Primero vino la guerra. Luego, el bloqueo. Ahora llegan las escaseces. Los buques cisterna cargados de materias primas esenciales —petróleo, gas natural licuado, urea, productos refinados, hidrógeno, helio y demás— no han navegado por el Estrecho de Ormuz desde fines de febrero. Los que partieron antes del cierre llegaron en su mayoría. De ahora en más, los envíos que no salieron se harán sentir cada vez más. A medida que también se agoten los inventarios, entraremos en una era de escaseces físicas.
Hasta ahora, las escaseces fueron en su mayor parte imaginarias. Ahora se volverán reales. Deberán gestionarse, en última instancia, mediante la supresión de la demanda. Esto, a su vez, requerirá alguna combinación de racionamiento y recesión. Una mezcla de precios más altos con una política monetaria más restrictiva podría producir ambos efectos. Cuanto más tiempo permanezca cerrado el estrecho y mayor sea el daño físico, más prolongadas serán las escaseces y más grave su impacto.
Esto es, en pocas palabras, lo que sostiene Nick Butler, ex vicepresidente de estrategia y desarrollo de políticas de BP y actualmente en el King’s College de Londres, en una publicación de Substack titulada “El fin del principio”. A continuación, algunos de los elementos principales de esta preocupante historia.
En primer lugar, los problemas que enfrenta el mundo no son solo consecuencia del cierre efectivo del estrecho. Los ataques a la infraestructura, protagonizados principalmente por Irán —tan previsibles como el cierre en sí— han causado daños significativos. Según Butler, “al menos ocho refinerías importantes del Golfo están total o parcialmente fuera de servicio. Lo mismo ocurre con la planta de GNL de Ras Laffan, en Qatar”. El tiempo que llevará reparar la destrucción todavía se desconoce.
En segundo lugar, como explica el Substack “Crack The Market”, las escaseces no deben verse únicamente en términos de petróleo crudo. Afectarán de manera desproporcionada a productos específicos, dado que las refinerías están diseñadas para procesar determinados tipos de crudo. La región del Golfo no solo produce tipos específicos de petróleo, sino que, según Crack The Market, “exportaba 3,3 millones de barriles diarios de productos refinados y 1,5 millones de barriles diarios de GLP antes de la crisis. Se trata de combustibles terminados —gasoil, combustible de aviación, nafta, gasolina— que fluían directamente hacia las cadenas de suministro de consumidores asiáticos y europeos”. La pérdida de exportaciones de crudos y productos refinados específicos hace que ninguna sustitución simple sea posible. Butler señala que las principales escaseces actuales se concentran en combustible de aviación y gasoil. Dadas estas realidades específicas por producto, Estados Unidos no es autosuficiente en petróleo. Sí es un exportador neto, pero, como argumenta el analista de mercado Charlie Garcia, también es un gran importador, ya que sus refinerías deben tener acceso a los crudos que pueden procesar.
En tercer lugar, el impacto ha sido moderado hasta ahora gracias a una rápida reducción de los stocks. Pero los stocks son necesariamente finitos. Es difícil expandir la producción fuera del Golfo o desviar el petróleo lejos del estrecho, incluso en el mediano plazo. Así, gran parte de la capacidad productiva excedente de petróleo del mundo se encuentra en la propia región del Golfo. Después de esta, la mayor fuente adicional es Rusia. Pero, más allá de las evidentes dificultades políticas, la capacidad rusa es limitada. Los oleoductos de Arabia Saudita hacia el Mar Rojo y de Omán hacia Ras Markaz tienen una capacidad restringida. Ampliarlos llevaría mucho tiempo. Reponer la capacidad de refinación perdida también demandaría tiempo y tendría un costo elevado. En Europa, la capacidad de refinación ha disminuido durante años. Esto no podría revertirse rápidamente. Realizar tales inversiones también sería costoso y riesgoso.
Por último, las escaseces están lejos de limitarse a la energía. También se ven afectados los suministros de helio, nafta, metanol, fosfatos, urea, amoníaco y azufre. La reducción en el suministro de helio perjudica la producción de microchips. La reducción en el suministro de materias primas esenciales para la fabricación de fertilizantes artificiales reducirá la producción alimentaria mundial. También hay un impacto negativo sobre el transporte marítimo global, dado que las rutas más largas son más costosas. Y no es un detalle menor: 20.000 marineros se encuentran actualmente varados en el Golfo.
Los mercados parecen haberse convencido de que estas realidades que se avecinan conducirán, más temprano que tarde, a un alto el fuego estable y a la reapertura del estrecho. Podría ocurrir. Pero no es difícil imaginar por qué podría no suceder. Donald Trump insiste en que no le importa la situación financiera de los estadounidenses. En cambio, “lo único que importa, cuando hablo de Irán, es que no pueden tener un arma nuclear”.
¿Aceptará Irán eso, siquiera en principio? ¿Por qué confiaría en que Trump cumpla su parte de cualquier acuerdo? ¿Cómo se monitorearía y se haría cumplir ese acuerdo? ¿Por qué Irán, habiendo impuesto el control sobre la navegación en el Golfo, lo cedería? ¿No insistirían sus líderes, al menos, en su derecho a cobrar peajes? ¿Estaría Trump dispuesto a aceptar semejante humillación?
Sí, los mercados de futuros de petróleo sugieren que los precios están destinados a bajar y que todo saldrá bien. Pero la curva de futuros del petróleo no es una bola de cristal, como han señalado mis colegas Jonathan Vincent y Malcolm Moore. Las expectativas se han visto frustradas con bastante frecuencia. No encuentro ninguna razón de peso por la que eso no pueda seguir siendo el caso. Si ocurre lo peor, los precios tendrán que subir lo suficiente como para equilibrar la oferta restringida con la demanda. Dado que se trata de materias primas esenciales con demanda inelástica al precio, el costo de los productos y del petróleo crudo podría dispararse. Además, una parte de este ajuste probablemente se producirá a través del aumento de las expectativas de inflación, tasas de interés más altas y, por ende, un fuerte impacto recesivo sobre la economía mundial.
Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, advirtió que estamos entrando en la mayor crisis energética de la historia. Si las cosas no cambian pronto, esta advertencia resultará acertada. Ni siquiera sería un desenlace sorprendente. Estados Unidos llamó a su guerra “Operación Furia Épica”. Pero “Operación Locura Épica” habría sido un nombre más realista.
