

Es joven, es cierto. Aunque no tanto como parece. Pero en el mundo sin sutilezas de las primeras impresiones, la nota que domina es otra. Hay algo vertiginoso en su energía, una velocidad a la que es preciso ajustarse. Federico Tomasevich (35), el presidente de Puente, entrará raudo al salón y se despedirá con una premura igual de cortés pero implacable. Con la charla, no obstante, los grandes trazos del primer momento cimentarán otra imagen, casi desdoblada, entre la discreción del que apenas deja entrever lo personal y la intensidad del que se deja llevar por algo que claramente lo apasiona: la vida del mercado.
No somos comisionistas. No le vendemos cosas al cliente. Nos encargamos de que haga negocio. Y lo armamos a medida. Así se sobrevive 100 años, lanza Tomasevich. Tenía sólo 18 años cuando empezó en Puente, la empresa de su abuelo materno que hoy mueve u$s 4.000 millones al año y maneja activos por u$s 2.000 millones. Tomasevich es croata pero los Martínez Blanco, de la familia de mi madre, eran españoles. Puente fue fundada en 1915 y era muy fuerte en la comunidad española. Y mi abuelo, que trabajaba en la empresa, terminó comprándola, cuenta.
Fue aprendiendo el oficio mientras estudiaba administración de empresas en la UCA. Desde que tengo uso de razón tuve claro que esto era lo que quería, admite. Pero la vocación no prendió en todos: ninguno de sus tres hermanos está vinculado a las finanzas si bien son accionistas. Por aquellos tiempos, cuando Puente era una casa de cambio y no una compañía con presencia en todos los mercados, era la mamá de Tomasevich la que estaba a cargo. Ella estuvo desde principios de los 80 hasta el 2004. Tenía una visión del negocio muy clara y era súper agresiva comercialmente. Ella fue mi gran mentora, reconoce.
Puente salió a conquistar en estos años el vacío que dejaron los grandes bancos de inversión que alguna vez operaron en la Argentina. Y fue Tomasevich el que lideró esa revolución. Después del 2002, quedan sólo los bancos comerciales de un lado y en la otra punta los especialistas, de nicho, casi monoproducto, recapitula. Hoy buscan replicar un modelo como el de LarraínVial en Chile o BTG Pactual en Brasil, que compiten con los players globales. Acaparás licencias para hacer negocios donde necesites y poder dar una solución integral. Así podés adecuarte al momento del ciclo y también a los distintos target de cliente. Entonces siempre tenés mucha actividad, dice.
Sobre la coyuntura, cuida sus palabras pero dice lo que tiene que decir. No creo que haya cambios siderales en la forma de tomar decisiones en la Argentina. Ni tampoco en los objetivos fijados por el Gobierno. No nos va a sorprender nada de lo que veamos, asegura, partiendo de la presunción de un segundo mandato de Cristina. Se va a profundizar el modelo, aclara y un gesto delata lo que no dice: no son buenas noticias. También asegura que se hubiera endeudado al 8% a 10 años. Habría emitido para financiar al Tesoro y hubiera armado un fondo contingente con las reservas. Es lo que han hecho otros países, apunta.
Tomasevich también cree que el mercado tiende a subestimar el tema Grecia y la creciente volatilidad de los commodities. Son variables que pueden virar muy rápidamente y provocar un desalineamiento de planetas para la Argentina, advierte. En Grecia se está escuchando la misma música que en la Argentina del 2001. Si ves la película, es la misma película, alerta.
Casado y con dos hijos chicos, Tomasevich reconoce que viaja mucho. Antes viajaba todavía más, pero estoy volviendo. De lo contrario, te alejás del frontline del negocio y vas perdiendo visión, explica. El tiempo libre que no comparte con la familia, lo dedica al polo, un pasión que lo captó hace ya 10 años. A la hora de definir su estilo de liderazgo, prefiere bromear: Seguro que si le preguntás a los empleados te dicen que soy insoportable. Pero habla maravillas de su equipo.
Cualquier diría que un ejecutivo tan joven debe haberse topado con su cuota de suspicacias y prejuicios. Pero Tomasevich claramente no quiere detenerse demasiado en el tema. Es un asset, es algo distinto, responde escueto. Puente no soy yo. Puente tiene 100 años y una inercia propia fuera de serie. Quedan pocos minutos antes de que se despida. Y atraviese a la velocidad de la luz la puerta de la adusta sala de paneles de madera un vestigio de un tiempo que no muere. Lo que hicimos muy bien fue amoldar Puente a la Argentina de hoy, dice.
Pero Tomasevich parece todo menos un hombre satisfecho.











