A diferencia de los perros, cuyos signos de malestar suelen ser evidentes y expresivos, los gatos conservan un instinto evolutivo que los lleva a ocultar cualquier síntoma de vulnerabilidad o enfermedad.
Esta conducta de autoconservación dificulta la detección temprana del dolor, lo que históricamente generó un subdiagnóstico de sus dolencias tanto en el hogar como en las clínicas veterinarias.
Para derribar esta barrera, una investigación liderada por los científicos Sabrine Marangoni, Jules Beatty y Paulo Steagall (City University of Hong Kong), publicada en PLOS ONE, logró estandarizar por primera vez un etograma validado por consenso de expertos que categoriza las conductas específicas del dolor agudo felino.
La pasividad de los gatos ante el sufrimiento que derivó en un estudio
El desarrollo de esta investigación respondió a una problemática histórica en la medicina veterinaria: la falta de herramientas estandarizadas y objetivas para evaluar el sufrimiento en los gatos.
Mientras que en otras especies las conductas asociadas a la enfermedad resultan más notorias, en los felinos la respuesta primaria suele ser la pasividad o la alteración sutil de la rutina.
Para resolver esto, los investigadores recurrieron al método Delphi, consultando a un panel internacional de expertos en comportamiento y anestesia veterinaria para sintetizar años de evidencia en un catálogo unificado de 24 comportamientos agrupados en 10 categorías de observación.
Las 24 conductas que pueden ayudar a reconocer el dolor en los gatos
El etograma desarrollado por los investigadores reúne 24 comportamientos distribuidos en 10 categorías, que permiten observar distintas señales de posible dolor agudo.
La propuesta abarca desde cambios en la postura y la expresión facial hasta alteraciones en la alimentación, la actividad cotidiana y las respuestas ante el contacto o el entorno.
Las categorías identificadas son:
- Posición dentro de la jaula: permanecer en el fondo del espacio, apartado del entorno.
- Conducta exploratoria: mostrar poco o ningún interés por lo que sucede alrededor.
- Actividad: presentar inquietud, esconderse o retraerse, adoptar una apariencia de sueño sin estar durmiendo normalmente, acicalarse, estirarse o prestar atención reiterada a una zona dolorida.
- Postura corporal: encorvarse con las extremidades flexionadas y la cabeza baja, adoptar determinadas posiciones anormales al acostarse, caminar con dificultad o evitar apoyar una extremidad.
- Estado emocional: mostrarse decaído, inmóvil o poco receptivo a los estímulos.
- Vocalizaciones y respuestas defensivas: gruñir, bufar o reaccionar de manera defensiva, por ejemplo, intentando morder o atacar.
- Interacción con objetos: golpear o tocar objetos con una de las patas delanteras.
- Alimentación: tener dificultades para sujetar la comida, sacudir la cabeza mientras come o perder el interés por el alimento.
- Comportamiento posterior a la comida: acicalarse después de comer, una conducta que también debe interpretarse en su contexto.
- Expresión facial: entrecerrar los ojos, presentar contracciones frecuentes de los músculos de los párpados o mantener la cabeza en una posición baja.
Entre los indicadores que merecen atención se encuentran los cambios en la postura, la mirada, el nivel de actividad y el apetito, especialmente cuando aparecen de manera simultánea o representan una modificación respecto del comportamiento habitual del animal.
Sin embargo, los autores advierten que ninguna conducta aislada permite confirmar la presencia de dolor. El miedo, la ansiedad y el estrés también pueden provocar algunas de estas respuestas. Por eso, el etograma funciona como una guía para reconocer señales y orientar la observación, no como una herramienta de diagnóstico independiente.
Cómo se construyó el catálogo y cuáles fueron las dificultades de la investigación
Los investigadores realizaron una búsqueda de literatura científica en tres bases de datos y seleccionaron 53 artículos.
A partir de esa evidencia, elaboraron una lista inicial de 36 comportamientos, que fue revisada por un especialista en medicina felina y evaluada de manera independiente por cuatro veterinarios expertos.
Uno de los principales desafíos fue distinguir las señales de dolor de otras respuestas asociadas al miedo, la ansiedad o el estrés.
Además, el estudio no evaluó directamente estos comportamientos en una muestra de gatos: validó el contenido del catálogo mediante la revisión bibliográfica y el consenso de especialistas.
Por eso, los autores señalan que se necesitan nuevas investigaciones para comprobar su utilidad en la práctica clínica.