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Al suroeste de la Ciudad de Mendoza, con la Cordillera como sostén, se encuentra la zona más prestigiosa del país para la elaboración de vinos de alta gama: Valle de Uco.

Lo del prestigio tiene todo de dato y nada de relato; de hecho, salvo alguna excepción, las etiquetas argentinas que obtuvieron 100 puntos por parte de críticos internacionales provienen de esta zona.

Y aunque cuenta con vides centenarias, las miradas empezaron a posarse en el valle recién a mediados de la década del 90, cuando la vitivinicultura argentina empezó un proceso de cambio e internacionalización.

La posibilidad del riego por goteo marcó un antes y un después. Es que, sin esa alternativa, los viñedos tenían que asentarse sobre el llano, donde se podía regar por manto o inundación, algo imposible en la altura.

Con la excepción del argentino Nicolás Catena, que plantó vides en Gualtallary alto, a 1.500 msnm allá por 1992, el resto de las grandes inversiones de esa década tenían pasaporte, como Salentein, Clos de los Siete, Domaine Bousquet, Piedra Negra, entre otros.

Sin embargo, durante la última década, el panorama empezó a cambiar y las inversiones fueron pintándose de blanco y celeste.

En ese marco, destacan tres proyectos liderados por argentinos que hacen soplar nuevos vientos en el valle.

Andrés Rosberg, La Morada Life

Como sommelier, Andrés Rosberg es tan grande que la Argentina le queda chica. Fue uno de los que puso la primera piedra para fundar la Asociación Argentina de Sommeliers, también la panamericana y, años después, se convirtió en el único sommelier del continente en alcanzar la presidencia de la Association de la Sommellerie Internationale (ASI). También porta destacadas credenciales, como ser Embajador de Marca País.

En 2006, Rosberg, junto a un socio y varios inversores, adquirió una finca en Los Chacayes, Valle de Uco, y pronto advirtió que no importaba cuantas caricias y mimos hubiera recibido de la academia y el vino, la vida empresarial iba a cortar con tanta amabilidad para cacheteralo un poco, como le sucede a la mayoría de los emprendedores nacionales.

“Señamos en abril de 2006 con apenas 20.000 dólares, con el compromiso de que nos la guardaran durante seis meses. En ese periodo nos dimos vuelta para salir a buscar inversores y comprarla, pasamos esos meses muertos de miedo porque en ese lapso el precio de la tierra había aumentado muchísimo. En abril estaba a u$s 4000 la hectárea, en noviembre, cuando pagamos lo que faltaba, 8000 dólares. Por suerte nos mantuvieron la operación”, recuerda Rosberg.

-En ese entonces Finca Los Arbolitos era eso, una finca, ¿cómo terminó deviniendo en un proyecto hotelero e inmobiliario?

Arrancamos con la idea de producir uva, pero el precio de la uva empezó a bajar muchísimo hasta que se desplomó por completo en 2010 y dejó de ser un negocio; justo por esos años, unos inversores canadienses nos plantean que quieren escapar del invierno de Toronto y nos proponen hacerse su casa. Arrancamos con la división de tierra, elegimos el mejor lugar de la finca para construir, pedimos la factibilidad de electricidad, pero en 2008 perdieron todo, nos llaman y nos dicen que no pueden invertir, y como la idea nos había interesado, salimos a buscar otros inversores y así empezamos a construir La Morada. Teníamos más de la mitad de la construcción hecha y vino el cepo, y otra vez todo para atrás. Después vino otro inversor, con él pudimos terminar de construir, y en 2012 lo abrimos como posada, lejos del plan original, pero al menos para mantenerlo y que nos ayudara a llegar a la otra orilla del rio.

-El anuncio del proyecto final, La Morada Life, llegó en 2022, ¿qué pasó durante todos esos años?

