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La urgencia energética de México se topa de frente con una realidad ineludible: la demanda crece y proyectos de gran calado, tanto en las industrias tradicionales como en la tecnología, devoran electricidad a un ritmo sin precedentes. Para alimentar esta maquinaria, el país necesita gas natural, un recurso que hoy importa masivamente de Estados Unidos (hasta el 70% de las necesidades actuales) y cuya extracción vía fracking ha sido, hasta ahora, un tabú político. Sin embargo, en el horizonte aparece un espejo donde mirarse: Argentina. A través de YPF y el yacimiento Vaca Muerta, el país sudamericano demostró que una petrolera estatal puede liderar la revolución del gas no convencional, logrando soberanía energética incluso en medio de tormentas económicas.
El fracking es un tema sensible para cualquier país que decida desarrollar esta técnica, debido a las altas cantidades de inversión, capacidades técnicas y riesgos ambientales que representa.

La presidenta Claudia Sheinbaum analiza tomar una decisión energética que pretende romper los paradigmas del sexenio anterior, que parecían intocables, debido a que México requiere urgentemente de impulsar la producción de gas natural para satisfacer la demanda energética de los centros de datos y la Inteligencia Artificial que ponen al país como una potencia emergente.
Un ejemplo de ello fue el reciente anuncio de inversión de Flex, una empresa de origen estadounidense que destinará u$s 1,000 millones de dólares en inversión en los próximos 3 años para desarrollar proveeduría para este tipo de tecnología, y cuyo desarrollo requerirá la misma energía que consume todo el puerto de Manzanillo.
La demanda energética de México depende altamente de la generación con plantas de ciclo combinado, cuyo combustible es el gas natural.
Además, México depende al 70% de las importaciones de Estados Unidos, que el año pasado marcaron un récord de 6,700 millones de pies cúbicos diarios.
Justamente Estados Unidos tiene una de las reservas más grandes del mundo en gas shale, que se obtiene a partir del fracking, pero carece de una empresa de Estado que lo explote, pues en esa nación las petroleras privadas llevan la mano.
Sin embargo, existe otro país, con un esquema energético y problemas similares a México, y que ha logrado el éxito en el fracking, sin importar las ideologías políticas.
YPF y Vaca Muerta, un modelo similar y exitoso
Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el equivalente argentino a Pemex, inició la explotación del segundo yacimiento de gas shale más grande del mundo: Vaca Muerta.
De acuerdo con Banamex, no existen muchos casos de éxito de explotación de fracking en el mundo fuera de Estados Unidos.
A inicios de la década pasada, Argentina enfrentaba una fuerte dependencia energética con caída en la producción de hidrocarburos y crecientes importaciones de gas.
Vaca Muerta inició su producción en 2012, bajo el mandato de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, del ala izquierda argentina.
“A partir del desarrollo de la formación Vaca Muerta, una de las mayores reservas de lutitas fuera de Norteamérica, y mediante la implementación de esquemas de inversión conjunta con privados, incentivos fiscales y cierta flexibilidad regulatoria, el país logró incrementar de manera sostenida su producción de gas y petróleo no convencional”, dijo Banamex en un análisis.
En 2024, el país produjo en promedio 4.9 millones de pies cúbicos de gas diarios y se estima que 70% provino de Vaca Muerta.
“Lo anterior no sólo permitió reducir su dependencia externa, sino que recientemente ha comando a posicionarse como un exportador de gas shale, incluyendo envíos de gas natural licuado hacia Europa en un contexto de reconfiguración del mercado energético global”, añadió Banamex.
En enero, la producción de petróleo de Argentina alcanzó un máximo histórico de 870 mil barriles diarios, y pese a un entorno económico altamente volátil, el capital privado ha mantenido el interés y la inversión en el sector, dice el banco.
















