El Telescopio Espacial Hubble, quizás el instrumento científico más querido y productivo de la historia, atraviesa su momento más crítico desde su lanzamiento en 1990.

Informes recientes indican que su órbita está decayendo a una velocidad alarmante, mucho más rápido de lo que las proyecciones de la NASA habían estipulado hace apenas un lustro. La gravedad terrestre, sumada a una densa atmósfera, está arrastrando al observatorio hacia un reingreso no controlado que podría tener consecuencias impredecibles si no se interviene de inmediato.

El principal culpable de esta aceleración en la caída es el Sol. El actual ciclo solar, que alcanzó su máximo de actividad entre 2024 y 2025, resultó ser más intenso de lo esperado. Este fenómeno calienta la atmósfera superior de la Tierra, haciendo que se expanda hacia el espacio. Como resultado, el Hubble, que carece de propulsores propios para corregir su altura, enfrenta una mayor resistencia aerodinámica o “drag”, perdiendo kilómetros de altitud semana tras semana en una espiral descendente que parece irreversible sin ayuda externa.

La preocupación central de la NASA y los expertos en seguridad aeroespacial no es solo la pérdida de una herramienta científica inigualable, sino el riesgo físico del reingreso.

El Hubble es una estructura masiva del tamaño de un autobús escolar, con componentes de alta densidad, como su espejo primario de 2,4 metros, que difícilmente se desintegren por completo al atravesar la atmósfera. Si el telescopio cae sin control, existe una probabilidad estadística —aunque baja— de que grandes escombros impacten en zonas habitadas, un riesgo que las agencias espaciales buscan evitar a toda costa.

Hubble ayudó a mostrar lo que los humanos son capaces de hacer en el espacio. Fuente: NASAHubble.
Hubble ayudó a mostrar lo que los humanos son capaces de hacer en el espacio. Fuente: NASAHubble.

Durante los últimos años, se barajaron opciones para salvarlo, incluida una propuesta del sector privado impulsada por el programa Polaris y SpaceX para elevar su órbita. Sin embargo, las complejidades técnicas y el temor a dañar los delicados instrumentos del telescopio durante una maniobra de acople paralizaron la decisión. Hoy, con el telescopio rozando altitudes críticas por debajo de los 530 kilómetros, la ventana de oportunidad para una misión de rescate se está cerrando, dejando a la NASA ante una encrucijada logística y presupuestaria.

Desde la comunidad astronómica, la angustia es palpable. A pesar de contar con el moderno James Webb, el Hubble sigue siendo insustituible porque observa el universo en luz visible y ultravioleta, complementando los datos infrarrojos de su sucesor. Perderlo prematuramente dejaría “ciega” a la ciencia en espectros de luz fundamentales para comprender la formación de estrellas y la composición de atmósferas exoplanetarias, interrumpiendo investigaciones que llevan décadas en curso.

La agencia espacial estadounidense trabaja ahora contrarreloj en un plan de contingencia. La opción más viable que se discute en los pasillos de Washington ya no es tanto “salvarlo” para que opere diez años más, sino enviar una misión robótica simplificada cuyo único objetivo sea engancharse al telescopio para guiar su caída. El objetivo sería forzar un reingreso controlado sobre el “Punto Nemo” en el Océano Pacífico, el cementerio habitual de las naves espaciales, lejos de cualquier civilización.

El escenario actual plantea un desafío inédito para la gestión de la basura espacial y el legado de los grandes observatorios. Si no se aprueba y ejecuta una misión de desorbitación en el corto plazo, el Hubble quedará a merced de la física atmosférica.

Los modelos predictivos sugieren que, al ritmo actual de decaimiento, la nave podría volverse inestable y comenzar a girar descontroladamente mucho antes de la fecha original de retiro prevista para la década de 2030.