De todo (ríe), la pandemia por empezar, pero en parte eso nos terminó ayudando, porque Edward Holloway (N. del R: socio de Andrés) que estaba operando el hotel Fierro, en Buenos Aires, se mudó a Mendoza y durante la post pandemia Mendoza explotó. Un poco porque durante la cuarentena, la provincia mantuvo los brazos abiertos y la gente que antes se iba al Caribe o Europa, descubrió que Mendoza les ofrecía algo acorde a lo que estaban acostumbrados: gastronomía de lujo, hoteles cinco estrellas, ahí fue cuando detona el Valle de Uco. Paralelamente, yo había dejado la presidencia de la ASI y viajaba menos, y se nos sumó como socio Federico Zabala, que produce perfiles de Steel framing. Al mismo tiempo, el municipio nos permitió subdividir los lotes, porque antes no nos dejaban lotes chicos por un tema de ordenamiento territorial y los lotes gigantes nos pedían casas grandes y las casas grandes necesitaban muchas amenities y eso complejizaba todo.

-Justo se dio en un marco en el que empezaron a verse más inversiones argentinas y menos extranjeras

Es que en los últimos 15 años hay mayor presencia de inversores argentinas porque básicamente el extranjero tenía miedo de venir y quedar atrapado, a eso sumale que hay una crisis en el sector vitivinícola en todo el mundo, tampoco ya son tantas las bodegas de Burdeos, por dar un ejemplo, interesadas en abrir bodegas en todo el mundo. De todas formas, estos dos últimos años, el extranjero está volviendo a mirar a la Argentina. A fines de 2024 nosotros empezamos a tener consultas de nuevo, algo que no pasaba desde 2010, y eso tiene que ver con temas de seguridad jurídica y también porque los europeos están inseguros con el tema de la guerra en Europa… yo creo que si dejamos de tirotearnos los pies durante diez minutos el potencial es enorme.

El sommelier y empresario, Andrés Rosberg
El sommelier y empresario, Andrés Rosberg

-¿Cómo cambió Valle de Uco desde el primer ladrillo en 2012 hasta ahora?

En 2012 nos costaba un montón que la gente viniera a pasar una noche, hoy viene a pasar tres, cuatro, y hacen una escapada en el día para ir a Maipú o a Luján, a lo de Vigil, a Cobos… a lo sumo duermen en la ciudad la noche previa a tomar el vuelo para regresar. Además, ya no vienen solo por el vino, hoy Valle de Uco es un destino lifestyle, la gente viene por la gastronomía y la naturaleza y eso también hizo que se desestacionalizara el turismo, si antes se movía en época de cosecha, ahora fluye más parejo todo el año, por eso empiezan a ofrecerse actividades que antes no había, como galerías de arte, cafeterías de especialidad, etc.

-Eso hizo que subieran los precios, imagino. La Morada Lodge también cuenta con restaurant que da servicio a los huéspedes del hotel, ¿cómo hacen para mantener precios razonables?

El tema precios involucra cuestiones que la gente no imaginaba, por ejemplo, mover el personal; muy pocos tienen auto y no tenés transporte público, entonces les ponemos un auto. También necesitás grupo electrógeno porque la luz se corta seguido, sin contar los gastos que surgen por inclemencias climáticas, y otro tema, los proveedores, necesitás proyectar bien, vienen una vez por semana quizás. De todas formas, en Hornero hacemos una gastronomía basada en el horno a leña que nos permite ofrecer una propuesta honesta y flexible, le damos valor a lo vital sobre lo ornamental, no está el camarero vestido con un uniforme de Kenzo, pero sí tenemos copas Riedel y el vino siempre a temperatura, el lujo de lo importante.

-¿Cómo sigue La Morada Life de acá en adelante?

Tenemos La Morada Lodge, el hospedaje más convencional, donde también funciona el restaurant. También las tiny houses, cada una con su lote de 560 m² y su cava, su living, kitchenette, deck con vista a la montaña. Luego, tenemos los pods, son treinta unidades de dos dormitorios en lotes de 800 m2, tanto las tiny como las pods tienen acceso a los servicios y amenities del complejo. También están las Homes, que son casas de dos plantas en lotes de 1250 m2, con terrazas que ofrecen la mejor vista de Valle de Uco. Y, en 2026, vamos a estar ofreciendo inversiones en un condo hotel, o sea un hotel cinco estrellas donde la gente va a poder invertir en una habitación con mejor renta que un alquiler.

