

El diálogo se da en una estación de servicio ubicada frente a un amplio boulevard arbolado en el centro de la ciudad de Esquel, al oeste de Chubut. Los personajes son un playero amable por encima del promedio y el conductor de una camioneta con doble cabina.
–Llename también los dos bidones que están en la caja, por favor.
–¡Cómo no! ¿Va lejos?
–Je, ¿Qué te parece? Me voy a la 40
Así, sin ningún sustantivo que haga falta para aclarar que se trata de la ruta más tentadora de la Argentina. Tampoco es necesario indicar si por ese camino se van a recorrer uno, dos o mil kilómetros: se sobreentiende que el viaje será largo, que importará algún grado de aventura y, sobre todo, que permitirá descubrir sitios memorables.
Ahora bien, ¿por qué el diálogo ocurre en Esquel y no, por ejemplo, en alguna calle de Bariloche?
La respuesta reside en que es esta pequeña ciudad de casi 40.000 habitantes y 100 años de historia la que oficia como puerta de entrada al tramo más austral de la mítica 40. Es como el último mojón antes de entrar a tierras con menos de un habitante por kilómetro cuadrado. Parajes donde todo lo que falta se suple con belleza y hospitalidad.
Existen, vale decirlo, varias maneras de desandar este gran camino patagónico. Uno, el más sencillo y breve, pero no el más atrapante, es embarcarse en un tour pensado para cubrir el deseo de todo tipo de viajeros. Se puede contratar la excursión en Esquel o desde Buenos Aires con operadores locales (ver recuadro) o directamente vía Patagonia Traveller, la empresa que –con combis debidamente equipadas y el conocimiento de un terreno arduo– simplifica todo al punto de comprimirlo entre 3 y 10 jornadas agotadoras y placenteras (adquiribles a costos variables).
La segunda, y definitivamente la más interesante manera de emprender el recorrido, es a bordo del propio auto (o de uno alquilado, en su defecto). Mapa y consejos varios en mano, hay sitios imperdibles que el viajero deberá visitar, preferentemente, con intención de quedarse algún tiempo.
Tierra de pescadores
A poco más de 300 kilómetros de Esquel, allí donde la meseta patagónica se angosta, el pueblo de Alto Río Senguer aparece como uno de los tantos mojones solitarios de la mítica ruta 40. Esta región, al sur de la provincia de Chubut, es un territorio sólo frecuentado por casters y amantes del rafting. A pesar de ser una región de enorme belleza y con menor grado de alteración que otras zonas turísticas, aún es mucha la gente que no sabe de su potencial. Desde este pueblo, todavía faltarán 100 kilómetros (hacia el Oeste) para alcanzar las prístinas aguas del Lago La Plata, un pesquero excelente. Allí espera, alejado de todo, el complejo Bahía Arenal, protegido por el mismo lago que lo alberga. Sus habitaciones lujosamente decoradas se combinan con el estilo típico de las construcciones en madera, abundantes en la cordillera austral. Desde este lodge se pueden realizar innumerables salidas de pesca con mosca, comenzando, si fuera necesario, con una clínica para principiantes o para iniciados que busquen mejorar su técnica. Luego, la costa del lago ofrece gran cantidad de bocas, caletas y bahías donde desarrollar las diferentes técnicas disponibles, de acuerdo al consejo de los guías. Además, al estar ubicado el hotel en una zona tan agreste, el simple hecho de salir a realizar una cabalgata puede ser la ocasión perfecta para encontrarse a solas con algún huemul, el ciervo nativo de la Patagonia, declarado Monumento Natural por Parques Nacionales y, por sobre todas las cosas, un bellísimo animal... y muy difícil de ver.
De regreso a la 40, y tras 80 kilómetros de viaje, el siguiente destino es Río Mayo, sitio indicado para reabastecerse o para descubrir las particularidades de la producción de fibra de pelo de guanaco para exportar a mercados de alto nivel. Esto último en la estancia Genguel, un campo cuya casa principal es tan acogedora como modesta. Se está, en este momento, el límite entre Chubut y Santa Cruz. Es necesario seguir adelante y transitar 125 kilómetros (112 de ripio) hasta llegar a la ciudad de Perito Moreno, otro puesto de abastecimiento importante.
