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Por qué los riesgos geopolíticos no deben hacer saltar las alarmas de los inversores

Las actuales tensiones internacionales preocupan a los mercados, pero está claro que las generaciones anteriores también se enfrentaron a presiones importantes.

Las presiones geopolíticas han planteado desafíos implacables a la economía mundial en los últimos años. La actividad se ha visto frenada por la guerra entre Rusia y Ucrania, las hostilidades en Medio Oriente y las continuas tensiones entre Estados Unidos y China.

Paralelamente, las voces populistas están ganando cada vez más protagonismo en países de todo el mundo. Estos acontecimientos han desestabilizado, al menos en ocasiones, los mercados de materias primas, han ejercido presión sobre las cadenas de suministro, modificado las pautas del comercio y los flujos de capital y amplificado la incertidumbre.

Estos recientes desafíos han llevado a la percepción de que las presiones geopolíticas son cada vez más frecuentes y graves. Y algunos observadores han argumentado que estamos entrando en un nuevo régimen en el que los fundamentals económicos pasarán a un segundo plano frente a los acontecimientos geopolíticos.

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Pero está claro que las generaciones anteriores también se enfrentaron a importantes presiones geopolíticas. Desde 1900, éstas han incluido la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, las crisis del petróleo de los años '70 y los atentados del 11-S. Las tensiones geopolíticas surgen inevitablemente de las posturas y los intereses contrapuestos de las naciones. Su flujo y reflujo ha sido una realidad durante generaciones.

Un corolario es que, aunque las tensiones geopolíticas aparecen con frecuencia en los titulares, hay pocos indicios de que hayan cambiado a un rumbo más amenazador. Por ello, los inversores y los dirigentes políticos deben mantenerse circunspectos y encontrar un equilibrio entre reaccionar de forma exagerada y no reaccionar adecuadamente ante los continuos desafíos que se plantean.

El trabajo de dos investigadores de la Junta de la Reserva Federal - Dario Caldara y Matteo Iacoviello - arroja más luz sobre este debate. Crearon un índice empírico de riesgo geopolítico derivado de búsquedas de texto en artículos de noticias en lengua inglesa desde 1900 hasta la actualidad. Estas búsquedas son amplias e incluyen palabras como guerra, paz, amenaza, boicot, sanción, bloqueo y ataque. El índice resultante representa un impresionante paso adelante en la comprensión del riesgo geopolítico.

Según esta medida, las presiones geopolíticas alcanzaron su punto álgido durante las guerras mundiales de las décadas de 1910 y 1940. Y se mantuvieron comparativamente elevadas durante las décadas de 1950 y 1960, a medida que se afianzaba la guerra fría. Más recientemente, la guerra entre Rusia y Ucrania y las tensiones en Medio Oriente han elevado las cifras a los niveles más altos desde el atentado del 11 de septiembre y la agitación relacionada con ellos a principios de la década de 2000. Si bien estos valores son superiores a los de la relativamente tranquila década de 2010, el promedio general para la década de 2020 se sitúa ligeramente por encima del centro en la distribución a largo plazo.

Así pues, desde esta perspectiva histórica, el índice de Caldara y Iacoviello no respalda la opinión de que los shocks geopolíticos se han vuelto más frecuentes o graves. Y, de hecho, los datos sugieren que tales argumentos pueden reflejar un atisbo de "sesgo de recencia", es decir, la tendencia humana natural a conceder demasiada importancia a los acontecimientos recientes.

Haciéndonos eco de estas observaciones, algunos colegas de Citi y yo examinamos el comportamiento de los mercados financieros durante episodios geopolíticos. Nuestra principal conclusión es que los mercados suelen reaccionar de forma exagerada a los acontecimientos geopolíticos, y que su impronta inicial tiende a invertirse rápidamente.

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La respuesta inicial de los mercados refleja una prima de incertidumbre. Los mercados valoran el efecto esperado de los desafíos geopolíticos. Pero por muy mal que parezcan las cosas, a los inversores con aversión al riesgo les preocupan los 'casos peores' y el 'peor de los escenarios', y una prima de incertidumbre para compensar se incorpora también a los precios de los activos. A medida que los mercados adquieren una mayor visibilidad de las disrupciones, la prima de incertidumbre tiende a disminuir y los precios se recuperan.

Así pues, la mejor estrategia para los inversores es, por lo general, inclinarse en contra de la reacción inicial de los mercados a los acontecimientos geopolíticos. Aunque esta conclusión es algo menos cierta para el mercado del petróleo, incluso en este caso los datos apuntan a un enfoque de "compra el rumor, vende la noticia".

Para ser claros, nada de esto cuestiona la gravedad de los actuales acontecimientos geopolíticos ni disminuye la necesidad de que los inversores se mantengan alerta. La década de 2020 se perfila como más difícil que la de 2010, y la de 2030 podría serlo aún más. En particular, compartimos la preocupación por la trayectoria de la relación entre EE.UU. y China y el riesgo de una mayor fragmentación mundial.

Aun así, vemos pocos indicios de que estas tensiones sean más graves de lo que cabría esperar a tenor de la experiencia del siglo pasado. La conclusión es que, aunque estos desafíos sigan evolucionando, es demasiado pronto para que los inversores y los responsables políticos rompan su 'manual jugadas'.

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