La Morada Life, el proyecto inmobiliario de Los Arbolitos
La Morada Life, el proyecto inmobiliario de Los Arbolitos

Matías Michelini, sitio La Estocada y Cal restaurante

Matías Michelini hace las cosas a su manera, los que no lo entienden lo repudian por eso, mientras que, otros, lo siguen como si fuera un profeta. Lo cierto es que pocos nombres en la industria generan tanto interés.

Después de pasar por varias bodegas, en 2009 creó, junto a su compañera de vida, Cecilia Álvarez, Passionate Wine, como bautizaron a su proyecto personal, un nombre que anunciaba que haría vinos con la entrega y el coraje que impone la pasión.

Al poco tiempo, nacieron etiquetas que marcaron un antes y un después, como Agua de Roca, un Sauvignon Blanc que demostró cómo era un blanco de montaña mendocino: austero y elegante, de paso ágil y eléctrico.

Y como la pasión nunca se entendió con los números, también apostó a lo disruptivo y experimentó con vinos que todavía no tenían mercado: bajos en alcohol, sin filtrar o elaborados con técnicas ancestrales. En esa línea, a la que llamó Vía Revolucionaría le puso la firma al primer naranjo argentino.

Pasaban las etiquetas, pero la bodega propia no llegaba, hasta que en 2019 pudieron comprar la tierra donde iban a materializar ese sueño.

Con Ceci nos mudamos a Valle de Uco a principios de los 2000, y nos enamoramos de Tupungato como pueblo y también del paisaje. A los pocos años empezamos a descubrir Gualtallary por sus cualidades de terroir para el vino y empezamos a soñar con tener una tierrita ahí para plantar una viña y trabajar con nuestros hijos. En 2019, pudimos comprar cuatro hectáreas y las llamamos Sitio La Estocada, como quien clava una bandera de un lugar que había buscado y ansiado mucho”, cuenta Michelini.

Basta leer el año en el que empezó esta historia para saber qué pasó después. Pero ojo, no todo está dicho, en este relato la pandemia funcionó como plot twist, lejos de sus efectos negativos, actuó como un catalizador que aceleró su proyecto.

Michelini envió un chat al grupo de la familia -hermanos, cuñadas y una veintena de sobrinos- y los invitó a trabajar la viña. Unos meses después, la habían convertido en una granja con viñedos, frutales y huertas.

De las cuatro hectáreas plantaron tres con vides y una hectárea la dedicaron a la bodega, los corrales, el invernadero, el secadero, una casa de huéspedes y, Cal, el restaurante.

Trabajan bajo la filosofía de la agricultura biodinámica, usan paneles solares para generar electricidad y se autoabastecen -salvo algunos productos puntuales, como la trucha- con lo que crece en el predio.

Cal funciona como un farm to table, pero da un paso más en la propuesta, ya que, antes de empezar con el servicio, el cocinero Enzo González se mete en las huertas y selecciona él mismo lo que llevará a los platos. También carnea los animales, y de ese conocimiento profundo viene una experiencia gastronómica única.

Por la cantidad limitada de producto, solo pueden atender a veinte comensales a la semana. Ofrecen la posibilidad de reservar un paseo por la finca previo al almuerzo o llegar directamente para comer.

También cuentan con un club al que llamaron Sé Parte, en el que los socios pueden optar por diferentes beneficios, desde hacer un vino propio junto a Matías hasta hospedarse en la casa privada que hay en la finca o acceder a etiquetas exclusivas.

“Después de una vida nómade, ahora estoy enraizado a las vides en Sitio La Estocada, pero sigo interesado en la energía, el intercambio de ideas y la inspiración que encontré viajando. Sé Parte es mi esfuerzo por organizar ese tipo de comunidad atravesando fronteras, es una comunidad de conocimientos y experiencias compartidas nucleadas en nuestro proyecto”, señala.

-Valle de Uco al principio recibió muchísimas inversiones extranjeras, desde hace unos años se ven más inversiones de argentinos que tienen un lazo emocional y personal con el lugar, ¿a qué atribuís ese cambio?

