

La economía argentina atraviesa un cambio monetario silencioso, pero de enorme profundidad financiera. Los billetes pierden protagonismo, el efectivo cae en términos reales y cada vez más pesos terminan dentro del sistema financiero.
Un informe de la consultora 1816 detectó que la demanda de efectivo viene desplomándose mientras sube la demanda de activos en pesos, un fenómeno que hoy impacta sobre el tipo de cambio, la política monetaria y hasta sobre la estrategia de esterilización oficial.
El dato más contundente aparece en la circulación de billetes. Según el reporte, el stock de efectivo en poder del público cayó 15,8% en términos reales desde diciembre, una baja superior al promedio histórico para los primeros cuatro meses del año. Pero el punto clave es que esos pesos no desaparecieron. Cambiaron de destino.

Mientras cae el efectivo, suben agregados monetarios más amplios como el M3 privado (que suele ser muy observado porque muestra cuánto ahorro en pesos permanece dentro del sistema financiero, que incluye plazos fijos y fondos comunes de inversión). En particular, los fondos money market aparecen como uno de los grandes ganadores del nuevo esquema monetario argentino.
Para el mercado, esto empieza a marcar una diferencia importante respecto de otros períodos de desinflación o estabilización. Históricamente, cuando la inflación bajaba, la demanda de dinero físico tendía a recuperarse. Esta vez no está ocurriendo. La digitalización financiera parece haber cambiado el comportamiento monetario de manera más permanente.
El informe sostiene que el reemplazo del dinero físico por herramientas digitales ya es evidente. El ratio entre depósitos privados y billetes en circulación se disparó respecto de la etapa previa a 2017. En el caso del M2 privado, la relación hoy es 60% superior al promedio histórico. En el M3, directamente se duplicó.
La explicación combina varios factores. Por un lado, el avance tecnológico: billeteras virtuales, QR, transferencias inmediatas y pagos digitales reducen la necesidad de efectivo. Por otro, el crecimiento de instrumentos financieros de liquidez inmediata que permiten tener rendimiento sin resignar disponibilidad. En la práctica, el peso empieza a funcionar menos como efectivo y más como activo financiero transaccional.
El fenómeno además altera la dinámica del Banco Central. El organismo acumula compras por más de u$s 7340 millones en el mercado cambiario durante 2026,
Sin embargo, como la demanda de circulante no crece, el Central debe esterilizar prácticamente toda la emisión derivada de esas compras de dólares. De hecho, el informe muestra que, pese a una inyección monetaria superior a $10 billones vía compras de divisas, la base monetaria terminó cayendo.
Eso ocurre porque los pesos quedan “encerrados” dentro del sistema financiero: depósitos, instrumentos remunerados, licitaciones del Tesoro y fondos de inversión absorben gran parte de la liquidez.
Para el Gobierno, esto tiene ventajas y riesgos
La ventaja principal es que ayuda a sostener la estabilidad cambiaria. Una mayor demanda de activos en pesos contribuye a mantener firme al tipo de cambio y reduce presiones sobre el dólar. El informe de 1816 incluso remarca que la fortaleza del peso hoy se explica en parte por este fenómeno.
Pero también aparecen desafíos. Si la economía demanda menos efectivo, el BCRA necesita esterilizar más pesos para evitar excedentes monetarios. Y eso obliga a mantener un delicado equilibrio entre tasas, deuda en pesos y política cambiaria.

El trabajo incluso plantea una alternativa extrema para aumentar la demanda de circulante: emitir billetes de mayor denominación. Pero advierte que esa decisión podría facilitar transacciones informales y erosionar aún más la recaudación tributaria, que ya acumula nueve meses consecutivos de caída real interanual.
En el fondo, lo que empieza a emerger es una transformación más profunda de la economía argentina: el peso no desaparece, pero cambia de formato.
La economía cash pierde relevancia y los activos financieros ganan centralidad. Menos billetes en los bolsillos. Más pesos dentro del sistema. Y un Banco Central obligado a administrar una dinámica monetaria completamente distinta a la de las últimas décadas.














