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La captura de Nicolás Maduro en Venezuela abrió un nuevo capítulo en la política internacional de Donald Trump.
La llamada “teoría del loco” —una estrategia basada en mostrar impredecibilidad para intimidar y negociar— ya no es solo una táctica, sino la columna vertebral de la política exterior estadounidense. Lo que comenzó como una herramienta de negociación podría derivar en conflictos armados, especialmente cuando se enfrenta a líderes que no tienen nada que perder.

De Richard Nixon a Donald Trump: cómo la imprevisibilidad se convirtió en el arma más peligrosa de la política internacional
La llamada “teoría del loco” no es un invento reciente. Ya durante la Guerra Fría, líderes como Richard Nixon en Estados Unidos y Nikita Jruschov en la Unión Soviética la aplicaron. La idea era proyectar una imagen de imprevisibilidad y agresividad extrema, de modo que los adversarios temieran cualquier reacción exagerada y, por ende, se mostraran más cautelosos en sus decisiones.
Sin embargo, esta estrategia también conllevaba riesgos enormes. En el caso de Nikita Jruschov, su demostración de “volatilidad” durante la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962 lo puso al borde de un conflicto nuclear.
La presión que intentaba ejercer sobre Estados Unidos casi provoca un desastre global, porque un mal cálculo de cualquier lado podía desencadenar la guerra. En otras palabras, proyectar locura podía asustar al adversario, pero también generaba un riesgo de escalada fuera de control, algo muy peligroso para la estabilidad internacional.
Donald Trump llevó la teoría del loco a un nivel completamente distinto. Combinó amenazas directas, gestos impredecibles y decisiones abruptas que mantenían a aliados y adversarios en constante incertidumbre. Su estilo convirtió la política exterior estadounidense en un tablero donde el temperamento personal y las reacciones impulsivas tenían más peso que las estrategias diplomáticas tradicionales.
La victoria sorpresa que demuestra que la locura puede funcionar… por ahora
La operación contra Nicolás Maduro sorprendió al mundo entero. Durante meses, Donald Trump alternó mensajes agresivos y silencios estratégicos, mezclando amenazas militares con gestos de diálogo.
Cuando finalmente actuó, el elemento sorpresa fue total, demostrando que su estrategia puede ser efectiva en contextos de aislamiento internacional y debilidad del régimen. Sin embargo, esta “victoria” también genera desconfianza: otros líderes podrían desconfiar de cualquier negociación con Estados Unidos, sabiendo que las reglas pueden cambiar de un día para otro y que lo que hoy parece posible, mañana puede ser impensable.
La llamada “Teoría del loco”, que el mandatario parece aplicar sin reparos, se basa en la premisa de que proyectar una imprevisibilidad extrema puede intimidar tanto a aliados como a adversarios. Al crear la percepción de que Estados Unidos está dispuesto a tomar acciones radicales sin previo aviso, logra un doble efecto: por un lado, presiona a regímenes considerados hostiles a ceder o moderar su postura; por otro, obliga a los aliados a alinearse rápidamente con sus intereses, por temor a quedar fuera de cualquier acuerdo o protección.
No obstante, esta estrategia tiene un costo. A largo plazo, la imprevisibilidad puede minar la confianza diplomática, dificultando acuerdos multilaterales y debilitando las alianzas tradicionales. Países que antes negociaban con Estados Unidos bajo la premisa de estabilidad y previsibilidad ahora enfrentan un escenario donde cada decisión puede desencadenar consecuencias inesperadas, desde sanciones económicas hasta operaciones militares directas.
Además, expertos advierten que la escalada de tensiones podría aumentar el riesgo de conflictos regionales e incluso globales. Si otros líderes optan por responder con medidas igualmente imprevisibles o agresivas, existe la posibilidad de que se genere una cadena de reacciones en cadena, elevando la probabilidad de confrontaciones abiertas. En este contexto, algunos analistas incluso especulan sobre escenarios que podrían desembocar en lo que ellos denominan “una tercera guerra mundial” de baja intensidad, marcada por golpes estratégicos, operaciones encubiertas y confrontaciones indirectas.

¿De dónde surge la teoría del loco?
Sus raíces más antiguas se encuentran en Maquiavelo, quien en El Príncipe (1513) y en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1517) sugiere que un líder debe aparecer astuto, fuerte y, en ocasiones, incluso temible o imprevisible, aunque no necesariamente “moralmente bueno”. Maquiavelo advierte que la percepción de poder y fortaleza puede intimidar a los adversarios y consolidar la autoridad del gobernante, incluso sin recurrir siempre a la fuerza directa. En sus palabras, “es algo muy sabio simular locura” para lograr objetivos políticos, siempre como parte de un juego estratégico de percepción.
En la política moderna, la teoría del loco se desarrolló como una estrategia específica de política exterior. Durante la Guerra de Vietnam, el presidente Richard Nixon aplicó esta lógica: buscaba proyectar una imagen de irracionalidad y volatilidad extrema, de modo que sus adversarios creyeran que estaba dispuesto a cualquier cosa, incluso a usar armas nucleares, para lograr sus objetivos. La idea era que esta percepción de “locura controlada” hiciera que amenazas que normalmente serían poco creíbles resultaran convincentes, presionando a los enemigos a negociar o actuar con cautela.















