Crecen los outsiders y la frutración con los oficialismos

Los presidentes electos se enfrentan a una situación difícil en América latina

La elección de Lula en Brasil supuso la 15ª victoria consecutiva de un partido de la oposición en la región.

El 1 de enero, Luiz Inácio Lula da Silva se incorporará a uno de los clubes más exigentes del mundo. Como presidente electo de Brasil, es el último político de la oposición que gana el cargo en una región cuya combinación de democracia vibrante, sociedad civil fuerte y graves problemas económicos y sociales hace que una presidencia exitosa sea un reto de enormes proporciones.

Los viejos problemas de pobreza, desigualdad, corrupción y estancamiento económico de América latina se han visto magnificados por la pandemia. Los votantes han sido implacables: la derrota de Jair Bolsonaro el mes pasado frente a Lula supuso la 15ª victoria consecutiva de un partido de la oposición en elecciones latinoamericanas.

Los únicos líderes de la región que podrían confiar en la reelección ahora pueden ser aquellos que controlan un sistema que garantiza el resultado por adelantado: Cuba, Nicaragua y Venezuela. Para los demás candidatos a altos cargos, el respaldo del presidente en funciones equivale a un beso de la muerte (con la excepción de México, cuyo presidente populista es probable que elija al sucesor que gane).

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La elección de Lula ha sido entendida erróneamente por algunos como una señal del regreso de la 'Marea Rosa' de los gobiernos latinoamericanos de izquierda que gobernaron la región en los primeros años de este siglo. Esta vez es diferente.

Aunque la mayoría de los gobernantes que perdieron las últimas elecciones eran conservadores, "no se trata de que los votantes se den cuenta de que son de izquierda, porque hemos comprobado que no lo son", dijo Shannon O'Neil, investigadora principal para América latina del Consejo de Relaciones Exteriores en Nueva York. "Simplemente están enojados con lo que les ha tocado en los últimos cuatro años. Es frustración con el sistema, frustración con la economía, con la falta de oportunidades y con el Covid".

Los votantes de la región, deseosos de expulsar a los oficialismos y cansados de los políticos tradicionales, han impulsado a algunas improbables figuras de la periferia. Pedro Castillo, el maestro rural de escuela primaria, en Perú es un buen ejemplo; pero el exguerrillero urbano Gustavo Petro en Colombia y el exlíder estudiantil tatuado Gabriel Boric en Chile también encajan en el patrón.

Sus lunas de miel han sido cortas: tras 100 días en el cargo, menos de la mitad de los colombianos aprobaban la actuación de Petro. El índice de aprobación de Boric, después de ocho meses, se ha desplomado hasta el 33%, no muy lejos del piso al que llegó su predecesor, el multimillonario conservador Sebastián Piñera.

A Castillo le va aún peor, ya que lucha contra las investigaciones por corrupción y los repetidos intentos de destitución. Su índice de aprobación es de sólo 16%.

En medio de la preocupación por el desafío que suponen los populistas, los outsiders y los autoritarios para las vulnerables democracias latinoamericanas, Brasil ofrece una señal de esperanza de un ciclo político que va varios años por delante de sus vecinos.

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En Brasil, las protestas callejeras contra los malos servicios públicos y la desigualdad se produjeron en 2013 -seis años antes que en Chile y Colombia-, y eligió a un populista extremista como presidente en 2018. Pero esta vez, a pesar de la frustración por la creciente pobreza y los altos precios de los alimentos, los votantes no repitieron el experimento.

En cambio, los brasileños eligieron a Lula, un viejo radical que gobernó como moderado entre 2003 y 2010. Esta vez, lideró una amplia coalición pro-democrática de 10 partidos, incluyendo figuras prominentes de centro y centro-derecha, alarmadas por las diatribas de Bolsonaro contra el Supremo Tribunal Federal y el sistema de votación y sus elogios a las dictaduras del pasado.

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"La amenaza que Bolsonaro representaba para la estabilidad institucional superaba las reservas que algunos podían tener sobre Lula", dijo Bruna Santos, investigadora principal del Instituto Brasil del Wilson Center. "Parte de la élite urbana de Brasil parece aceptar ahora al Lula moderado que vimos en las elecciones de este año".

Es poco probable que en el actual entorno global, mucho más difícil, Lula pueda repetir la hazaña de sus dos primeros mandatos, cuando una economía en auge le ayudó a financiar una gran expansión del gasto en bienestar. Y el bolsonarismo sigue siendo una potente fuerza política, con una sólida representación en el Congreso. O'Neil dijo que si Lula no logra atender las demandas de los votantes, "esperaría un giro de nuevo hacia afuera, hacia un populismo radical muy antisistema".

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