Desarrollar una actividad, como la vid y el vino, en el lugar donde elegiste vivir, donde también sos parte del terruño es muy especial, porque uno tiene un conocimiento más preciso del lugar, de las condiciones climáticas, de las personas que viven ahí, y eso hace que podamos desarrollar, en nuestro caso la vitivinicultura, de una forma más precisa. También somos parte de un proyecto en España, donde vamos dos o tres veces al año por muy poco tiempo, que tiene una belleza de paisaje diferente, una adrenalina muy especial y tenemos la ilusión de que vaya creciendo, pero uno no lo vive como propio, es un emprendimiento donde no te sentís parte del lugar y sentirte parte o no de lugar marca la diferencia.

-El derecho a uso de agua limita la capacidad de crecimiento, ¿se trata de algo sin solución o se podría hacer algo al respecto?

El derecho de uso de agua es muy limitado, muy escaso, cada vez más, sobre todo en las zonas de precordillera o pedemonte, o de altura, donde ya hace 15 años se hizo una prohibición para hacer perforaciones y sacar agua de la tierra, entonces ya no se puede crecer mucho más. Básicamente, que se pueda en el futuro depende de las condiciones climáticas, de la mano de posibilidades de grandes nevadas y recuperación de los glaciares y de las napas subterráneas de agua, algo que con el cambio climático se ve poco probable.

-Entonces, solucionarlo está fuera de las posibilidades del hombre

Así es. Cada año lo que estamos haciendo es aprender más sobre el recurso hídrico y la necesidad que tienen las plantas para subsistir, y la mejora va a estar en interpretar cada vez mejor la necesidad de agua de las plantas para disminuir la cantidad de riego, pero para mantenernos no para crecer, no creemos que a futuro pueda haber más agua disponible para crecer en cultivos, al menos no en la zona alta de Valle de Uco.

-¿Tienen pensado hacer otros desarrollos en la zona?, en lugares que ya tengan permisos quizás

Todos nuestros sueños están puestos en Sitio La Estocada y ese enamoramiento con el lugar hace que no necesitemos otra cosa. Hace dos años compramos otras cuatro hectáreas acá cerquita solo para viña porque con lo que construimos nos quedamos con menos espacio. Además, estamos haciendo un desarrollo en un proyecto llamado Puerto Campo, en Río Negro, acá tenemos la viña frente a los Andes y en Río Negro es la viña mirando al mar, esos son los dos lugares donde nos queremos quedar.

Sitio La Estocada, el proyecto de Matías Michelini
Sitio La Estocada, el proyecto de Matías Michelini

Lucas Ballester, Ballester Wine Company

Un legado sin libertad bien podría llamarse obligación, quizás por eso, Lucas Ballester pudo abrazar la propuesta que le había hecho su padre recién cuando este falleció.

Como muchos de los empresarios que lideran bodegas, desde mediados de los noventa, cuando apenas era un niño, Lucas pasabas sus veranos en Valle de Uco, pero en ese entonces el negocio familiar consistía en fermentar manzanas, no uvas.

Su padre, Hugo Ballester tenía fincas plantadas en Paraje Altamira y también una fábrica dedicada a la elaboración de sidra: La Farruca. “En esa época, Valle de Uco era una zona más bien frutícola no estaba tan ligada al vino”, cuenta Ballester. Después de la crisis de 2001, la uva se revalorizó y su padre decidió levantar toda la plantación de manzanos para reemplazarla con vides, para eso contrató a uno de los flying winemakers más reputados del momento, el italiano Alberto Antonini.

Así empezó a venderle uva a grandes jugadores del sector hasta que, en 2010, adquirió una bodega de 1950 destinada a vinos de volumen -con piletones de cemento y una capacidad de elaboración y guarda de 3 millones de litros-, la bautizó Ginard Ballester y la reconvirtió para el segmento de la alta gama.

Lucas se transformó en la mano derecha de su padre, pero un tiempo después se abrió porque los vinos no lo representaban, “tenían mucho color, mucho alcohol, no me sentí identificado. Me abrí y cree una marca propia: Universo LB”, recuerda.

