

Era el lunes del día después. Ese domingo River había descendido a la B pero a Guillermo Cerviño no se lo notaba abatido. Nada mejor para romper el hielo. Me siento rarísimo, no tengo un equipo de fútbol. Soy muy veleta, confiesa el presidente del Banco Comafi. Fui de Huracán porque mi padrino era de Huracán, tuve una etapa en que fui de San Lorenzo, después de Racing y ahora como mi mujer es de Boca, veo los partidos con ella, reconoce quien lidera unos de los bancos más dinámicos del mercado local. Un gentleman que recordará con emoción a un padre comerciante que se las rebuscaba y el fundador de una nueva generación de banqueros que lleva su apellido, ése que define como recontra gallego.
Lo mío es el golf y el ski, apunta Cerviño, que acaba de hacer su clase de yoga por la mañana. Tuve un problema en la cintura así que no estoy jugando al golf por ahora. Del ski me gusta que lo podés practicar a cualquier edad porque adaptás el ritmo. Y si bien mis hijos ahora ya son grandes, cuando eran chicos también era un buen argumento de reunión familiar, comenta Cerviño, sentado junto a Francisco, su hijo mayor, hoy a cargo de toda la banca minorista y Pyme.
De sus otras cuatro hijas, dos también están involucradas en la vida del banco. Una es gerenta de Publicidad y la otra es la responsable de un programa de vínculo con las Pymes, cuenta Cerviño. Trabajar con la familia es sumamente gratificante. Pero hay que mantener un equilibrio. Dar oportunidades para el que las quiere sin forzar la situación. No hay obligación de que les guste trabajar acá, aclara. El tema de la portación de apellido no es fácil, dice con la firmeza de su voz grave antes del primer sorbo de café.
Vuelto a casar hace menos de un año con Maricel, Cerviño asegura que llegó al sistema financiero por absoluta casualidad. Y de hecho, hay en sus comienzos una sorpresa que desafía los aburridos dictados del prejuicio.
Siempre me gustó muchísimo la música. Pasé por la típica época de la adolescencia en la que teníamos un grupo e incluso tuve una breve etapa como músico profesional, cuenta. Cantaba y tocaba la guitarra. Yo me fui y ahí se hicieron famosos, recuerda divertido Cerviño. El grupo marcaría toda una época: era Pedro y Pablo.
Pero las vueltas de la vida lo llevarían por otros caminos. Estaba en tercer año de administración de empresas en la UCA cuando un amigo lo animó a presentarse para un trabajo con un agente de bolsa. Tuve una entrevista y a la media hora me dijo: ¿querés empezar ahora? Yo ni sabía lo que tenía que hacer, comenta. Corría el año 71 y no pasó mucho tiempo antes de que le ofrecieran trabajar en una compañía financiera como jefe de mesa. Era un eufemismo porque el único era yo, aclara el presidente del Comafi con una sonrisa que viene de muy lejos, de esa época en la que nada estaba escrito todavía.
La financiera se llamaba Carlés. En la medida en que la actividad iba creciendo fui convocando a compañeros de la facultad y en el 75 iniciamos Mediner. El siguiente paso fue comprar una sociedad de crédito para el consumo para transformarse en compañía financiera. Y así nació Medefín. Entre aquellos cuatro socios estaba quien hoy lidera el Banco Finansur, Jorge Sánchez Córdova.
Tras haber vendido su participación, Cerviño compraría a mediados de los ochenta una patente para operar como agente de mercado abierto. Y así empieza la historia del Comafi de hoy. Queríamos comprar una institución. Tenía el negocio cerrado de palabra con el representante local de Barclays para comprar lo que en aquel momento era la patente del banco. Me fui a Londres y cuando llego me dicen que ya lo habían vendido, cuenta. El paso del tiempo tiene ese raro mérito de volver las historias más frustrantes en anécdotas graciosas.
Comafi terminaría comprando el Banco di Napoli, uno de los más antiguos del mundo, para ingresar así a la banca mayorista. Fue una negociación bien estilo napolitano. Estuvimos un año conversando, aunque la operación era sumamente sencilla, repasa Cerviño. Vendrían etapas difíciles, como la crisis del Tequila, que obligó a muchos colegas a salir del negocio. Pero nada se compara con el 2001, aún cuando el banco de Cerviño fue de los que dieron un salto tras la crisis. Comafi se quedó con dos terceras partes de las operaciones del Scotiabank, lo que supuso su desembarco en el negocio minorista. Y desde entonces vendrían muchas adquisiciones más.
Aún cuando hayamos tenido la oportunidad de crecer tras la crisis, es muy feo sentirse señalado. Fue una etapa muy dura. El público tenía la convicción de que toda la crisis era consecuencia de la imprudencia, la impericia o la transfugueada de los bancos. Incluso algunos amigos creían que los bancos querían robarle a los clientes, dice con una amargura que parece volver.
Todos aprendimos mucho de esa situación y la Argentina salió a una velocidad que era difícil prever. Hoy podemos decir que soy optimista pero con cautela. El nuevo gobierno deberá ocuparse de varios issues, desde el Indec, pasando por los subsidios y la inflación, que es una preocupación. Pero la Argentina es un país riquísimo, lleno de gente capaz y la economía está funcionando.
Cerviño está ahora en el otro extremo de la mesa ratona. Se alejó hace un rato para prender su habano, que descansa en el cenicero como un placer algo culposo. Dice que los Davidoff son sus preferidos. Cada vez que prendo uno sé que me estoy mandando una macana, confiesa Cerviño y lo mira de reojo a Francisco, que sonríe.











