pascua sin vender fuimos a pérdida por primera vez en 50 años".

Chocolates Guerrero tiene un volumen de venta -entre septiembre y abril- de 30 kilos diarios de chocolates y bombones. Entre los productos más vendidos se destacan las tradicionales barritas Bariloche; chocolates con frutas, dulce de leche cereales y coco. El chocolate blanco es furor en ventas y el amargo es el más comprado por los turistas europeos.

Para responder a la demanda de un público consumidor que se fue volviendo más sofisticado, las hermanas invierten en maquinaria de excelencia, viajan por el mundo capacitándose y mantienen el sello diferencial del negocio familiar que es elegir materia prima de calidad y utilizar productos regionales.

Para ello tejen alianzas con productores de la zona y esa es la razón por la cual Chocolates Guerrero es sinónimo de Patagonia. "Nuestro producto es 100% patagónico porque se fabrica acá y nos molesta la deslealtad de algunos que producen en otro lado para después ponerle el sello hecho en Calafate", cuentan.

"Nosotras estamos por arriba del mandato comercial, el turista llega acá porque los que nos conocen de toda la vida dice que nuestra chocolatería es la mejor", afirman.

"Chocolates Guerrero es parte de la comunidad y es sinónimo de haber estado en Calafate", aseguran las hermanas. La chocolatería forma parte de la identidad del pueblo y acompaña a sus habitantes de muchas maneras realizando donaciones para eventos en clubes, hogares y escuelas, brindado espacio para pasantías de chicas y chicos con capacidades diferentes y poniendo a la venta productos gastronómicos de la zona.

Como a tantos otros comerciantes locales la pandemia las golpeó, el negocio permaneció cerrado varios meses y los vuelos nacionales e internacionales dejaron de llegar al aeropuerto de Calafate. 

Sumado a eso, Ana y Karina habían accedido tan sólo unos meses antes, y por primera vez, a un crédito para la compra de maquinaria italiana. El negocio se desfinanció económicamente pero aun así ellas debían cumplir con los sueldos de sus empleados. 

"Nuestra prioridad era cumplir con las personas que trabajan con nosotros en la fábrica y saldar la deuda con el banco así que pagamos todo y nos quedamos en cero", cuenta Ana. Esa situación de incertidumbre hizo que ahora las proyecciones no sean tan a largo plazo sino más hacia lo inmediato. 

De todas formas auguran una excelente temporada para el verano que se aproxima porque el ritmo turístico del pueblo está volviendo a la normalidad. "Chocolates Guerrero es parte de la comunidad y es sinónimo de haber estado en Calafate", aseguran las hermanas. 

La chocolatería forma parte de la identidad del pueblo y acompaña a sus habitantes de muchas maneras realizando donaciones para eventos en clubes, hogares y escuelas, brindado espacio para pasantías de chicas y chicos con capacidades diferentes y poniendo a la venta productos gastronómicos de la zona. Ana y Karina se muestran agradecidas con toda la comunidad porque el vínculo que tienen es de fidelidad y de acompañamiento mutuo. 

"Durante la pandemia nos sostuvieron las ventas de nuestros clientes de años, aquéllos que nos siguen eligiendo generación tras generación", cuentan emocionadas. Según las hermanas Guerrero su virtud es no haber ignorado los cambios del mercado tomando aquello que les servía para el crecimiento del negocio; haber innovado y haber ido modificando la estética del local y el packaging a medida que el rubro iba mutando. 

"Sin darle la espalda a la innovación, seguimos firmes en el camino de no defraudar con el sabor de nuestros chocolates y en seguir apostando por el dinamismo de nuestra economía regional", finalizan.



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