Lucas Ballester
Lucas BallesterNACHO GAFFURI

A fines de 2020, Hugo recompra Cristalería Rosario, una empresa que le había vendido al grupo norteamericano Owens-Illinois una década atrás, entonces le pide a Lucas que regrese. “Me dice que no va a tener tiempo de ocuparse, que traiga mi proyecto de vinos a la bodega y que me ocupe directamente de todo el negocio. Éramos como socios, pero él no participaba, yo decidía y le mandaba un informe”, cuenta Lucas. Sin embargo, aun con la carta blanca firmada, no podía sentirse libre para hacer los vinos que le gustaban.

Fue recién cuando su padre falleció, hace dos años, que pudo abrazar el proyecto con total libertad y darle su propia impronta.

En ese marco, cambió el nombre de la bodega -ahora rebautizada Ballester Wine Company-, segmentó la operación en tres proyectos bien diferenciados e invirtió u$s 500.000 para duplicar la capacidad de crianza en roble francés y equipar la sala de microvinificaciones con diferentes recipientes (huevos de concreto, vasijas de cerámica, entre otros).

-¿Por qué invertir en uno de los peores años en lo que a consumo de vino se refiere?

Si bien comercialmente es un año frenado, para mi es momento de apostar al futuro.

-Anunciaron también la inauguración de un restaurante

Sí, vamos a empezar a construirlo en abril y apuntamos a inaugurarlo en octubre o noviembre del año próximo. Convocamos al estudio de arquitectura Armando Cattaneo, de Buenos Aires, y a nivel gastronómico la búsqueda es hacer un restaurante de pueblo, de buena calidad, pero sin caer en el menú de pasos, que sea dinámico, con comida rica y de calidad. Estamos ubicados en un lugar estratégico, a medio camino entre la ciudad y San Rafael y cinco minutos de la ruta 40.

-Parte del precio en el vino se conforma por el valor percibido, ¿cómo hacés para mantenerte competitivo?

Tenemos que trabajar en dar un producto cada vez mejor y ajustar el cinturón para lograr ser competitivos, porque hoy la gente piensa dos veces antes de gastar su dinero; si vas a tener un ticket elevado necesitas un justificativo. Por un lado, tengo confianza en el producto que hacemos, y, además, cada uno de los tres proyectos va destinado a un nicho diferente: Ginard Ballester, que apunta a la vinoteca, es una línea más tradicional, pero con una enología moderna y cuidada; Finca La Luisa, más masiva, y Universo LB, una línea gastronómica y personal.

NACHO GAFFURI

-En las vinotecas se ven muchas promos del segundo al 70% o de 3 x 2, lo mismo en los supermercados, ¿cómo se genera rentabilidad pese a tanto descuento?

Hay muchas distribuidoras que hacen 1+1, y eso pasa porque hubo muchos años de descontrol de precios, como había espasmos de consumo, subían los precios, pero ahora todo se está acomodando a los precios reales.

-¿Qué buscás con Universo LB, la línea que creaste?

Buscamos hacer la finca en HD, o sea vinos más cristalinos, con fineza, para eso, desde este año, estoy trabajando con el enólogo Lucas Richardi, con eso y el equipamiento de la sala de microvinificaciones estoy llegando a los vinos que me gustan, que transmiten una verdad. Este año, además, hicimos una garnacha en España, no pudimos elaborarla allá al final, pero fuimos a conocer dos o tres candidatos para que la elaboren y que en el portfolio tengamos un Universo LB Viejo Mundo, por ahora con una garnacha de Gredos, bien elaborada, pero simple. También buscamos un depósito allá para poder hacer distribución también en Europa.

-Esa búsqueda de lo simple también se vio en las últimas etiquetas de Universo LB, ¿por qué pasaron de esas ilustraciones tan impactantes a etiquetas de colores plenos?

Porque vimos que la sobre ilustración complicaba mucho al consumidor, no queríamos seguir complejizando el universo marcario, hoy la gente valora que la comunicación del producto sea bien directa: nombre de la bodega, varietal y zona.

-¿Tenés otros proyectos más allá del enoturismo?

Ahora estamos en una producción de 500 mil botellas anuales entre los tres proyectos, manteniendo siempre el enfoque artesanal. El objetivo para los próximos tres años es alcanzar el millón de botellas, sin perder la esencia.