Como un paréntesis, vale la pena recorrer los 64 kilómetros al Oeste, por la ruta 43, hasta alcanzar Los Antiguos. El paraje fue bautizado así porque se entiende que era la morada de los ancianos tehuelches que ya no participaban de las largas marchas de su pueblo, que causalmente tenían una traza similar a la de esta ruta (es ideal llevar en el auto el libro “Vida entre los patagones , de George Chatworth Muster, quien recorrió estas distancias a mediados del siglo XIX). ¿Por qué se afincaban aquí los antiguos? Porque al pie del volcán Hudson, en un valle de gran fertilidad donde las cerezas encuentran su máxima expresión, y junto a las aguas del Lago Buenos Aires, es fácil encontrar reposo.
Rumbo a la
Cueva de las Manos
Volviendo a Perito Moreno y tomando la 40 hacia el Sur, tras 120 kilómetros se llega al desvío que lleva a la Cueva de las Manos, 45 kilómetros más lejos. En el camino se cruza la estancia turística Telken, una excelente opción para alojarse. Luego, al arribar al valle del río Pinturas, se puede visitar la estancia Los Toldos, en cuya extensión conviven la Cueva de las Manos, el Alero
de Charcamata y la Cueva de los Cóndores, tres impresionantes testimonios de arte rupestre. La Cueva de las Manos –Monumento Histórico Nacional y Patrimonio Cultural de la Humanidad según sus pergaminos– está ubicada en un cañadón que merecería ser visitado por sí solo, gracias a sus múltiples tonalidades y formaciones geológicas de gran atractivo. A esto habrá que sumarle el documento que hombres y mujeres dejaron impreso en las paredes de piedra hace casi 10.000 años, nadie sabe exactamente con qué objeto, pero lo cierto es que lo hicieron gran sentido estético.
A 44 kilómetros de la Cueva de Las Manos, el siguiente destino será Bajo Caracoles, un centro de servicios aún más pequeño que Perito Moreno, pero una tabla de salvación ante cualquier inconveniente mecánico menor que pudiera ocurrir.
La dirección del viaje sigue siendo siempre al Sur. Si bien se puede hacer un desvío al Oeste para visitar la bellísima estancia Menelik –base perfecta para descubrir (nunca mejor usada la palabra) el Parque Nacional Perito Moreno– en esta ocasión el área protegida a visitar será otra. Tras andar 320 kilómetros (los últimos por la ruta 26) se arriba a El Chaltén. Villa de montaña convertida en destino turístico cosmopolita, aún es un rincón de la patria donde los servicios no abundan (aunque hay prestadores excelentes como Rolando Lesserovich, Marcelo Pagani o Billy Ceballos). Lo que sí hay en cantidad son posibilidades de aventura, especialmente para quien quiera caminar y trepar.
Aquí existen varias maneras de aventurarse por las picadas. Una es contratar los servicios de guías y empresas (como Viviendo Montañas o N.Y.C.) que pondrán a disposición los programas que mejor se adecuen a los deseos y el nivel de cada pasajero. Y esto incluye travesías al Campo de Hielo Sur (los Hielos Continentales) o riesgosas escaladas.
La otra manera de aprovechar la belleza del paisaje es, simplemente, adentrándose en las picadas, previo pedido de información a los guardaparques. Así se puede avanzar hasta el Campamento Base Río Blanco, por ejemplo, cuyo camino comienza junto a la seccional de Guardaparques de Lago Viedma, luego cruza el río Fitz Roy y recorre bosques de lenga. Una vez allí se puede emprender una caminatas inolvidable a la Laguna de Los Tres, que exige cuatro horas, pero recompensa con vistas inigualables de la montaña. También es posible divisar a diferentes grupos de andinistas extranjeros que buscan coronar alguna de las imponentes cumbres.
Uno podría quedarse caminando años en estas laderas (se sabe que varios les ocurrió esto y pasaron a engrosar las cifras de los censos locales). Pero, luego de haber recorrido casi 1.300 kilómetros desde Esquel y más de 3.000 desde Buenos Aires, pensar que el gran glaciar Perito Moreno está a tan sólo 300 kilómetros y no ir a verlo, suena a pecado.
Por eso, este viaje terminará indefectiblemente admirando los 4 kilómetros de ancho y los 60 metros de alto de su pared frontal. Después de haber visto tantas cosas bellas, no tema si el glaciar no lo deslumbra tanto como a los que llegan a visitarlo recién bajados del avión: habitualmente ellos todavía no saben todo lo que la Patagonia puede ofrecer.
Tomás F. Natiello










